Lunes 28 de noviembre de 2022
CAZA | 15-10-2022 19:00

Relatos a cielo abierto: La ausencia del Moro

Aquí Rodolfo Perri evoca a su perro de caza cuando era un cachorro inexperto y corajudo. Retrato de un viaje emotivo y divertido a la vez.

Le debo a Jorge de González y a La Paz, gran duque de Guayquiraró, (los títulos de nobleza aún rigen en las cofradías de cazadores), muchas hazañas compartidas, escopeta, rifle o caña en mano en esa prodigiosa Entre Ríos que aún guarda reservas naturales casi vírgenes. La que hoy ocupa mi memoria es una cacería de patos… ¡a caballo! Así de simple. 
Fuimos a cazar a una zona de concentración patera, sin otra relación con los arrozales que su proximidad a los valetones negros llenos de semillas. Era, y es, una laguna tan escondida que únicamente podía ser alcanzada con buenos pingos y después de atravesar infinidad de guadales, juncales tupidos, cortaderas y bosquecillos de talas enanos, es decir, una verdadera línea Maginot para los desconocedores de la zona.
La historia tiene dos facetas: una, la prodigiosa memoria de Jorge y la calidad de nuestros caballos, todos de raza criolla, pero con cierto aporte de árabe en sus remos finos y sus ancas redondeadas; la otra, está a cargo de los perros, en especial de uno, mi labrador Morajú, que me había regalado este amigo dos años atrás.
La cita fue, lógicamente, en La Paz, en el refugio origen de La Tacuarita y su legendario arroz. Allí, la noche anterior, hicimos recuentos de cartuchos, revisamos los atuendos y advertimos sobre toda una jornada de vida anfibia. Aún de noche, entre rezongos terminamos de vestirnos, calzarnos las botas de montar y agregar las de goma para el apostadero, municiones, gorras, prismáticos y las escopetas.
Rumbo norte pasamos varias edades geológicas, ya que cuando bajamos del lugar, entre cinacinas y cortaderas, era, además de siniestro, de una hechura nunca vista. Todo animaba a renunciar allí mismo, pero los otros ya se habían sentado en sus cabalgaduras y no me quedaba más remedio. 
Algo me detuvo. Morajú, el Moro, brincaba y se entreveraba entre las patas de mi bayo correntino, panzón y todo músculo. ¿Qué hacer con él? Jorge me sacó enseguida las dudas: 
— Dejalo, así aprende a seguirte, como debe ser, resumió. E iniciamos la marcha. 
Los primeros kilómetros fueron a paso cómodo, en el “chas chas” de los vasos hundiendo el barro chirle. Moro ni mosqueó; se puso al costado de mi caballo y siguió la marcha junto con los otros perros de la estancia. Al mediar lo que nos separaba de la bendita laguna, nos encontramos con una verdadera pared vegetal. Había un solo pasadizo por el cual, sin vacilar, entró Jorge y lo seguimos. Era una marcha a puro pechazo. Dejé de ver a mi perro pero, enseguida, noté que por trechos mordía  el tacón de mi bota fuera del estribo, para manifestarme su presencia. De todo ese berenjenal de ramas y agua recuerdo la llegada a un limpión, milagrosamente  seco, en una lomita con varios talas y un lugar para acampar.
A todo esto había amanecido netamente y apenas tuvimos tiempo de pertrecharnos y caminar con los señuelos, banquetas y demás chirimbolos hasta el borde de la laguna. Era un amplio espacio con juncos en las orillas pero con agua limpia y clara en el centro. No hicimos sino distribuir los puestos y ya comenzaron los disparos. Aparecían los patos en bandadas de muy variada cantidad. Los más numerosos eran los siriríes, pero en verdad no había tiempo de clasificarlos. El marco de tiro era breve debido a los árboles; y así los blancos se hacían por demás difíciles. Pero, no se trata de relatar una cacería, sino el viaje. 
A mediodía, en el lugar donde dejamos los caballos, el peón que nos acompañó había preparado un medio capón al asador que nos enterneció a todos. Hubo tiempo para una breve siesta y de vuelta al tiroteo. Por fin, y con el sol de agosto en fuga, apuramos el regreso. Mi cansancio fue borrando muchos detalles. Solo recuerdo que el trayecto me pareció más corto y que en ningún momento tuve la sensación de la presencia del Moro. Entonces, me sentí responsable de su posible extravío, y más aún porque muy joven, un recién iniciado como era, había realizado verdaderas proezas para el aporte de las aves heridas que intentaban escapar a nado o entre los camalotes.
Finalmente y ya oscurecido, me alegré al divisar las luces de la camioneta. Había llegado a la civilización y con el agregado, para mi eterno reconocimiento, del ladrido nítido de mi Moro, que podía distinguirse a la distancia.
Ya en descanso, mientras desensillábamos y acomodábamos todo el equipo en el vehículo, me informó mi amigo que los perros viejos habían decidido adelantar el regreso, porque conocían la ruta. Moro, ganando experiencia, los había imitado y al final, según el peón, había arribado antes que ninguno.
Ese era Morajú, mi perro, perseverante, valiente, y rápido como el viento.

Encontrá acá el relato completo de Radio Perfil

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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