Sunday 21 de April de 2024
PESCA | 30-04-2017 09:10

Omnívoros con mosca

Diversas especies omnívoras del Alto Paraná capturadas con moscas. Y en la mayoría de los casos, casi a pez visto.
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El verano/otoño del 2017 será recordado como realmente excelente para la pesca de omnívoros en el Alto Paraná, y por varias razones. La primera fue un río post inundación lleno de vida y con los peces bien gordos y peleones. La segunda aguas bajas y extremadamente cristalinas, que permitieron una pesca calificadísima y extremadamente visual. En un día soleado, aproximadamente al 50 % de los pirá pitá y pacúes los veíamos antes de castearles. Luego volver a La Regina, mi lugar en el mundo en el Paraná,

con el amigo Luis Rzepecki como un anfitrión fuera de serie. Y por último, compartir tres días con el Yoda Carlos Iconicoff, que me hizo parte de una maestría intensiva, sobre todo en el arte de mirar, de descubrir los peces con los ojos. Yo creía que manejaba esta técnica… ¡pero bastó verlo pescar 10 minutos para entender cuán equivocado estaba!

Carlos es un paranacero apasionado, y un estudioso que vive todo el tiempo metido en el río. Ingeniero de profesión y pescador amateur de vocación, es un mosquero sumamente analítico y refinado, que curiosamente nunca pescó truchas en la Patagonia. Vamos a ver si lo hacemos debutar la próxima temporada…

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En 1997 conoce a Julio Riva e ingresa de lleno al mundo de la mosca. De la misma manera que existe un antes y un después de Cristo, existe un antes y un después de la pesca en Alto Paraná respecto a Julio Riva. El pionero que le saltó la ficha a las piedras y palos costeros, a cómo pescar en superficie ya sea dorados con paseantes Zara Spook o pirá pitás con secas en los pilotes del puente Corrientes/Resistencia. Y como corresponde, Carlos se transformó en uno de sus discípulos más acólitos. Una enorme pena que Julio muriera tan joven en 2001, generando un bache creativo de muchos años.

Dentro de los omnívoros, Iconicoff es un enamorado de los pacúes, que en su época de baitcastero pescaba con señuelos Fat reformados con anzuelos simples, y llegado el 2010 con imitaciones de frutos plásticos. De incorruptible ética piscatoria, fue aún más allá desarrollando personalísimas imitaciones de frutos de silicona, que llevaron al fly fishing de omnívoros al “siguiente nivel”.

Epocas de pacú

Este año fue muy pacucero, con mucho arroyero de 1 a 2,5 kg, abundancia de medianos de 3 a 4 kg promedio, y máximas de hasta 6 kg. En función de ello, ambos usamos equipos Nº 6 con figthing butt, líneas flotantes tropicales del mismo número, y como leader 2 m de nylon 0,50 mm para una deriva profunda y aguantar las brutas corridas hacia los palos. El montaje de frutos de silicona es mucho más natural y delicado que el de frutos duros. Como hunden más lentamente, la mayoría de las veces se ve el pique en subsuperficie. Además se usan anzuelos mucho más pequeños que pasan más desapercibidos en aguas cristalinas, y lasti-man menos a los pirá pitá que tienen el ojo muy cerca de la comisura de la boca.

Por las condiciones del río hubo que afinar muchísimo los implementos, al estilo truchero. Se hizo mucha imitación fina, mucho “matching the hatch vegetal” de los frutos costeros. Cuando las cosas se pusieron realmente difíciles, recién pudimos engañarlos con imitaciones de frutitos de tala, encarnados en anzuelitos bogeros Big Gun Nº 10 y cablecitos de acero de un máximo de 2,5 cm, pintados de marcador indeleble verde para que pasaran más inadvertidos en las aguas esmeralda. Por ejemplo, sin cable los pirá pitá picaban mucho mejor, pero no aguantaba una pelea larga, incluso usando fluorocarbono: los de más de 2 kg siempre lo terminaban cortando. Otro detalle era la luminosidad ambiente: nublado o lloviznando era más fácil engañarlos, pero despejado y con sol la cosa se ponía realmente técnica.

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Entre las ocho especies omnívoras que cobramos con mosca, sin dudas este fue el año de los pirá pitá blancos. Con interesante densidad, un espectacular promedio de 1,5 kg, buenos de más de 2 kg, y varios gordos que arañaron los 3 kg. Las secas, que en otros momentos fueron sumamente efectivas, esta vez no descollaron. Mientras los redondos pequeños (pacuí y reloj) dominaban en los arroyos, las bogas hacían lo suyo en el río principal. Para ellas se realiza una deriva con bastante espera porque son los omnívoros que pican más cerca del fondo. Con la bolita blanda el pique es inconfundible, con un toque percusivo de la primera hincada de dientes y una llevada larga que si nos excedemos termina en un crochet entre las raíces sumergidas. Un omnívoro que se las trae con la mosca, sobre todo con equipo liviano.

El último día de pesca, con Carlos regresado a sus labores, pude conocer a otro pescador fanático: Lisandro Palarich. Despejada una tormenta veraniega pescaríamos con Mencho, que con más de seis décadas fue el mentor de todos los guías del Lodge. De los que más conocen ese tramo del Alto Paraná. Teníamos el inconveniente que a la lancha con eléctrico se le había arruinado el arranque, por lo que había que salir con un trucker de los de pesca tradicional. Poco importó porque el Mencho nos hizo una bajada a pala “a la vieja usanza” para poner en un cuadrito. Y con la nota deportiva que no había motor para cinchar a los morochos afuera de los palos.

Gran final

Vivimos una linda mañana, en que sacamos todas las especies, incluidos doradillos con frutitos y hasta un cabezón grande que trituró un pirá pitá. Ambos tuvimos nuestras chances con pacúes de los lindos. Yo tuve la fortuna de sacarlo y a Lisandro lamentablemente se le empaló. Otro me cortó el cable de 30 libras con los dientes... ¡cosas que pasan cuando se sale a molestar a los lechones de río!

Una hermosa despedida de un viaje en el que por malas alineaciones astrales, todos los pacúes buenos se me habían desprendido o cortado. Incluido uno de 6 o tal vez 7 kg, que picó con un fruto flotante de EVA y escupió al final de una corrida de como 50 metros. El Alto Paraná es un sitio de batallas permanentes: cuando se ganan se disfruta, y cuando se pierden se aprende con estoicismo.

Nota completa publicada en revista Weekend 536, mayo 2017.

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Diego Flores

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