07-11-2018 14:03 | TURISMO

El Transiberiano, de Moscú a Mongolia

Una experiencia inolvidable que, en el invierno que se aproxima, ofrece tantos atractivos como en verano.

MOSCÚ - “Esta es la auténtica Rusia, ahí afuera”, dice
Konstantin Tsarkovsky mientras mira por las ventanas sucias del
tren que pasa junto a bosques cuasi infinitos de abedules y pinos,
asentamientos dispersos y casitas bajas hundidas en la nieve, que
domina el paisaje durante la mitad del año, de octubre a abril, entre
Kirov y Ekaterimburgo.

Konstantin viaja en el ferrocarril transiberiano desde Moscú a Kemerovo
para visitar a sus padres. El joven ruso reservó un asiento en la clase
más económica del tren, en un compartimento donde se apiñan casi 50
pasajeros. Hay un constante iry venir en el vagón. Tsarkovsky,
un gerente de producción de 26 añosy 1,93 metros de estatura, tuvo que
pagar por su viaje, de dos días ymedio de duración, la cantidad equivalente
a 70 euros.

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Konstantin no sabe que en la parte posterior del convoy hay dos
vagones especiales de la clase Zarengold (oro de los zares), en
donde viajan turistas que quieren vivir el “sueño de invierno” del
tren transiberiano. A estos vagones sólo tienen acceso pasajeros
previamente registrados. Azafatas amables hacen las camas en las
cabinas, sirven bebidas y pasan la aspiradora por las alfombras. 

El viaje en el Transiberiano lleva al pasajero al lejano oriente de
Rusia, de Moscú a Ulan Bator, la capital de Mongolia, y pasa por
cinco husos horarios. Un viaje de 6.305 kilómetros alternado con
pernoctaciones en hoteles, excursiones en autobús, una cata de vodka,
excursión en trineo tirado por caballos por el bosque invernal, un
  baño sauna y un concierto de música clásica. Cuando el tren está
parado, los vagones Zarengold son desenganchados del tren regular y
acoplados a otro para la siguiente etapa.

Moscú, donde comienza el viaje, es especialmente bonita durante la
época navideña con sus calles comerciales resplandecientes. El
transiberiano sale de la estación terminal de Yaroslavsky con su
hermosa fachada. Las estaciones ferroviarias de Rusia son perlas
arquitectónicas llenas de columnas teatrales y palaciegas, lo mismo
en Krasnoyarsk que en Irkutsk.

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La soledad del invierno

El viaje en el transiberiano en invierno es mucho más solitario que
en verano, cuando son más los turistas que suben a los vagones. En la
vastedad del paisaje cubierto de heladas domina el color blanco y en
las ventanas del tren se forman flores de escarcha.

¿Cómo puede aguantar la gente la vida en estos crudos inviernos? Se
lo preguntamos a Tatiana Shugantsva, ex directora de una sucursal
bancaria que, junto con su esposo Serguei y su hijo Denis, regentea una
pensión en su propia casa en Irkutsk. ¿No es deprimente la vida
durante los largos inviernos tan fríos? A Tatiana le asombra esta
pregunta. La mujer, de 59 años, ama ese frío, el crujido de la nieve
debajo de los zapatos y el sol invernal. Pero también le encanta el
breve verano intenso. “Siberia es mi vida. Para mí, Siberia significa
libertad y amplitud del alma”.

Para los extranjeros, el tiempo es un tema de conversación
permanente. Durante el viaje nocturno a Irkutsk, la temperatura cae a
31 grados bajo cero, un nivel récord en el trayecto. De día, nadie
permanece al aire libre más de lo necesario, ni siquiera en
excursiones cómodas.

El lago Baikal, que en realidad es un mar interior, es una de las
aguas más mágicas del mundo que en invierno adquiere un encanto
especial. De los embarcaderos en la orilla de Listvianka cuelgan
carámbanos. Durante una excursión en barco, el viento en la cubierta
superior corta la cara de forma implacable. Un viaje en telesilla
hacia las montañas próximas a Listvianka cambia la perspectiva. Aquí,
en medio de bosques mágicos profundamente nevados, con una vista
panorámica del lago, los esperados sueños de invierno se hacen
realidad.

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En Ulan-Ude, el tren transmongólico se separa del clásico
Transiberiano y pone rumbo a Mongolia. En Ulan Bator, la estación
final, el aire está impregnado del humo de estufas de carbón. Vienen
a la mente recuerdos de Genghis Khan. Aquí, los monasterios budistas
han sustituido a las iglesias ortodoxas de Rusia.

La última excursión nos lleva a la Suiza mongólica” el parque
nacional montañoso de Gorkhi-Terelj. Una visita espontánea a una
familia nómada que posee cientos de animales, en su mayoría cabras de
Cachemira y ovejas, y dos grandes yurtas cómodas como alojamiento de
invierno. En el interior, los anfitriones ofrecen a los huéspedes en
sofás cama leche enriquecida con vodka. Un pedacito de auténtica
Mongolia como despedida. 

 

dpa

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