Isla del Cerrito: una mirada al Chaco escondido

Fauna nativa, historias de guerra y una gastronomía gourmet donde brillan pescados de río.

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Del otro lado de Paso de la Patria, donde los festejos y el turismo llegan unos tras otros, la Isla del Cerrito aguarda con calma. La localidad chaqueña sabe de su potencial, y avanza sobre propuestas que suman salidas a su naturaleza aún poco explorada junto a servicios de hospedaje y gastronomía destacados. Pero lejos de querer parecerse a su vecina correntina, no sólo se afianza en su estratégica ubicación en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná, sino en la riqueza patrimonial de sus edificios y un caso urbano que fue tanto un antiguo leprosario como escenario de la Guerra de la Triple Alianza.

Ubicada a 60 kilómetros de Resistencia, Cerrito es conocida por muchos pescadores, pero apenas eso. Sabiendo de su potencial, el distrito se ha puesto en marcha para ofrecer mucho de lo que guarda tras bambalinas esta colina que emerge curiosamente en territorios llanos.

En los últimos tiempos, su costanera es un llamador para los amantes de la naturaleza, que pueden caminar de punta a punta por un corredor hasta la fotográfica capilla de la Virgen del Pilar, usar las pasarelas de madera para admirar el más imponente Paraná desde lo alto, y acercarse a las parrillas a ver qué tal marcha el asado, mientras se prueba suerte con la caña desde los barrancos donde los manduré parecen venir a saludar. Y ahora suma también un recorrido más claro por sus edificios históricos. Ocurre que la isla, cercada por los dos grandes ríos y el cambiante arroyo Guaycurú, fue una de las principales bases de Brasil, Uruguay y Argentina en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) librada contra Paraguay. Un punto nodal para hacer frente a la fortaleza de Itapirú ubicada justo enfrente de nosotros. “Restos del antiguo taller mecánico, del astillero, el hospital, la iglesia y el fuerte de altura son parte del patrimonio que hoy se ha reutilizado”, cuenta la guía Mariela Pedelhez.

Reliquias de guerra

En el museo, antigua sede de la gobernación regional tras la guerra, hay cantidad de objetos pertenecientes a los cuatro ejércitos hallados en las costas tras las bajantes del río. “Pero la cosa no termina ahí: Cerrito fue durante buena parte del siglo XX la sede de la Colonia Regional de Leprosos”, agrega Pedelhez. En esa veintena de edificios militares de teja francesa estaba el hospital Maximiliano Aberastury, el primer centro modelo en el país para el tratamiento de lepra, donde se atendían enfermos de Formosa, Corrientes y Chaco. Poco a poco, en los alrededores fueron instalándose pobladores urbanos, en su mayoría familiares o enfermos ya recuperados, y así Cerrito creció a la fuerza. Hoy, las iniciativas apuntan a poner en valor esa historia y sumar la increíble naturaleza que rodea la isla con salidas “a lo Iberá”. Un buen ejemplo es su hotel de pesca El Guáscara, que a las 10 habitaciones tipo departamento suma comedor y pileta, y una bajada al riacho Guascarita que hace delirar a los pescadores por su cercanía a la confluencia y las vistas de fauna en el camino.

O mejor aún, la propuesta de la Hostería del Sol y sus 47 habitaciones, restaurante, living con TV satelital y dos piletas, a lo que suma un camping contiguo súper completo, ofreciendo tanto alternativas de lujo como más económicas. “La idea es dar posibilidades a todos y saborear platos que nuestros chefs han elaborado tras sus cursos de recetas tradicionales”, explica Eric Beligoy, del gobierno provincial. Se trata de una iniciativa motorizada por los ministerios de Turismo y Trabajo para promover empleos a raíz del Torneo Internacional de la Pesca del Dorado con Devolución celebrado cada septiembre, pero también en busca de la permanencia de buenas prácticas en materia de elaboración de menú, cuidado de los productos y normas de higiene y seguridad. El surubí relleno o un dorado a la parrilla con mandioca y hortalizas son parte del deleite en las mesas locales.

Más alternativas

Decisiones paralelas, como dar vida al trencito de trocha angosta que recorría instalaciones dejando comidas y suministros en el entonces leprosario, o sumar la Segunda Pesca Variada Embarcada con Devolución (15 y 16 de julio) a su gran fiesta del dorado, intentan generar visitas diversas y romper con la estacionalidad.
Las 12 hectáreas rodeadas de lagunas, bañados y zonas anegables de Cerrito van acorralando su casco urbano donde se concentran 2.000 habitantes y mucho de su encanto en la Punta Norte, el mirador de los dos grandes ríos. Pero no todo está allí. Un poco más lejos, donde otros 500 pobladores se dispersan en chacras y montes, los pájaros cantan y vuelan sobre la selva, y yacarés, carpinchos, ciervos y víboras inmensas conviven en campos sembrados de mandioca, zapallo, batatas y cítricos, la isla se muestra salvaje y atractiva. Allí está el campo de Eduardo Mendoza, uno de los timoneles emblema del lugar. En su lancha rodeamos la isla Brasilera y Guáscara, atravesando la confluencia hacia la boca del arroyo Guaycurú, donde la moderna lancha toma actitud de bote y, sigilosamente, se abre paso con un palo.

Más y más fauna

De a poco, el cauce se torna más angosto, y los sonidos de pájaros llegan al oído mientras nuestros ojos ubican a unos monos carayá sacudiendo ramas. Un martín pescador pasa rasante y se detiene en un tronco, y una lavandera se posa sobre un delgado tallo, comprobando que el avistaje de aves es una actividad a explotar. En eso, nos damos cuenta de que no se trata de un tronco aquello a lo que nos acercamos, sino de una especie de boa gigante enroscada. “Tranquilo chamigo que es venenosa, es de las que te aprietan nomás”, dice Mendoza como si eso fuese tranquilizante. Vemos carpinchos, y saltos en el agua dan cuenta de grandes peces. Ya sobre el recorrido final empieza el show de los yacarés: primero son dos hermanos bebes, uno de los cuales huye mientras el otro se queda ignorando la lancha y el clic de las fotos. Luego, vemos un juvenil algo escondido y cubierto de barro. Y, sobre el final, entre camalotes y flores violetas, la figura intimidante de un adulto. “Este es overo, así que mejor no me acerco tanto”, dice Mendoza. Según sus extraños parámetros, mejor hacerle caso.

Nota completa publicada en revista Weekend 538, julio 2017.

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