Miércoles 8 de julio de 2020
TURISMO | 14-01-2020 17:17

Cómo es dormir en una tienda mongola

Así son los días y noches esteparias descansando en gers, tradicionales tiendas circulares de los nómades de Mongolia.
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Llego a Ulán Bator -capital de Mongolia- en el tren Transmongoliano que une Moscú y Beijing para conocer el Parque Nacional Gorkhi Terelj y dormir en gers, las tradicionales tiendas circulares de fieltro blanco de los nómades.

Dejamos la ciudad en una vieja furgoneta rusa y en minutos estamos surcando la verde nada esteparia, cuyos habitantes llevan su “casa” a cuestas, ya sea a caballo, camello o auto: cuando encuentran buena pastura para sus chivos y ovejas, se detienen y levantan su ger en dos horas.

Llegamos al parque nacional, al pie de cerros con laderas de pinos donde viven nómades y seminómades: algunos reciben viajeros en tiendas al lado de la que habitan. Nos alojamos en una y el chofer nos conduce hasta su puertita de madera, un “ábrete sésamo” a un mundo con reglas propias.

El ger no tiene compartimentos: los mongoles carecen de intimidad. Dormimos en camas: hay nómades que lo hacen sobre alfombras y otros no. En el centro hay una estufa-cocina de acero con chimenea que se eleva como parante central. No tenemos luz eléctrica ni agua y el baño está afuera: una casita de tablas sobre un hoyo de tres metros de profundidad. La vida esteparia carece de ducha y los ríos son fríos: se usa un colorido polvo perfumante.

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Nos acostamos con el sol y al amanecer nuestros vecinos nómades traen pan con queso de cabra, yogur y té. Almorzamos en una mesita al aire libre sentados en el pasto, saboreando buuz, ravioles de cordero al vapor.

Los anfitriones nos llevan a conocer su tienda con cama matrimonial en la cabecera y un gran televisor. Los hijos duermen sobre alfombras y las paredes están cubiertas con deslumbrantes bordados rojos. La puerta da siempre hacia el sol. El sector occidental corresponde al hombre y es el lugar de privilegio donde se sienta la visita. El lado oriental es de la mujer y los enseres de cocina. La madre de la familia nos hace sentar en el suelo sirviéndonos té salado con manteca, una especie de caldo hipercalórico. Luego llega el airak: licor de leche de yegua fermentada, ácido y picante.

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A la derecha de la cama veo un altar con imágenes budistas y chamánicas de la religión animista de Mongolia. También hay fotos rindiendo culto a los ancestros y a los mejores caballos que han tenido a lo largo de generaciones.

El caballo fue el sostén del imperio continuo más grande que haya existido: el del sanguinario Genghis Khan. Para rozar algo de esa aura “gloriosa” del esplendor nómada, salimos a cabalgar guiados por un niño jinete. De alguna manera, vamos a caballo de una cultura milenaria que gira alrededor de este animal sagrado, sin el cual acaso no podrían sobrevivir. Para celebrarla, se siguen organizando cada año los juegos olímpicos nómadas creados por Genghis Khan hace 815 años compitiendo en lucha, arquería y carreras equinas. De aquel vasto imperio no ha quedado rastro en el desierto. El único legado es inmaterial: esas olimpiadas y un eterno cabalgar por la estepa, esa intermezzo permanente en deriva, sin destino ni punto de partida.

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Julián Varsavsky

Julián Varsavsky

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