Domingo 9 de mayo de 2021
PESCA | 20-06-2020 08:00

Entre Ríos volvió a la pesca: cómo tentar omnívoros y dorados jugando a la bolita

Omnívoros como bogas y pirá pitás, pero también especies carniceras como el dorado, pueden tentarse en flycast en aguas del río Uruguay, muy cerca de las grandes ciudades. La yapa: pescar taruchas en todas las modalides con artificiales.
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“Lavarropas” le decimos los pescadores a la pelea que nos da un pez cuando lo clavamos y se planta en su lugar, removiendo barro o agua a puro coletazo y cabezazo, ya sean dorados, tarariras o truchas. El viaje de regreso de esta experiencia mi cabeza era un verdadero “lavarropas mental”, donde se mezclaban múltiples sensaciones y la razón trataba de encontrar sin éxito alguna coordenada. ¿Una pesca digna del alto Paraná en una distancia de miniturismo? ¿Dorados comiendo frutitos? ¿Pirá pitás, bogas y dorados coexistiendo bajo el mismo planterío? Como decía Cerati: “Eso pasó, fue”.

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La propuesta de hacer una pesca muy técnica de omnívoros dignas del alto Paraná a menos de 300 km de Buenos Aires fue aceptada de inmediato. El hombre clave del lugar, Julián Marchessi, es el único guía que trabaja guiando en flycast y viene invirtiendo muchos años en buscar lugares adecuados para saber dónde bogas, pirá pitás y dorados comen plantas que sueltan frutos que les sirven de alimento. Las “moscas”, en buena parte de la jornada, no iban a tener plumas, fibras o pelos, sino látex símil frutos que en genial creación de Sergio Salvatore imitan los cebos naturales a la perfección. Con este escenario, solo faltaba la compañía adecuada para maximizar la experiencia, que fue la del instructor de casteo Sergio Rojas y la atadora de moscas Silvia Lopardo, responsables del proyecto Flybaires.

Equipos y técnicas

El arribo tempranero nos encontró con el guía en su lancha, el mate pronto que fuimos degustando durante la navegación y ni bien salimos del Club de Regatas, al pasar delante de la virgen Stella Maris, patrona de los pescadores y navegantes, ya teníamos armados nuestros equipos consistentes en cañas de fly Echo Ión XL y Base Nº 6, con línea acorde de flote, y un leader armado con algo de refuerzo (se recomienda un tramo de 0,70 y otro de 0,50 pues arrancamos con mayor progresión y sufrimos cortes) rematado en un cable de acero de 20 lb con un anzuelo de pata corta y gap amplio, de la mejor calidad posible, acorde al tamaño del anzuelo que debe encarnar un frutito de goma de 2 a 3 cm de ancho. El encarne correcto no debe ir por el medio del fruto, sino pellizcar un cuarto del mismo dejando la mayor parte del anzuelo desnudo para facilitar la clavada.

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La otra parte del asunto es la presentación. Como vamos a imitar frutos cayendo de árboles, lograr una caída “natural” optimiza las chances de éxito. Si bien es un tiro que no requiere de falsos cast, sí exige algunos recursos técnicos como un buen levante y tendido, un buen roll cast y el timing justo para dejar hundir el fruto el tiempo justo y volver a intentarlo. Allí es donde se lucieron nuestros invitados Sergio y Silvia, mosqueros que solo realizan pescas en fly y dominan este arte. El gran enemigo de estas pescas es precisamente aquello que las genera: el ramerío costero. Porque un tiro malo que termine en el enganche de la “bolita” en un árbol nos hará perder tiempo valioso y alterar la zona de pesca espantando los trofeos.

Primeras emociones

Ya con todo pronto largamos la jornada turnándonos dos en la pesca y el tercer pescador en los registros fotográficos. Arrancamos en un bracito secundario del río Uruguay en zona aledaña a la ciudad, donde al primer tiro un arrebato me agarró con línea floja y no pude clavar, y al segundo tiro me dio mi primera pieza, que no fue un omnívoro sino ¡un dorado! Y debo confesar que si bien ya venía observando este tipo de capturas en el muro de Facebook de nuestro guía, al lograr un pirayú con fruto blando “se me quemó la cabeza” porque no logro explicarme cómo un carnicero se tienta con una recompensa tan mínima y de origen vegetal.

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El caso es que estaba por devolver mi captura cuando Sergio Rojas ya tenía el suyo dando saltos, y Silvia, que había ocupado la plataforma trasera mientras yo desanzuelaba, también dijo “presente” con un tercer tigre. Más preguntas que respuestas, y el corazón palpitando a mil, mientras Julián, sonrisa tranquilizadora en su rostro y mate en mano, nos invitaba a cambiar de plan: “Bueno, vamos por las bogas y lo pirá”.

Tras una navegación corta arrimamos a una costa donde se veía un enorme movimiento de peces bulando por doquier. “Son sábalos”, dijo el guía, y nos invitó a concentrarnos en una estructura de palos para poner las bolitas cerca de cada saliente. Repetimos el show de dorados, con Sergio y Silvia mostrando su pericia en la clavada, que debe hacerse no con la caña, sino como si hiciéramos un strippeo fuerte hacia atrás con la mano que tiene la línea. Así nos divertimos un rato hasta que “algo” me picó diferente: no fueron dos o tres tironeos y el típico salto del dorado, sino que esta vez lo que tenía prendido buceaba buscando profundidad. Una hermosa pelea donde la paciencia le ganó a la ansiedad me dio mi primera boga de Concepción, un ejemplar de casi 2 kilos que se tentó con un frutito rojo.

Tarariras con yapa

Un almuerzo reparador bajo una arboleda nos dio fuerzas para lo que vendría, que fue probar suerte con tarariras en aguas quietas, trabajando pequeños riachos con recodos muy tentadores. Aquí los frutos blandos dieron paso a las creaciones de Silvia Lopardo: ratitas, streammers y poppers que sus manos talentosas ataron para lograr engañar a nuestras queridas Hoplias.

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En la primera parada hubo pocos ataques en los poppers. Y los streammers no dieron resultados. El lugar era tan prometedor que parecía imposible no encontrar taruchas allí. Armé un equipo de bait y logramos un par de ejemplares con Julián. Pero no nos conformó la pesca y el guía nos trasladó a otro ámbito léntico de aguas bajas (la patria de la tararira) donde los streammers eran atacados con rabia cuando les peinaban la ñata a las dientonas, que no querían subir a tomar señuelos en superficie.

Sergio logró un ejemplar haciendo un tiro de más de 40 m que terminó en aplausos por toda la tripulación dado que el guía estaba sacándonos del lugar con el motor eléctrico y nos alejaba de la zona de fuego, pese a lo cual nuestro instructor se llevó la taru del estribo. Y en una tercera parada, me di el gusto de cobrar muy pero muy buenos ejemplares con moscas que rindieron mucho más que los señuelos.

La pesca en aguas bajas nos despidió con otra sorpresa: Sergio Rojas pinchó dos rayas, que compartían territorio con las tarus. Una no pudo ser izada, pero la segunda sí. El streammer la pinchó en un costado y se entregó tras interminables minutos de pelea llevando el equipo a un esfuerzo máximo.

El gol sobre la hora

Teníamos en el haber bogas, dorados, tarariras y hasta dos rayas pinchadas, pero nuestro guía Julián nos decía que nos faltaba conocer a las estrella de la pesca en flycast en la zona: el pirá pitá. En tiempo de moras, hacia la primavera, es donde su pesca se facilita, pero en nuestra jornada no podíamos dar con uno. Los dorados se hacían presentes por doquier, y acaso imponían su presencia ante este pez rojo (eso significa su nombre en guaraní, haciendo alusión a su carne de color rosáceo) que les cedía terreno.

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Febo ya comenzaba a despedir sus últimos rayos y las barrancas donde trabajábamos la pesca nos seguían entregando dorados. Hasta que prendí un pirá pitá y –como en el caso de la boga– supe que estaba ante algo bien distinto a lo conocido: su pelea es bravísima, y no se cansan como el dorado que tiende a saltar, sino que busca bucear y refugiarse en las ramas. Lo vimos en superficie y el guía celebró diciendo “vamos, que es un pirá”, pero justo allí, en un arremetida final, el pez me cortó el tippet.

El rearme no tuvo más sutilezas: un tramo del leader del 0,70, otro del 0,50, cable de acero, anzuelo y otro frutito. Seguimos unos minutos más y al fin, tuve otro pique de pira pitá. Esta vez el silencio de los cuatro integrantes del grupo acompañó la tensión de una pelea interminable, pura adrenalina, con la caña 6 hecha una U y el corazón convertido en un redoblante. Julián tuvo el copo a mano y cuando se asomó logró embolsarlo. Allí sí, pegamos todos un grito que hizo volar las garzas y asustó a las pavas de los alrededores, fundiéndonos en un abrazo que coronó una jornada cargada de emociones. Fue un broche de oro sensacional para coronar la pesca en un ámbito maravilloso como el delta del Uruguay que tiene Concepción, una región de extraordinario potencial que nos dio muestras de sus especies más deportivas.

 

Concepción del Uruguay (Entre Ríos)

Cómo llegar: desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires son unos 310 km por rutas Panamericanas, 12 y 14. Guía de Pesca: Julián Marchessi es especializado en artificiales, único en la zona que trabaja la pesca de omnívoros con frutos blandos (flycast). Cuenta con una cómoda lancha con plataformas de casteo en proa y popa para que pesquen cómodos dos mosqueros o tres pescadores haciendo baitcast. Parte del Club de Regatas local, donde el auto del visitante queda a resguardo. Su servicio de salidas guiadas incluye combustible, bebidas e infusiones. Facebook: Julián Marchessi. Cel.: 03442-15479701

Santa Cándida: un viaje al pasado

En esta visita a Concepción del Uruguay nos alojamos en el Palacio Santa Cándida, Monumento Histórico Nacional que cuenta con siete habitaciones para recibir huéspedes en un combo perfecto entre historia y lo mejor del turismo de estancia. Se encuentra ubicado al sur de Concepción del Uruguay, a la vera del arroyo La China. Fundado en 1847 a orillas del arroyo La China por el general Urquiza, este palacio constituye una muestra del esplendor del siglo XIX.

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El General Urquiza lo llamó Santa Cándida en honor a su madre, Cándida García. La suntuosa casona, un palacio construido por el arquitecto italiano Pedro Fossatti al estilo de una villa toscana, debe su aspecto actual a Antonio Leloir y a Adela Unzué, quienes la refaccionaron junto con el arquitecto Ángel Gallardo y el paisajista suizo Emil Bruder.

Pertenece en la actualidad a Ignasio Lanusse, sobrino de quien fuera Presidente. En Santa Cándida el visitante disfrutará de un parque arbolado de 40 hectáreas, equitación, pileta, remo, vela, lancha, pesca, cabalgatas, paseos por el río, caza menor de mayo a agosto y 9 hoyos de golf a 11km. Más info: HYPERLINK "https://www.santacandida.com/"https://www.santacandida.com/
 

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Wilmar Merino

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