Martes 31 de enero de 2023
PESCA | 04-01-2023 17:59

Gigantes de muelles cebados en el Paraná Guazú

Los omnívoros en zonas portuarias como las del Paraná Guazú y el de las Palmas se hacen presentes en cantidad y calidad cuando hay granos que ceban las aguas. Galería de fotos.
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El gran Juan Martín de Yaniz ponderaba desde éstas páginas y en su memorable “Manual de Pesca” cuando este cronista era chico (y esto al menos supone ir 45 años atrás en el tiempo), las bondades de los muelles cebados del Delta, allí donde la norma de etiqueta de todo buen pescador indicaba contribuir con un par de kilos a la ceba que los propios pesqueros hacían cotidianamente echando granos al agua. Y es que esta vieja fórmula se viene repitiendo desde el principio de los tiempos: lugar cebado tiene peces. Ahora que el destino me ha llevado a seguir los pasos periodísticos del gran Juan Martín, visito esos lugares que de niño me ilusionaban en su fina pluma y noto con gran alegría cuánto sabían esos próceres que iluminaron el camino de tantos que vinimos después. 

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Esta vez, el escenario fue el Paraná Guazú, lado entrerriano, allí donde el río come barranca, a diferencia del lado bonaerense, donde deposita sedimentos. Así las cosas, mientras los muelles de este último lado cada vez deben ser construidos más adentro del cauce para no quedar en seco en los bancos, en Entre Ríos, los propietarios de pesqueros los van retrasando, porque el agua los va dejando desconectados de la tierra firme. Es el caso de El Molino, que ya sufrió varias movidas y quizás en este 2023 tenga una nueva. Lo cierto es que este bello muelle está muy cerca de los veriles rendidores, allí donde el maíz que tiran a diario reposa sumándose a los granos y polvo de soja, trigo y maíz que vuelan por los aires del puerto cercano, en donde los grandes buques de ultramar se abarrotan de cereales, dejando una involuntaria contribución al Paraná. Y así, entre ceba propia y donada por los buques, esta orilla profunda amontona omnívoros de portes descomunales, que evitan que haya que envidiar para nada los rindes de costosas pescas de embarcados. Y, de yapa, tenemos el auto al lado, baños, quinchos para disfrutar a la sombra de un asado y proveeduría para suplir algún olvido.

El día y la noche

En El Molino el visitante puede pescar por turnos, ya sea el diurno o el nocturno (van de 7 a 19 y de 19 a 7). Al momento de nuestra visita, mientras la noche venía dando rindes escasos, el día sorprendía con cosechas cuantiosas en cantidad y superlativas en calidad. Alertados por Alejandro Pérez, eximia caña zaratense que además se dedica a confeccionar líneas adecuadas para la pesca en esta zona, decidimos visitar en turno diurno El Molino, para lo cual combinamos con su propietaria, Cristina, hacer el relevamiento un día lunes suponiendo menos gente que en otras jornadas. Sin embargo, la bolilla del buen pique se había corrido de tal modo que, a primera hora, el pesquero que despedía a los de la noche asistía a una pequeña caravana de vehículos apurándose por entrar. “Les guardé tres cañeros”, nos dijo Cristina en la bienvenida, mientras nos pasaba un oscuro paquetito en la mano y soltaba un consejo: “Usen mi masa y después me cuentan”. 

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Así las cosas, apuramos el armado de los equipos, compuestos de cañas de 2,40 a 2,70 m, reeles frontales y rotativos según la caña, plomadas de 120 g con y sin ganchos, y una sola brazolada de unos 80 cm rematada en un esmerillón del que partían tres pequeñas bajadas de anzuelos simples, triples o combinados.  En los anzuelos enhebramos por la parte blanda granitos de maíz, y luego los recubrimos  con la pegajosa y dulce pasta de la encargada del predio, así como con otras variantes dulces y picantes de masas de cereales que llevamos nosotros.
La primera hora de la pesca solo dio varias viejas del agua, hasta que una caña se arqueó de modo prometedor, sin dar cabezazos: típico pique de carpa. Unos parroquianos vecinos a nuestra posición lograron sacar el tremendo ejemplar, de unos 7 kilos. Cabe destacar que el muelle cuenta con copos de caño largo, para facilitar el izado de las piezas con la ayuda de otro pescador. 

Detalles que cambian todo

Tras una sucesión de bagres amarillos y pequeños armados logrados cuando decidimos intentar con otros cebos que no fueran maíz y pastas, faltaban las damas del río, que no aparecieron sino hasta media mañana.  Pero entonces, hubo varias capturas casi en simultáneo en el extenso muelle, brindando alegrías a los aficionados con ejemplares de 2 a 4 kilos.

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Ale Pérez notó un detalle no menor: en las líneas con plomadas con ganchos, los piques se cortaban tras un par de cabezazos, mientras que en las de plomo simple, sean en formato pirámide, almeja o cajón, había una continuidad en los embates hasta que determinábamos que era el momento de clavar. Esos detalles simples a veces cambian el destino de una pesca, así como el de trabajar con brazoladas largas que no se enrulen sobre la madre y que partan de un esmerillón triple pegado a la plomada.
Las buenas compañías también son oportunas, puesto que si todos trabajamos con líneas a 45 grados río abajo y alguien tira río arriba con plomada de gancho, lo que producirá es un enganche masivo a sus colegas, que se agravará si hay pescado prendido, complicándolo todo. El diálogo y la tolerancia son fundamentales en estos pesqueros compartidos donde no todos cuentan con las mismas habilidades piscatorias. 
Así las cosas, en una jornada que nos recibió con un chaparrón con granizo incluido y luego se despejó para volver a nublarse, fuimos obteniendo capturas esporádicas durante toda la jornada, los que nos obligó a pescar caña en mano para tener mayores chances de clavada, aunque con el sol pegando a pleno hubo que recurrir a los posacañas para esperar suerte a la sombra. 

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Solo resta ver cómo se comporta este principio de año donde el cambio de luna capaz mueve la pesca a otra franja horaria, beneficiando a los noctámbulos. El llamado oportuno a Cristina, que siempre da la información precisa, hará que optemos por la mejor banda horaria. Y un dato de yapa para quienes quieran ir con niños a este pesquero de perfil familiar: está lleno de mojarras por doquier, por lo que es ideal para enseñarles a los pequeños las primeras artes de la pesca, en un jueguito de ensayo y error constante que la presencia de mojarras nos tendrá garantizado el resultado. Acá nomás, el Guazú, lo invita a vivir grandes emociones.

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Wilmar Merino

Wilmar Merino

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