Sábado 6 de junio de 2020
TURISMO | 08-01-2020 15:43

Así es desde adentro la peregrinación del Gauchito Gil en Mercedes

Cada 8 de enero la ciudad correntina se viste de rojo para peregrinar al santuario del famoso santo, una fiesta pagana donde miles bailan, comen y beben de un caldo de religiones que se cuece al rayo del sol.
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Me subo a la caja de la camioneta de unos promesantes y avanzamos a paso de tortuga entre el humo de centenares de micros, bajo un sol que derrite las velas rojas apagadas por la brisa en un altarcito al Gauchito Gil, improvisado con una estatuilla a la vera de la ruta. Centenares de caballos lideran la procesión con una cruz doble al frente, que ha partido desde la ciudad de Mercedes en un ambiente fervoroso que se vuelve irrespirable con la bosta cociéndose a fuego lento en el asfalto como buñuelos de acelga.

Salto de la camioneta 500 metros antes del santuario donde habría muerto en el siglo XIX, el gaucho milagroso: aquí comienza la fila para entrar. Un joven en cueros con Cristo y el Che tatuados en la panza me dice que tardaremos seis horas en entrar. Me conformo con ver desde afuera el tingladito enrejado que protege la Cruz Gil original y conozco a Rubén Lamas, un joven con la espalda muy tatuada. En su piel están San Jorge venciendo al dragón, San Expedito con su capa roja, Gauchito Gil, San La Muerte con su guadaña, dos Jesucristos, la Virgen María y una iguana: “Me hice un santuario en la espalda; los santos rodean la cara de mi hijo para agradecer su llegada; mi mujer no podía quedar embarazada. Fuimos a mil médicos y nada, hasta que mi hermana me invitó a venir acá. ¿Vos me vas a creer, hermano, que vine un 8 de enero y para el 8 de febrero mi mujer tenía un embarazo de un mes?”.

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La peregrinación arranca el 8 de enero 6 am con misa y casamiento en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced. A los pies del altar hay estatuillas del gaucho santificado de facto portando boleadoras, chiripá rojo y un rostro que parece Cristo con bigotes y vincha en lugar de una corona de espinas. Afuera taconean medio millar de caballos con jinetes de agrupaciones gauchas en sus mejores pilchas.

El momento cumbre es la llegada de la cabalgata al santuario y su enjambre de puestos de venta en estrechos pasillos. “¡Que viva el gaucho!”, grita un jinete y todos vivan en actitud guerrera, puño en alto. En el tumulto un chico me dice: “Al gaucho le pedí que cuando sea grande quiero ser fotógrafo como vos”.

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Aquí se viene a pedir y agradecer. Hay quien pidió por su cosecha de sandías y regresó con un camión repleto para repartir. Otro trajo 20 costillares y cocinó para todos. Hubo quien hizo ocho kilómetros a pie con media res al hombro y otros trajeron todos los cigarrillos que iban a fumar el año entrante y mágicamente dejaron el vicio. Una señora vino en silla de ruedas y meses después, ya curada, avanzó de rodillas centenares de metros. Se dice que un cuarto de millón de personas pasa en dos días por esta feria popular donde se pide también por suerte en el juego y se va derechito a probarla en bingos al rayo del sol. Y en medio del caos corren mililitros de vino en tetra y fernet con cola en botellas plásticas cortadas a la mitad, todo al ritmo de cumbia, chamamé y rock chabón.

Las calesitas desmontables giran, pasan gauchos con facón al cinto y un fotógrafo ofrece retratos con sombrero mexicano sobre una llama. En un puesto se venden camisetas de fútbol de equipos chicos: Argentino de Merlo, Deportivo Laferrere, Almirante Brown, Nueva Chicago y Chacarita. Y en puestos especializados la gente se tatúa al santo local de su devoción como San Baltasar, Santa Librada o Diego Maradona, hijo de correntinos.

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Julián Varsavsky

Julián Varsavsky

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