Lunes 26 de febrero de 2024
AVENTURA | 28-01-2023 15:00

Relatos a cielo abierto: No lo soñé

Marcelo Ferro vivió un período corto en la misma casa en pleno corazón de la Antártida en la que se instalaron el geólogo Nördenskjold, el alférez Sobral, el meteorólogo Gösta Bodman y el marinero Gustav Akerlund en 1092. Y aquí comparte las impresiones de esa experiencia.
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Si fuera una película podría ser “Volver al futuro”. ¿Canción?, “Jijiji”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Otra opción: “No lo soñé”, de Diego Torres. ¿Por qué? Por la parte onírica, esa zona donde lo fantástico se combina con lo real, donde lo intangible se vuelve corpóreo y el título cierra justo.

Los preparativos del viaje a la Antártida junto a mi amigo Juan Fernández habían tomado un año: todo el 2006. Reuniones, autorizaciones, capacitaciones, equipamiento, planificación, entrevistas, chequeos médicos y psicológicos; lectura, mucha lectura. Es que 105 años después, íbamos a dormir, cocinar, comer… vivir por unos días, en aquella –la misma- cabaña prefabricada en Suecia y traída en barco, que los primeros expedicionarios levantaron en la Isla Cerro Nevado, Antártida pura y salvaje, en 1902, a pocos kilómetros de lo que hoy es Marambio.

Este solo hecho ameritaba respeto y conocimiento abrumador de esa  historia: la del geólogo Nördenskjold, el alférez Sobral, el meteorólogo Gösta Bodman y el marinero Gustav Akerlund, quienes llegaron allí para realizar trabajos de investigación climática, magnética, astronómica, hidrográfica, biológica, geológica, además de expediciones  sobre el hielo del mar a las islas vecinas. Su idea era pasar el invierno del año 1902 y ser recogidos durante el verano por el Antartic, el mismo barco que los había dejado allí un 2 de febrero. Pero debieron sobrevivir dos años porque el Antartic jamás llegó. Se había hundido el 12 de febrero de 1903. No existían las comunicaciones por radio, los satélites, las balizas de salvamento y muchísimo menos los GPS. La exploración no era sinónimo de aventura, era una aventura plenamente garantizada.

Las pocas fotografías en blanco y negro de época, y las entrevistas previas que realizamos a los doctores Ricardo Capdevila y Laurio Hedelvio Destéfani –historiadores antárticos-, nos situaron en tiempo y espacio. Íbamos a una cabaña prefabricada de madera, cubierta exteriormente con chapas de cartón embreado, que contaba con cuatro pequeñas habitaciones, tres para servir de dormitorio a dos personas cada una, otra para usar como cocina y en el centro un espacio intermedio, apto como comedor y sala de reuniones y trabajo. Arriba, un altillo para guardar utensilios y víveres. Al frente, una doble puerta con un diminuto vestíbulo. Dimensiones totales: 6,5 metros de largo por 4 metros de ancho. Unos 26 metros cuadrados donde los cuatro habitantes se vieron –nos veríamos- la cara durante las 24 horas del día. Una cabaña donde los secretos no tenían refugio. Ni siquiera había muebles: solo una salamandra, una cocina tipo económica, una mesa junto a la ventana y varias sillas. Todo era minimalista, despojado, frío. El termómetro llegó a marcar un grado bajo cero en el interior durante nuestra estadía. Tampoco existían los colores: la única paleta era la de los grises.

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De tanto estudiar el tema conocía al milímetro todos los detalles del lugar. Sabía exactamente dónde se ubicaba cada elemento. Todas las fotografías le habían transmitido a mi mente absorbente su huella indeleble. Sin embargo, ello no impidió que el 22 de febrero de 2007, cuando traspasé por primera vez la puerta de la cabaña, me invadiera una parálisis sensorial, un déjà vu: en algún momento anterior sentí que había estado ahí. Me corrió un sudor frío por el cuerpo: ya conocía ese lugar que tanto había visto y repasado centenas de veces fotográficamente. Para que el recuerdo de esta sensación permaneciera indeleble hasta la eternidad, con Juan nos tomamos un autorretrato junto a la bandera argentina que flameaba a metros de la ventana de la habitación que nos cobijó durante más de diez días.

A Nordenskjöld y su gente los rescató a finales de 1903 la Corbeta Uruguay al mando del Capitán Julián Irízar (de ahí el actual nombre de nuestro rompehielos). A nosotros, a principios de marzo, un avión Hércules. El primero que pudo entrar al continente blanco cuando se abrió una ventana meteorológica que le permitió aterrizar en Marambio. Atrás quedaron el frio, la experiencia, y las anécdotas. Un sueño hecho realidad. Un sueño que “no lo soné, eeeehhh…”

Escuchá el relato completo de Radio Perfil aquí.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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