Martes 24 de noviembre de 2020
TURISMO | 08-04-2020 14:18

Pascuas en Tilcara: cómo hubiera sido la peregrinación en busca de la virgen de los sikuris

Cada Lunes Santo desde el pueblo parte una procesión de tres días con 79 bandas de sikuris y 6.000 músicos y peregrinos subiendo a la montaña a buscar una virgen. Debido a la cuarentena, este año no se hará.
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Salgo desde Tilcara con mi carpa en la espalda, montaña arriba entre bandas de sikuris -esas quenas atadas en doble fila del mundo andino- en plena procesión de Punta Corral, la forma en que celebran la Semana Santa en este rincón de la Quebrada de Humahuaca. Avanzo con la multitud por un angosto sendero mientras el sol se hunde tras la montaña. Me detengo jadeando por la altura y miro hacia el fondo de un valle: sobre el filo de la montaña una hilera interminable de siluetas de músicos avanza en procesión entre cardones con brazos de candelabro. Tocan bombos, platillos, redoblantes y sikus. A mis espaldas, otra fila con centenares de peregrinos aparece por un cerro y baja haciendo vibrar la tierra. Y al costado una tercera serpiente musical caracolea por un sendero de piedra. A esta última la veo desaparecer con sus músicos entrando -uno tras otro- en una nube.

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Las primeras horas han sido bastante silenciosas -acorde a una celebración católica- pero a medida que cae la noche, una sugerente energía musical va in crescendo. Son 79 bandas sumando 6 mil músicos y peregrinos que caminan 18 kilómetros hasta el santuario del Abra de Punta Corral a 3480 metros de altura. Todos suben a pedir por cuestiones íntimas a la Virgen de Punta Corral, la Mamita del Cerro, una fiesta similar a lo que se viene haciendo desde hace milenios en Los Andes pero con otra simbología: en el mundo aborigen el espacio de lo sagrado estuvo siempre en lo alto y hacia allí se sube también hoy. Antropólogos y pobladores de la zona creen que esta fiesta sincretizada con el catolicismo ya se hacía en Punta Corral antes de la Colonia: allí quizás hubo un apu energético en lugar de la capilla actual.

La fiesta comienza el Domingo de Ramos en Tilcara; las bandas entonan melodías frente a la iglesia y el párroco llega montado en un burrito simbolizando la llegada de Cristo a Jerusalén. Durante el lunes las bandas entran a la iglesia a recibir la bendición y comienzan su marcha a los cerros. La simbología de cada banda es variada: una enarbola banderitas del Vaticano y en otra flamea la Whipala de la nación originaria del Tawantinsuyu. Y una señora lleva una y la otra. Se repiten motivos como Islas Malvinas, Boca, River y la bandera argentina.

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Apuro el paso para alcanzar a una banda con campera de camuflaje militar. Justo paran de tocar y le pregunto a uno que además lleva una boina con la cara del Che, por qué visten así:

-Porque encargamos camperas y trajeron estas.

Punta Corral es el reino de la hibridez: kollas “rubios” o de pelo verde, sikus de caños de PVC, banderas bolivianas y guardapolvos de la Banda de Sanidad, calzas blancas semiocultas bajo un poncho de la banda femenina María Rosa Mística, pantalones anchísimos con estampas de calaveras, zapatillas Adidas con cámara de aire, ushutas modelo inca, borceguíes, sobretodos tejidos a mano con barracán, ponchos de todo tipo y color, buzos rolingas, cascos mineros con linterna, chulos peruanos cubriendo orejas y mejillas, bufandas palestinas, aguayos con la guagüita en la espalda y gorras de béisbol.

Algún turista que se le atreve al esfuerzo ve aquí contradicciones y disimula una sonrisita. Pero en Tilcara -ni ningún lado- no existen las esencias puras de una cultura: son porosas y van cambiando con lo que hay a mano. Por eso, aun en un contexto “católico”, esta es también una fiesta aborigen celebrada con instrumentos y costumbres milenarios.   

Son las 2 am. y una banda invisible en la oscuridad interpreta Estoy saliendo con un chabón y Arroz con leche. No hay viento ni hace frío y a veces el silencio es absoluto. De repente un haz de luz cruza el cielo como una estrella fugaz y explota en un bombazo: una banda comienza a tocar con ímpetu renovado. A las  4 a.m. llego a la planicie del Abra de Punta Corral con su santuario rodeado por un perímetro cuadrangular de una hectárea hecho con piedra y barro. Adentro están la iglesia y precarias casas para algunas bandas: la mayoría duerme en carpa.

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Cada banda entra de rodillas a la iglesia tocando con fuerza para saludar a la virgen traída al santuario hace dos semanas.

El cura las recibe en estado de gracia: -¡Pídanle a la Virgen Santísima lo que quieran y ella se los cumplirá!

Las bandas van entrando a la iglesia durante toda la noche entre decenas de personas durmiendo en el suelo y en los bancos.

Instalo mi carpa para dormir en medio del alboroto y descanso una hora: a las 5.30 a.m. del martes comienza otra marcha hasta la cima del Cerro de la Cruz. A media mañana regreso exhausto a la carpa y las 4 de la tarde comienza la Misa de los Sikuris al aire libre. Al cura la cuesta mantener a los feligreses tranquilos: están desesperados por volver a tocar. Todos están de pie, algunos redoblantes suenan de contrabando y el Padre se ofusca pidiendo silencio. Pero se da por vencido y termina la misa: las bandas se desatan en una caótica sinfonía retumbando en el valle al ritmo de morenadas, tinkus, sikuriadas y huaynos. Todos bailan dentro del gran rectángulo en lo que parece más una fiesta aborigen de la abundancia: aquí en la montaña predomina un poco más el desenfreno originario y abajo la solemnidad católica.

Dormimos una segunda noche y la fiesta casi nunca se detiene. El tercer día al amanecer comenzamos a bajar a través de nueve calvarios con altares de piedra donde la virgen de regreso a Tilcara, pasa de una banda a otra. Luego de 5 horas nos corre la lluvia: por el sendero baja un arroyito y nos embarramos las pantorrillas. Los cuerpos exudan alcohol y en el ambiente flota una espesa mezcla de olor a fritanga y sudor. Algunos resbalan y caen. Aceleramos el paso como los caballos cerca del corral. Y la multitud baja en alud musical en un clima de trance místico con los cuerpos al límite de su resistencia.

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La caminata se hace dura. Uno debe llevar agua y comida. Y no hay baños salvo una pirca de piedras para hombres y otra para mujeres. Existen dos canillas con agua de vertiente. Hay de todas formas puestos de venta de comida y se bebe mucha chicha fermentada. Por la noche puede hacer mucho frío y durante el día calor. El verano es temporada de lluvia.

 

Si no fuera por la cuarentena, el ascenso comenzaría el domingo 12 de abril y el descenso el martes 14. Un viajero que no quisiera hacer el esfuerzo completo puede subir unos kilómetros el primer  día y volver a Tilcara. Mucha gente se concentra en el pueblo el día de la bajada para ver el espectáculo de los músicos volver. Una fiesta muy similar se hace desde el vecino pueblo de Tumbaya a Punta Corral, pero ellos parten el jueves 2 de abril y bajan el 5. Desde ya que todos estos eventos quedaron suspendidos en 2020 a causa de las medidas preventivas de aislamiento social por el Coronavirus.

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Julián Varsavsky

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