Viernes 27 de enero de 2023
PESCA | 11-02-2017 10:00

Temporada óptima para la mosca

La gran cantidad de ejemplares de diversas especies convierten al Río de la Plata en un destino muy atractivo para los mosqueros. En esta salida nos dimos el gusto con buenos dorados y tarariras.
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Amor y odio. Odio y amor. Un ámbito donde se mezclan pescas inolvidables, con sapos monumentales… ¡tómalo o déjalo! Aún recuerdo aquellas quejas existenciales de inicios de los noventa: “Tanta pasión, tanto sitios y justo me toca vivir al lado del río menos mosquero del mundo”. Tiempos en que se navegaba a brújula, Internet era un secreto del Pentágono y pescar los Bajos del Temor era como ir a la Luna.

Mucho después comprendí que esos pensamientos tenían que ver más con coyunturas, incapacidades y, sobre todo. con el desconocimiento de las reglas de un sistema hídrico similar a nada. Primero hay que olvidarse de que el Río de la Plata en un río: es un estuario con mareas astronómicas solapadas con mareas meteorológicas regidas por el viento, y que según cuadrante e intensidad generan un cambalache que desafía las leyes de la física. También tener en cuenta que se llena y vacía “de vida” en forma cíclica. La bonanza corresponde a inundaciones que traen nutridos cardúmenes del norte, y mejoran la eficiencia reproductiva y el acceso al alimento. Luego el sistema se deprime en parte naturalmente, pero sobre todo por una irresponsable combinación de contaminación y sobrepesca. Antes de las represas había inundaciones casi todos los años, y hoy cada media o década completa. Si fuéramos sensatos administraríamos estos beneficios hasta la próxima crecida, pero como apenas somos humanos rápidamente arrasamos todo y el Plata se transforma en un páramo íctico por tiempo indefinido. Y tratándose de pesca con mosca aún peor…

Rumbo al estuario

Este verano me esperaban dos buenas noticias, un Plata lleno de vida y conocer recovecos impensados de la mano de Hernán Hiralde. Un guía jovencísimo, de apenas 22 años, un “busca” lleno de polenta y con una mirada de rayos X, que le saltó la ficha a la mosca en el estuario de una manera pocas veces vista.

Llegó el día programado y compartimos lanchas con otros dos amigos y apasionados mosqueros: Leandro de Corso y Alejandro Oli Olivieri. La mala noticia, aguas ya sucias por los sedimentos cordilleranos acarreados por el Bermejo y el Pilcomayo, y un Plata alto tras dos jornadas anteriores de persistente sudeste. La buena, ese día habría una brisa suave del noreste que provocaría una bajante firme y numerosas correderas doraderas. Empezamos muy relajados en puntos neurálgicos de la primera sección del Delta; sin éxito, pusimos proa a una serie de pesqueros nuevos en los alrededores de las islas Oyarbide y Martín García. La primera fangosa, y la segunda arenosa con afloramientos graníticos que tornan peligrosa la navegación. Este laberinto de canales y bancos se crearon o modificaron dramáticamente con los sedimentos acarreados por la última inundación. Sitios perdidos o poco obvios, donde al decir de Hernán “sólo andan los biguases”.

La jornada empezó con algo que muy rara vez hacen los pescadores rioplatenses: bajarse a caminar tupido y barrear sin miedos. Siempre arrastrando los pies con cuidado y asistidos por un bastón por la abundancia de rayas. Nuestro objetivo inicial fueron las gruesas y difíciles tarariras rioplatenses. Si en un río que fluye en un solo sentido una variación de 10 o 20 cm impacta su pesca, imagínense un estuario que cambia de dirección y su nivel varía un metro cuatro veces al día. Casi con total seguridad las Hoplias más difíciles para la mosca. Al contrario de la temeridad que la tararira demuestra en las lagunas donde es depredador tope, en el Plata está a la mitad de la cadena trófica y la preocupación de no ser comida supera a la de comer. Aguas altas implican dorados o palometones patrullando, condiciones en que se meten bien profundo entre totorales y camalotales fuera de nuestro alcance. Con el sabor y olor de una carnada es posible hacerlas salir, pero con mosca resulta casi imposible. En esta modalidad las condiciones ideales son el estuario bien bajo y el yuyal en seco, que las deje amontonaditas en las zanjas con la panza apoyada en el barro.

Mis compañeros empezaron con equipos 6, flote y streamers de dorado livianos. En mi caso opté por una caña 4, línea WF-F 5 y unos Clouser Minnow oscuros de craft fur, en anzuelos Nº 1/0 de alambre bien fino para mejorar la clavada (los mismos usados para lombrices de goma). Estos streamers invertidos son ideales para rascar el fondo, y estimular ejemplares tímidos que en aguas turbias son poco afectos a subir a superficie.

Para el gusto de Hernán todavía había demasiada agua, pero los astros se alinearon y nos ofrecieron una delicatessen infrecuente: tarariras y doradillos en un mismo tiempo y espacio. A los doradillos los detectábamos por sus ataques o estelas al patrullar, cacheteándoles las moscas encima como un pececillo en fuga.

En ámbitos tan pequeños se sacan a lo sumo dos o tres, para luego caminar o navegar hasta otro pesquero. A medida que el banco se fue secando las tarariras se animaron a más, sobre todo esas tanquetas macetonas de 2 a 3 kg. Cocodrilos de pique sutil, como camiseteando la mosca, y que una vez clavados destrozaban la superficie con saltos, coletazos y atropelladas bestiales. Los ataques variaban según el área visitada: mientras en algunos eran inmediatos, en otros (los más) había que trabajar bien la zona. Con la tararira rioplatense no funciona el “tiro y me voy”: persistir en la pequeñez de un área caliente es fundamental, y 3 o 4 metros hacen a una tremenda diferencia. Mi dicho personal es: “Entre el tiro 1 y 5, no perciben nada. Entre el 5 y el 10, les parece que hay algo allí. Entre el 10 y el 15, crece el fastidio. Y entre el 15 y el 20, ya hartas, imponen su ley a dentellazos”.

Final dorado

Tras el almuerzo y bajar el termostato sumergidos hasta el cuello, fuimos a pescar dorados sobre los roquedales de la costa uruguaya. Y como más me gusta, Hernán eligió probar estas estructuras de anclado, en una maniobra perfeccionada recientemente como influencia del gran Peto Dalle Nogare. Ello permite peinar la piedra de manera quirúrgica, variando distintas velocidades y ángulos en la presentación de los streamers.

Aquí cambiamos las líneas flotantes por shootings de hundimiento, para barrer bien fino los distintos niveles de la columna de agua. El tamaño de los dorados aumentó aún más, con numerosos ejemplares de 2 kg promedio, un par que arañaron los 4 kg y un gigante de 5 kg que a Oli se le desprendió en el primer salto. El Plata está que arde en un año que seguramente será inolvidable para la mosca. ¡A aprovecharlo!

Nota completa publicada en revista Weekend 533, febrero 2017.

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Diego Flores

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