Jueves 25 de febrero de 2021
TURISMO | 12-09-2019 14:07

El expreso de Chicago

El California Zephyr atraviesa tres zonas horarias y siete estados en un viaje con vistas inusuales que tarda dos días, tres horas y veinte minutos
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La litera se mece suavemente hacia adelante y hacia atrás mientras las cortinas azul oscuro se mueven al ritmo constante de las ruedas del tren. Los gruesos cristales de la ventana resuenan suavemente con las vibraciones. El California Zephyr remonta lentamente el flanco este de las Montañas Rocosas. Bien abajo, las luces de la ciudad titilan en la planicie en penumbras.

El tren Zephyr viaja a diario entre Chicago y Emeryville, en la bahía de San Francisco, cruzando tres cuartas partes del continente americano en su ruta de 3.900 kilómetros. En su recorrido, pasa por los campos ondulantes de trigo y los somnolientos pueblos granjeros de Illinois e Iowa, cruzando el poderoso Mississippi hacia Nebraska, continuando hacia Denver y directo a través de las Montañas Rocosas. Pasa por el Gran Lago Salado en Utah y por Reno con sus casinos, y luego asciende hasta la Sierra Nevada, cubierta de nieve, para bajar al azul Océano Pacífico.

Curtis Keeton afirma que el tren no suele ir lleno. ¿Quién tiene dos días, tres horas y veinte minutos para un viaje así? Y eso sin tener en cuenta alteraciones como obstrucciones de vías por camiones volcados o la marea alta en el Missouri. Este hombre, que se encuentra a mediados de los cincuenta, trabaja desde hace 38 años como revisor de los vagones dormitorio. El camarote más pequeño de los vagones dobles tiene apenas dos metros cuadrados y cuentan con dos asientos tapizados que pueden convertirse en una cama por la noche.

Los trenes de larga distancia dan pérdidas. Curtis explica que para que el Zephyr recaude un dólar, la red estatal interurbana Amtrak debe gastar 3,15 dólares. Hasta ahora, todos los partidos estaban de acuerdo con las subvenciones millonarias. Pero de acuerdo con el nuevo plan presupuestario del gobierno de Donald Trump, la idea es cubrir en el futuro estas tradicionales largas distancias con autobuses sin nombre. Curtis menea la cabeza.

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Ahora ya es pasada la medianoche. Es posible reconocer las siluetas de las montañas bajo la luz pálida de la luna. Los copos de nieve brillan, las estrellas titilan. De repente, todo se vuelve oscuro. Debe ser el túnel Moffat, que se adentra profundamente en las Rocosas por 10 kilómetros a través de la montaña conocida como James Peak. El tren se mueve como una mecedora. La falta de luz hace el resto. Finalmente, el Zephyr logró que sus pasajeros duerman.

Al otro día, se despiertan con el aroma de café fresco de los grandes termos dispuestos en el corredor. En el vagón comedor hay panqueques y una vista impresionante de Utah, como si se hubiera enmarcado el set de un western: arbustos con espinas de un verde grisáceo sobre una planicie polvorienta; montes redondeados como la joroba de un camello, y en el fondo, precipicios de arenisca. Cada tanto, un montículo de huesos refleja el sol. Dos buitres se pelean bajo la mirada atenta de una familia de antílopes americanos. ”Me encanta”, dice Denise Miller mientras revuelve su café y mira embelesada ese cuadro tan propio del Salvaje Oeste. Esta abuela rubia de Wisconsin sigue en pijama. Está visitando a su nieto por segunda vez usando este medio de transporte. Asegura que es mucho más relajado que viajar en avión.

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Los pasajeros de este tren suelen ser ancianos, gente que está de vacaciones o personas que simplemente ven el viaje como el destino. Como por ejemplo Alasdair Hastewell, un estudiante de matemáticas de Boston que ama “el cambio de ritmo”. Con casi ninguna señal de teléfono móvil a lo largo del recorrido del Zephyr, asegura que realmente logra desconectar. Las ventanas panorámicas que llegan casi hasta el techo del vagón ”Lounge Car” permiten a los viajeros observar la gran cantidad de nubes que se van acumulando hacia las cuatro direcciones. Hora tras hora, el Zephyr se dirige hacia el horizonte y sin embargo, nunca parece estar acercándose.

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Las gotas de lluvia repican contra las ventanas. El Zephyr se detiene, se desplaza hacia una vía paralela y parece quedarse frenado en el medio de la nada. Si bien los trenes de carga están obligados a dar el paso a los de pasajeros, pocas veces respetan la norma. El convoy espera y cede el paso a un carguero. En su recorrido, atraviesa tres zonas horarias y siete estados. De acuerdo con Amtrak, sólo el 43 % de los trenes de larga distancia llegan a tiempo. Por suerte, a nadie a bordo de este parece importarle demasiado.

dpa

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