viernes 20 de septiembre de 2019
19-02-2019 15:55 | AVENTURA

8 países en bicicleta antes de dejar Occidente

En la segunda etapa de la travesía, de Italia hasta Grecia, el camino brindó sol, playa y un incidente desafortunado. Pero nada empañó la hospitalidad y la belleza de Europa. Ver galería de imágenes

¡Ciao, Italia! En ese día de pendiente negativa no recuerdo cuántos kilómetros hice hasta Cúneo. Allá me agasajé con un buen hotel, me lo merecía y lo necesitaba. Era consciente de que, después de esa jornada, o me instalaba bajo una ducha de agua caliente o el frío iba a terminar por mandarme al hospital. Aún así, al final me compré una cerveza en un supermercado cercano y brindé en la habitacion con mi soledad y mi buena suerte.

Allí entendí que la magia de un viaje así también estaba en la rapidez con que las cosas pueden cambiar. Esta vez las cartas jugaron a mi favor. La ruta por el norte de Italia me alejó de las montañas y me devolvió el calor, el buen tiempo y la certeza de que los italianos se alejan –siendo benevolente– del estándar europeo de respeto por las normas de tránsito; además, en las carreteras secundarias por las que estaba obligado a circular había muchos camiones que me obligaban a estar siempre atento.

A la evidente cercanía cultural que nos une como países, se contraponía la dificultad que encontraba cada noche para encontrar un lugar donde dormir. La hora de buscar hospedaje se transformó en una frenética carrera contrareloj con el sol. Los campos entre pueblos y ciudades eran un eterno alambrado que no me dejaba margen para acampar, por lo que al final terminaba conformándome con lugares que en otros países descartaría.

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Una ruta en constante cambio

Plasencia, Cremona, Brescia, Verona y Treviso se cruzaron en mi camino con su historia y belleza, yo las homenajeaba dedicándoles horas de recorrido que siempre quedaban cortas, pero que me daban una idea de lo encantadora que es Italia.

Un pequeño baño en el lago de Garda, con 28 °C de temperatura, me hizo recordar que tan solo unos días atrás había sufrido del frío de los Alpes. Esto me daba una real magnitud de lo increíble que es viajar y aprender a disfrutar, tanto de los buenos como de los malos momentos.

Días más tarde encontré un parque en las afueras de un pequeño pueblo. Gracias a mi bandera argentina que flameaba en la bici, una compatriota me reconoció y me llevó a una zona donde se formaba una laguna con el agua que bajaba de las montañas de los Dolomitas. Allí acampé durante dos días, en los que me dediqué a descansar y disfrutar de tan maravilloso lugar.

Dado lo plano del terreno que me acompañó durante todo mi viaje por Italia, antes de lo esperado llegué a Trieste, ciudad próxima a la frontera con Eslovenia. Mi paso por esta pequeña nación fue corto, sólo 70 km, pero haciendo honor a su apodo del país más verde de Europa, el recorrido me llevó por bosques y pequeños pueblos, por la parte noreste de la peninsula de Istria, que a media tarde me dejó en Croacia.

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Mi objetivo era la ciudad de Rijeka, donde me quedaría dos días para descansar y tener mi primer contacto con el país. Además, ese sería el punto de partida para comenzar a recorrer en direccion sur la pintoresca ruta de la costa Dálmata, un camino algo peligroso para un ciclista y muy deseado por los motociclistas que lo copan y lo transforman en uno de los clásicos de Europa. Como consecuencia de ello, estuve obligado a tener los sentidos siempre alerta. El nulo arcén (banquina) y la cantidad de curvas ciegas no dejaban margen para errores, gracias a lo cual pude entender por qué, en los casi 600 kilometros que hay de un extremo al otro, hay tal cantidad de recordatorios de personas que perdieron la vida allí.

A contramano de lo que cree la mayoría, Croacia no es un lugar de grandes playas, sino más bien de pequeñas bahías, dispersas y muy escondidas, que salpican su litoral. Pasada Rijeka, la primera noche de acampada fue un adelanto de lo que me iba a encontrar a lo largo del camino: un magnífico pueblo llamado Lukovo, al que me dejé llevar por mi intuición. Me recibió con el sol en el horizonte, agua transparente y una paz que invitaba a dormir en la playa. Ni el cementerio que daba al mar fue un mal augurio para pasar una noche de esas que le dan sentido a un viaje así.

Los días trancurrían entre el tráfico, subidas, bajadas, chapuzones a la tarde y restaurantes de playa cerrados en los que ponía la carpa cada noche. Ciudades como Zadar, Split o la archiconocida Dubrovnik son una invitación a recorrerlas, principalmente sus cascos históricos llenos de lugares dignos de una postal.

Siguiendo la costa llegué a Montenegro. Los escasos 200 kilomentros por su geografía fueron a través de playas rodeadas de montañas de color oscuro –de aquí el nombre del país–, que caen al mar en forma de acantilados que esconden ciudades fortificadas similares a las croatas. Kotor, Budva y el islote de Sveti Stefan fueron quedando atrás bajo un sol casi veraniego, entre subidas y bajadas que al final hicieron que en cada jornada solo deseara un buen baño en el mar y descansar plácidamente.

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Un tropezón no es caída

Albania fue lo siguiente. Su condición de “país peligroso” –según algunos viajeros– me tenía intranquilo. Sólo necesitaba cuatro días para cruzarlo en diagonal a través de las montañas, pero una vez más y como descubriría a lo largo del viaje, los tópicos no siempre se ajustan a la realidad.

A pesar de ser el país con menos recursos económicos de Europa, su gente tiene la calidez necesaria para darte la bienvenida con una simple mirada; si a eso le sumamos una sonrisa, es algo capaz de hacerte sentir como en casa, aún estando tan lejos de ella. En su capital, Tirana, descansé dos días y después continué en dirección a Macedonia. Atravesé montañas hasta desembocar en la ciudad de Ohrid y su gran lago. Al día siguiente dejé atrás Bitola y llegué a la frontera helena.

Grecia me recibió de la peor manera, en el primer pueblo tuve un grave incidente que podría haber terminado peor. Dispuesto a cuidar su territorio, a un perro le parecio mal que un ciclista desconocido transitara por la calle, por lo que me lo hizo saber a su manera. Previendo lo que iba a pasar, me descolgué de la bici a la vez que sus dientes se dirigían hacia una de las alforjas traseras. Al final me caí y me llevé unos cuantos raspones, una abertura en la tela y el susto propio de un ataque así. Esa noche una arboleda me dio cobijo y la paz necesaria para reflexionar sobre lo vulnerable que era. A la mañana siguiente, sentado en un banco de pueblo, una vecina me regaló café, pan y agua. Así empezó mi reconciliación con el país.

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Los días posteriores, con el mar Egeo a mi derecha y Turquía en el horizonte, me sirvieron para despedirme de Europa y de Occidente. Grecia me regaló días soleados y gente que me pareció la más hospitalaria del viaje. Visto ahora, era claro que no sabía lo que me esperaba.

 

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Etiquetas: Italia Grecia Plasencia Treviso
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