Domingo 9 de mayo de 2021
PESCA | 04-11-2020 08:30

Taruchas cordobesas o... volver a sentirse vivo tras 220 días de encierro

Un grupo de amigos organizó una salida de pesca de tarariras en Córdoba. Cómo fue el reencuentro con el río después de siete meses sin tocar una caña.
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“Tonga, tenés q venir a pescar”. “Vamos el sábado”, se escuchó del otro lado del teléfono. Y ahí arrancó todo... Habían pasado 210 días de la última pesca, y ese llamado encendió esa chispa, esa chispa q le da color a la vida de los que amamos pescar. El culpable, un gran amigo, Marianito Brasca.

De esa manera comenzó la rutina tan ansiada de preparar los equipos. El destino: norte de la provincia de Córdoba. En el medio de los preparativos hablo con otro amigo y deciden sumarse dos compañeros y amigos más: Gaby Layum y Fede Revigliono.

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“Mañana sábado 3:30 te paso a buscar”, me avisa Mariano. Pongo despertador media hora antes y temprano a tratar de dormir: 2:15 salto de la cama pensando que me había dormido. La ansiedad de volver me jugó una mala pasada, y bueno, ya nos levantamos a esperar...

El viaje se hizo muy corto, entre risas y charlas, pasaron las cuatro horas, y llegamos al camino de tierra con los primeros brillos del día. Y nuevamente la chispa se convirtió en fuego: el olor a campo, el amanecer, los animales, el sol acariciando las gotas de rocío en los pastos. Los pocos kilómetros restantes se hacen eternos imaginando una y mil situaciones de pesca. Pasamos por la casa del dueño del campo y le dejamos una caña y un reel de obsequio por permitirnos entrar, y allá llegamos: un arroyo que corre tranquilo y serpenteante por una llanura árida, y que va socavando con el tiempo el terreno.

Aguas color chocolate, no hay un árbol a la vista, solo el ruido del agua y los animales que pastan y nos miran como extraños. No alcanzan los ojos para ver. Los sentidos están deslumbrados. Ni tiempo para respirar. Los dedos apurados arman los equipos, los nudos fluyen como si nunca se hubiera interrumpido nada, el corazón late fuerte, los mil señuelos se cruzan para ser el primero en tirar... Y allá fue.

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Señuelo al agua, a recoger lentamente bien pegado a la costa, sobre una playada donde bajan las vacas a beber, la piel tensa, como agazapado, la concentración al máximo, todo fluye, uno es parte de la caña, del reel, del multifilamento, sentís el señuelo como si lo pudieses divisar en el agua chocolate y de golpe… el toque y la goma se frena, aflojas tensión, ves el hilo desplazarse lentamente aguas adentro, sabes que el engaño dio resultado, que años de evolución no le permitieron resistir a la cadencia de la goma moviéndose, y que en sus poderosas fauces no se nota la diferencia de lo blanco a su comida.

Dejás que lleve, cuando ves que es firme, ajustas. Sentís el tironeo y sabes que es el momento justo. El agua explota junto a los sentidos, a la emoción de estar otra vez donde uno ama estar, donde uno se funde con el todo, y da rienda suelta a la pasión en ese momento atávico que solo pueden entender los amantes de la actividad que les da placer, horas, días, meses, incertidumbres, miedos y tantas otras cosas que no habíamos soñado vivir, que ni la película más osada se había atrevido.

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Todo pasa como una centella a segundo plano para volver a sentir y a gritar “claro que vale la pena estar vivo”, “claro que vale la pena sentir”, “claro que vale la pena pescar”. Y ahí esta ella, la tararira, del otro lado de la línea, tan noble y tan salvaje, tan guerrera y tan tosca, dándonos una vez más esa alegría que hace q valga la pena todo.

Y así trascurrió el día, hasta que llego la hora de volver. ¿Cantidad de pescado? Más que suficiente para sentirse vivo, la pesca no estaba fácil, pero había mucho pescado, había que dar en la tecla. Modalidad, baitcasting, preferentemente sofbaits y señuelos de subsuperficie que no generen mucha vibración ni mucho movimiento de agua porque asustaba a las tarariras. Por eso pasa a un segundo plano cuando uno siente que volvió a sentirse vivo y pleno.

Texto::Gastón Foglia.

at Victoria Juana

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