domingo 25 de agosto de 2019
25-01-2019 21:46 | 4X4

En 4x4 hacia la tierra de los volcanes

Alcanzamos el bello Campo de Piedra Pómez catamarqueño tras cruzar pequeños parajes y arenosas huellas desdibujadas. Ver galería de imágenes

El Campo de Piedra Pómez, una extensa superficie blanquecina de la Puna catamarqueña, está formado de material volcánico expulsado por el volcán Robledo. Al ser tallado por los vientos, exhibe curiosas figuras de singular atractivo en la zona. Llegar hasta allí ahora no es tan difícil como antaño, cuando la RP 43 todavía era una angosta y larga carretera llena de cruces de ríos, muchos serruchos y peligrosas piedrecillas que amenazaban las cubiertas a lo largo de su recorrido. La idea era llegar hasta allí pero tratando de recorrer lo más posible por caminos no principales y –como nos gusta–, sin asfalto. Si lo podíamos hacer por huella difícil y divertida, ¿por qué hacerlo fácil?

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Con paso riojano

Al salir de Capilla del Monte, Córdoba, atravesamos las serranías centrales y continuamos un tramo por la Ruta 38 para llegar a Olta y Loma Blanca, donde asesinaron al caudillo riojano Chacho Peñaloza. El lugar histórico y la recreación del rancho donde se dio ese trágico suceso, merecen un alto. Pero enseguida volvemos a la tierra y, luego de visitar la zona de morteros a orillas del río, bordeamos por la huella de tierra colorada el dique de Olta. Las lluvias del día anterior nos depararon una sorpresa: ríos crecidos. Nunca hay que arriesgar los vehículos. Ceci, vara en mano, se metió en el agua para comprobar su altura. Debimos esperar un rato a que bajara. Cuando la altura fue conveniente, uno a uno los vehículos de la caravana superaron los vados.

Desvimos de la huella principal para llegar a la Posta del Cóndor, allí nos esperaríaan con unos chivitos, pero jamás supusieron que llegaríamos debido a la crecida del río. Así que al llegar, recién fueron puestos a asar. La visita a un cóndor que está en recuperación y unos salames de la colonia con pan casero caliente acortaron la espera. La tarde noche nos encontró en Fiambalá, provincia de Catamarca. Un relajante baño en sus termas, enclavadas en el oscuro faldeo rocoso de la montaña, amenizado con charlas sobre los sucesos del día, fueron el preludio de los dos días de aventuras que comenzarían al día siguiente.

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Apenas amaneció, partimos con rumbo Norte. Allí nomás el piso se transformó en suelo arenoso. Las Dunas de Tatón, reconocidas ya mundialmente por el renegar de los pilotos del Dakar para superarlas, afloran a cada lado de la caravana. Avanzamos por el desértico paisaje. Un golpe de color verde anunció al paraje Palo Blanco, que también queda atrás. Nos fuimos acercando al cordón montañoso que parece aflorar súbitamente desde la rojiza planicie. La ruta se abre perdiéndose en sendas quebradas y tomamos por la izquierda. La huella se fue haciendo más estrecha a medida que los kilómetros pasaban. Comenzamos a acompañar el cauce, que a veces era camino y en otras lo atravesamos de lado a lado. Perdimos la cuenta de cuántas veces lo hicimos.

La piedra dio paso a la arena, cada vez más blanda. La camioneta más pequeña de la caravana quedó atrapada al comenzar una pequeña subida, y debimos eslingarla. Avanzamos abriéndonos paso en la arena, que se empeñaba en tratar de frenar su marcha. De repente, un colorido caserío se asomó en una loma: era La Papas. La gente y su autoridad nos recibieron. Las camionetas abrieron sus cajas: materiales didácticos, ropa y otras ayudas quedaron allí, como colaboración a esta gente que vive en tan inhóspito lugar. La conversación con los agradecidos lugareños fue agradable pero el día era largo, podía complicarse y debimos seguir.

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Dibujos en el horizonte

Adelante vimos una huella que trepa la montaña, como un fina cuerda que se desenrolla sobre su ladera. ¡Es nuestro camino! Las camionetas comenzaron a trepar en un suelo ahora firme y desde  la agosta huella teníamos una visión general desde las alturas. Luego de unos kilómetros, un rancho abandonado sirvió para el desayuno de campo. Repuestos, seguimos adelante: subidas y bajadas, quebradas y trepadas se alternaron. La altura no fue tanta, un poco más de 2.500 msnm y los motores todavía tenían buen desenvolvimiento.
Más tarde, el camino descendió por el lomo de la montaña nuevamente al cauce del río. Por casi 12 km desandamos esquivando piedras, hasta que el paisaje nuevamente se abrió y tomó un color netamente blanquecino.

Una cresta rocosa y blanquecina se elevó frente a nosotros, parecía un cerro más pero no, era la pared exterior, la corona, del volcán Robledo, autor del paisaje, merced a cuya explosión y flujo piroclástico quedó como huella indeleble el Campo de Piedra Pómez, excusa de nuestra salida. Atravesamos el casi blanco páramo y comenzamos a ascender la cuesta, hasta llegar a la cima de la pared donde alcanzamos más de 4.000 msnm. Descendimos al interior del cráter y nos detuvimos mintras la cresta nos rodeaba en 360º. Avanzamos a través de la huella finamente marcada unos cuatro kilómetros sobre la superficie del amplio cráter, hasta que una nueva subida nos indicó que era momento de trepar su cara interna. Y así lo hicimos.

El paisaje fue abrumador por su inmensidad y colores. A la izquierda se adivinaban los picos nevados de los Andes al filo del cielo, como si una nube negra de tormenta se hubiera posado mansamente sobre el arenal.
Al frente, los negros de Antofagasta y el trunco Carachi Pampa; a la derecha, un mar de olas de arena finamente tiznada que finaliza en la claridad de nuestro destino, casi un espejismo.

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Mar de arena

Desviamos el rumbo hacia el Este. Una pequeña laguna con un mirador natural fue la excusa para el picnic de altura. Las agujas del reloj avanzaban inexorables. Montamos las camionetas y seguimos andando. La caravana parecía navegar en un mar de olas gelatinosas que subían y bajaban: sus techos aparecían y desaparecían según estén en su cresta o en la base. Algunas lomas mayores se resistieron a ser conquistadas por la caravana. Una Ram patinó y no pudo subir la pequeña loma: hubo que bajarle la presión de los neumáticos y, finalmente, lo logró.

Avanzamos metro a metro y cuando el sol fue acercándose al horizonte, llegamos a lo que parecía una ciudad futurística, fantasma, con torres, callejuelas sinuosas y miradores: el núcleo del Campo de Piedra Pómez. Utilizando huellas precedentes (para no dañar tanta hermosura) ingresamos unos metros. Extasiados con el paisaje no dejamos de sacar fotografías. Lo habíamos logrado. Por suerte, nuestro bello e inhóspito NOA tiene muchas más aventura por ofrecer.


VIDEO:


Nota completa en Revista Weekend del mes de Enero, 2019 (edicion 556)

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Etiquetas: La Rioja
Marcelo Lusianzoff

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