jueves 21 de febrero de 2019
09-02-2019 15:10 | FIN DE SEMANA

Escapada para toda la familia a la vera del río Paraná

Por la Ruta Nacional 9, un ramillete de pueblos de raigambre colonial esperan al visitante. Desde pulperías a deportes de agua, actividades para toda la familia. Ver galería de imágenes

Desde la autopista, el ingreso a Otamendi lleva al flamante Parque Nacional Ciervo de los Pantanos. Así arranca otro circuito compuesto por un corto tramo sobre una misma ruta, que ofrece distintos sitios para disfrutar del tiempo libre. Llegamos al parque, fiel protector del primitivo pastizal pampeano y de grandes áreas naturales que van hasta las márgenes del Paraná de las Palmas. En el centro de interpretación espera Melina, la guía del lugar, que se refiere a este nuevo predio frente a gráficos, fotografías y la silueta de un cérvido, símbolo del reservorio: “Ahora el parque integra las 4.088 hectáreas de la Reserva Otamendi más 1.500 de la Reserva Río Luján. Se cuidan unas 300 especies de aves, gran variedad de mamíferos y precisamente al ciervo de los pantanos que habita aquí, está en peligro de extinción y sólo quedan 800 ejemplares”.

Tras la charla se inicia la visita por una senda peatonal que demanda 30 minutos de caminata. Entre pastizales y matas, arribamos a las barrancas y a un bosque poblado de hierbas y árboles bajos y espinosos. Talas, líquenes y frondosos ombúes. Un mirador natural brinda excelentes panorámicas. Abajo están los bañados, el albardón y las lagunas. En el fondo, el Paraná de las Palmas. “Por este sendero llamado Los Guardianes de la Barranca –indica Melina–, podemos descender a la zona más selvática del parque”. Y allá vamos para finalizar el paseo entre profusa vegetación.

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Al retomar la autopista, bien cerca está nuestro próximo destino. Entramos a la ciudad de Campana por un gran arco ojival. “La cuna del automóvil argentino” reza el cartel, en virtud al primer auto nacional fabricado aquí. Detenemos la marcha en la plaza principal Eduardo Costa (fundador del poblado en 1875) para encontrarnos con Marcia, nuestra guía. “Vean el curioso formato de la parroquia Santa Florentina –sostiene–, de moderna arquitectura y con un campanario separado del cuerpo principal”. Resaltan las diagonales y boulevares que salen desde la plaza, y la avenida central culminando en la pintoresca estación ferroviaria junto a la Casa del Isleño, plagada de artesanías en madera y mimbre.

No puede faltar una visita a la esquina más gauchesca de la ciudad: Cabrera y Colón, donde está la pulpería La Federal. Allí están Pedro Fernández, su esposa Laura y unas canastas de empanadas recién hechas, riquísimas y aún más sabrosas si se combinan con una copa de vino en un entorno de tiempos idos. Viejo boliche de campo con mesas de madera, paredes donde penden objetos, testimonios camperos y la clásica reja en el mostrador.

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De costanera en costanera

Vale también una recorrida por el barrio inglés, sucesión de casas con techos de chapas a dos aguas y curiosas fachadas; y por las riberas del río con su paseo costero, espacios verdes, sectores de pesca, el museo ferroviario, las fantásticas vistas del Paraná y el Campana Boat Club, provisto de palmeras, sombrillas, bancos, playa de arena, bajada de lanchas y pileta de natación.

De nuevo en ruta, hacemos escasos kilómetros para llegar a Zárate e ir directamente a su moderna costanera donde el disfrute está asegurado en sus paradores, recreos, campings, balneario, áreas de pesca, bares y restaurantes. En el río, numerosas embarcaciones surcan las aguas y dan vida al enorme cauce atravesado por el imponente complejo Brazo Largo, con sus dos puentes ferroviales que permiten llegar a distintos campings y pesqueros o bien conducen hacia las rutas del litoral.

En el predio de la antigua estación nos encontramos con Marisa –integrante de la dirección de turismo local– para una guiada por la ciudad. “El poblado nace en 1885 –explica– con la llegada del tren a estos parajes que pertenecían a la estancia de Francisco de Zárate, tierras que él mismo donó para la posterior fundación”.

La zona céntrica engalana con la plaza Bartolomé Mitre y sus esculturas, fuente y vistosas palmeras. Frente a ella, el señorial palacio municipal y la iglesia Nuestra Señora del Carmen de 1880. Allí arranca la calle Justa Lima de Atucha (nombre de la fundadora), siendo la principal arteria comercial y administrativa, además de peatonal por unas cuadras con sus bares y restaurantes. Allí nomás el Teatro Coliseo del año 1928, con su gran marquesina que da a un foyer con acceso a la sala en forma de herradura, al mejor estilo del teatro lírico italiano.

“El otro predio importante –comenta Marisa– está ubicado a cuadras de aquí. Es la plaza Italia que reúne artesanos y donde también se encuentra el anfiteatro Homero Expósito”. Nombre tanguero lo caracteriza, como a todo Zárate, conocida como la “Capital Provincial del Tango”, ya que la ciudad cuenta con una larga historia ligada al género de la mano de ilustres nacidos y vecinos como Armando Pontier, Tito Alberti y Héctor Stamponi. “De aquí son los hermanos Expósito –ilustra nuestra guía–, que se inspiraron en las plantaciones que hay por la empedrada calle Dorrego, para su famoso ‘Naranjo en flor’, arteria que hoy se puede recorrer para observar sus carteles fileteados, farolas y entorno alusivo”.

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El kartódromo

Sobre las barrancas aún se mantiene en pie el casco de la Quinta Jovita, de 1870, rodeado por un cerco de pilares con rejas y una línea de balaustradas. Fiel exponente italianizante, sin duda una reliquia arquitectónica ligada a la historia de los primeros años de la ciudad.  

La próxima meta se ubica a unos 21 kilómetros y es precisamente Lima, sede de la primera central nuclear construida en la Argentina. Atucha, desde 1974 es una realidad imperante con sus dos globos o cúpulas gigantes asomando a un río plagado de kayaks y canoas, zona tranquila para la práctica de este deporte. Y en las riberas, el Club de Pesca Lima, que ofrece muelles pesqueros, buena arboleda, sectores de camping, playa y casas para pernoctar y pasarla muy bien.  

Iniciando el regreso, a poco de andar está el cruce con la ruta 193, por la que vale la pena tomar apenas unos kilómetros y visitar el pequeño pueblo de Escalada. Aparece primero el kartódromo, famoso por sus carreras o sus vueltas de bautismo que entusiasman a más de un visitante. Se recorren los boxes y la pista, y se pueden presenciar pruebas de entrenamiento. El lugar cuenta también con un amplio salón comedor, sanitarios y muy buena arboleda.

Vecino al predio se encuentra el acceso al pequeño pueblo de añejas casas, calles polvorientas y la emblemática esquina del almacén de Portela y la panadería Tuculet, ambas fincas con más de 100 años de vida. Junto a las olvidadas vías aparece un antiguo surtidor de combustible y el almacén de Rolo, añejo boliche de campo que conserva su largo mostrador y objetos de viejísima data. José, su encargado, nos recibe y de inmediato “apuramos un trago”. El hermoso atardecer amerita la exquisita picada que acerca el anfitrión, y allí nomás despunta una linda charla bajo la paz reinante del lugar. No había apuro, qué más se podía pedir…




 

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Marcelo Ruggieri

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