Jueves 8 de diciembre de 2022
CAZA | 05-11-2022 19:00

Relatos a cielo abierto: Lunamora

Rodolfo Perri es el autor de una historia que marca los errores que se cometían en la caza descuidada, en campos del sur. Para reflexionar.

Esta es una pequeña historia sobre el valor que dan los hombres de rincones apartados de nuestro sur, como Esquel, a las fuerzas naturales y a los seres que los acompañan en su aventura de todos los días. Para ellos, el caballo fue símbolo de vida y alimento; significó la libertad de vagar por las estepas y los valles…
Cuando llegamos a la cabaña de don Ángel, sobre la laguna del terraplén, observamos un ajetreo inusual: Don Luna, el encargado, y su yerno Norberto, se multiplicaban  para buscar y encontrar tenazas, alicates de alambrado, bolsas, acaroína, sogas… Apenas nos saludaron; y  luego surgió el motivo: 
  —Tenemos a la yegua moraenguachada” y no podemos quitarle el “guache”. 
El “guache” es uno de los sistemas más crueles que aún se emplean en la cordillera para cazar. Consiste en una suerte de lazo hecho con alambre muy fuerte; generalmente, los pobladores lo usan acerado.
La yegua mora, nueva, de tres años, con un potrillo de apenas quince días al pie, había caído en una de esas trampas salvajes, que se cerró sobre su pata izquierda. Asustada, llegó a arrancar el alambre, pero no sin que le ciñera encima del vaso, cortando arterias y tendones hasta el hueso que, milagrosamente, quedó entero. Me uní inmediatamente a Don Luna y a Norberto y juntos llegamos al mallín donde la yegua acarreaba su agonía. En el límite de sus fuerzas, con una fuerte hemorragia que dejó su rastro sobre el pasto y los ñires arrastrados, costó poco a don Luna echarle la armada de un lazo en el cogote. Luego la pialaron y, acostada, le pusieron un pie en la “tabla” del pescuezo. El animal intentó dos veces incorporarse, pero al final se entregó, a pesar de no haber sido nunca amansado.
Una sola posibilidad nos quedaba: conseguir un alicate para alambre y cortar el suncho fatal, para luego hacer un torniquete. Nunca corrí tanto en este otoño de mi vida para ayudar a alguien. Se me hacía que no podría alcanzar el coche de don ángel y seguir hasta la estancia Amancay para pedir prestada la herramienta. Sin embargo, todo fue hecho en muy pocos minutos. En la otra estancia no nos demoraron; nos tendieron el alicate sin preguntar.
Volvíamos con prisa, pero,  a mitad de camino entre el lugar en el que estaba la yegua y la entrada de la estancia, nos alcanzó don Luna.
 —¡No se apuren! - nos gritó desde lejos. Venía sosteniendo en sus manos un objeto siniestro: había conseguido zafar a mano el lazo de alambre y lo traía ensangrentado, con algunos restos de una pulpa rojiza que se le habían pegado al nudo, un testimonio que preferí no comentar; una muestra más de maldad inútil, de inconsciencia…
   —La Morita está con un torniquete y ya no sangra. Me parece que la vamos a salvar, dijo Luna, con tono aliviado. 
Más tarde supe que el hombre es un sentimental; que fue jefe de estación en Leleque, un capricho olvidado de chapa de zinc y techo rojo, al costado de la vía del inasible ferrocarril fantasma que corre entre Jacobacci y Esquel.
   —Mire este alambre. Como para cortarlo con una simple pinza, agregó. Cuando se fueron y me dejaron solo empecé a hablarle a la yegua,  a explicarle,  y entendió.  Y  me dejó hacer. Ahora, con la voluntad de Dios, se va a poner bien”.
Siete días después abandonamos Solumar. Esa mañana fui a despedirme. Mucho más mansa que antes, la yegua permitió que me acercara hasta unos pocos metros. 
   —Luna, Lunamora, me duele profundamente saber que ya no volverás a galopar; pero los dos sabemos que sos la más bella de todas y que darás hijos bellos tambié. Serás, lo siento, mi animal favorito por el resto de mis días, le dije o lo pensé. 
Y prometí regresar a esa tierra todavía virgen, y tan cruel.

Encontrá acá el relato completo de Radio Perfil

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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