Un pesquero abierto las 24 horas

En el Amazonas, Brasil, se puede realizar pesca variada durante todo el día. Los ríos Teles, Pires y Tapajós, son lugares ideales para practicar una pesca muy emocionante.
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La noche amazónica no es cualquier noche. Es una etapa colmada de vida. Cede el calor intenso de la jornada y la selva cobra una nueva dimensión. Las luces del ocaso se van apagando al mismo tiempo que la brisa nocturna se impregna de perfumes y aromas húmedos, intensos, nuevos.

Empieza una curiosa armonía de múltiples sonoridades, algunos ruidos amortiguados por la espesura; otros, claros, nítidos. La escena se completa con el aleteo de las últimas aves que encuentran cobijo en las copas más altas. Y más abajo, en la espesura, el quebrarse de hojarasca y hojas secas denota el movimiento de algún animal en movimiento. Cazadores y presas están con todos los sentidos apuntados a subsistir y a sobrevivir. La auténtica, la verdadera ley de la selva.

Río Teles Pires

Nosotros éramos privilegiados espectadores y parte también del cuadro, dentro de ese contexto de notable exuberancia silvestre. Nos encontrábamos pescando con cebos naturales en el indómito río Teles Pires. Estábamos, Piccino Gemma, el promotor de esta incursión, el guía Sabá y quien escribe, aprovechando la hora en que los grandes peces de cuero parecen acompañar ese despabilarse de la jungla. Con el bote de aluminio atado a una rama de la orilla nos encontrábamos en el pesquero Pozo Grande, esperando por el pique de algún gran “peixe de couro” de los que pueblan las profundidades.

La carnada era grande, media tararira en un anzuelo 10/0 unido a un líder de acero multifilamento de 40 a 50 cm, y de 40 libras de resistencia puesto doble. La vara enteriza de grafito de 7 pies y 30 a 40 libras de resistencia, con un reel –preferente pero no exclusivamente– rotativo cargado con hilo multifilamento de 60 libras, enhebrado a través de un plomo pasante de 60 a 80 gramos.

Con el recaudo de que la última parte del sedal, a modo de chicote, sea de unos 4 a 5 metros de nailon monofilamento del 0,80 para reforzar el conjunto y evitar cortes por roce contra las abrasivas piedras del fondo. También se puede usar una carga completa de monofilamento del 0,70 al 0,80, pero en este caso habrá que emplear un reel más grande para que pueda alojar una buena carga en metros del grueso nailon.

Tan negra era la noche sin luna como largos eran los silencios entre nosotros tres. Daba pena interrumpir la magnificencia de ese concierto de naturaleza en estado tan brutalmente puro. Hasta que ocurrió lo que esperábamos: la chicharra de un reel empezó a sonar, primero con unos tímidos crujiditos y, de repente, con un chirrido fuerte, franco e interminable.

La carnada era grande y el atacante parecía estar en sintonía con el bocado. El tiempo que transcurrió entre que el pez empezó la embestida y ejecutamos el cañazo pareció eterno, pero fue el adecuado porque quedó bien prendido del anzuelo. La pelea resultó brutal, de mucha fuerza de uno y otro lado de la línea, larga y emotiva, sensaciones tal vez magnificadas por la oscuridad y por el marco en que se daba.

Pero qué bien valieron los abrazos, las risas y felicitaciones mutuas una vez izado a bordo, fotografiado y devuelto al agua ese magnífico gran pez. Se trataba de un soberbio pirarara de unos 40 kilos, el gran siluro de cola roja.

Un codiciado oponente que, a diferencia de otros peces amazónicos que hacen de la explosión, la velocidad y la agilidad sus virtudes, éste deposita su capital defensivo en virtudes como la fuerza, la potencia y una incansable y férrea resistencia en profundidad. Con corridas más dignas de un tren expreso que de un pez.

Cortadores de cabezas

Satisfechos con la gran captura emprendimos el regreso río abajo hacia el Ecolodge da Barra, nuestra exquisita base de operaciones, donde nos esperaba Roberto Betao Véras, nuestro afable anfitrión, con una sabrosa picada y una caipirinha bien helada, para rematar como corresponde una exitosa jornada de pesca.

El Ecolodge es una hostería flotante, construida sobre una plataforma de acero naval, con todo lo que el más exigente pescador o huésped pudiera imaginar. Detalles de confort, comodidad y buen gusto en medio de la más salvaje naturaleza. Una burbuja de civilización primermundista en el corazón de la selva amazónica. ¡Un lujo!

Antes de divisar las luces de nuestro circunstancial hogar, pasamos navegando por delante de una pequeña aldea mõnjoroko (o mundurukú). Un interesante y ancestral pueblo indígena de tradición guerrera, conocido también como “los cortadores de cabezas”, ya que tenían la tradición de degollar a sus enemigos, momificar sus cabezas y colgarlas en palos alrededor de sus aldeas, para formar un cinturón de protección sobrenatural y ahuyentar por igual a malos espíritus como a potenciales invasores.

Afortunadamente, en la actualidad, si bien con mucho celo de sus dominios, circunscriben sus ritos y tradiciones –y apuntan sus hábitos y sus flechas– a la caza, la pesca y la recolección de semillas, frutos y resinas.

El pirarara (Phractocephalus hemioliopterus) no es el único gran pez de las profundidades. En estas aguas habitan otros grandes siluros como el capararí (Pseudoplatystoma tigrinum) y la cachara (Pseudoplatystoma fasciatum), similares a nuestros surubíes; el potente jaú (Paulicea sp.), una especie de manguruyú); el barbado (Pinirampus pirinampu), bastante parecido a un gran moncholo blanco aunque algo más grande, todos peces permanentes en la región a lo largo del año; y también el codiciado piraíba (Brachyplatystoma filamentosum), uno de los más grandes peces de agua dulce del mundo, que arriba a la región con aguas más altas, cuando empieza el período de lluvias (de octubre a marzo) y crecen los ríos.

El secreto para lograr un gran pirarara es insistir en pozones profundos, aunque también es factible pescarlos de día. Su pico de actividad es al atardecer y en las primeras horas de la noche, con aparejos bien lastrados y grandes carnadas.

El pirarara es voraz y oportunista, además de omnívoro, así que además de peces forrajeros, se alimenta de crustáceos y frutos que el curso pueda ir llevando por el lecho del río.

Durante la semana que duró nuestra incursión a los ríos amazónicos Teles Pires y Tapajós, capturamos unos cuantos de estos grandes peces, de entre 7 y 50 kilos. Y fueron nuestros amigos Roberto Quintana y Gabriel Valero quienes dieron con la pieza mayor una noche cerrada por la oscuridad, bajo una inconmensurable vía láctea (kabikodepu, en voz mundurukú), pero iluminada por las linternas, los fogonazos del flash y, fundamentalmente, por las inolvidables emociones.

La hora de los artificiales

No todo es cuero ni carnada. La transparencia de las aguas, sumada a la presencia de una inmensa profusión de forrajeros e innumerables especies cazadoras, hace de estos ríos la meca de la pesca con artificiales.

El spinning, el bait cast y la pesca con mosca son estilos para deleitarse con agresivos tucunarés, feroces cachorras, velocísimas bicudas, ágiles matrinxás, vehementes jacundás, impetuosas aruanas y abundantes tarariras.

Las características físicas de los ríos con pedregales, rápidos, correderas, veriles de arena, troncos semisumergidos y juntas de aguas contribuyen a que haya un sinfín de oportunidades y puntos donde poner un artificial con muchas chances de pique.

Señuelos de superficie tipo sticks, trabajándolos en la modalidad de “pasear el perrito” (walking the dog), o grandes poppers trabajados en forma bien activa, tanto como artificiales de superficie con hélices, logran desencadenar ataques para el infarto.

Las ranitas de goma con spinners o hélice también son muy rendidoras, solo que este tipo de señuelos blandos duran muy poco en aguas de tanto diente dispuesto a masticar lo que se le presente.

Triples y llaveros deben estar acordes a peces agresivos, fuertes y de grandes portes, por eso, en caso de duda, conviene reemplazarlos por otros más fuertes.

El rey sale a escena

Tal vez el tucunaré –y sus muchas subespecies– sea el pez más emblemático de la Amazonia en lo que hace a pesca con artificiales. Y capturarlo con equipos livianos de bait cast o spinning o con equipos de mosca de potencias # 7 a # 9 es una de las experiencias más interesantes para un pescador deportivo.

Se trata de un pez rápido para atacar, violento y explosivo en el combate y que llega a efectuar acrobáticos saltos fuera del agua en su afán por quitarse el engaño. Ataca muy frecuentemente señuelos o moscas de superficie y de acción subsuperficial y media agua, siendo los que despliegan trayectorias discontinuas o erráticas los que más lo excitan.

De más está decir que aplicarle movimientos extras con la puntera de la vara o con manijazos de reel contribuye a incrementar el atractivo para desencadenar el ataque de este digno oponente, que cuando supera los 4 kilos se convierte en un rival de fuste hasta para el más ducho. Máxime si se lo prende pegado a la orilla, donde suele apostarse entre palos, ramas y demás obstáculos que le agregan a la contienda un inmenso plus de adrenalina.

Las jornadas de pesca son largas, con muchas sorpresas y cuantiosas oportunidades de vivir emociones y experiencias únicas. Y cuando cae la tarde, aflojan las temperaturas y las medias luces del ocaso favorecen a los agudos cazadores, como cuando en un cine en continuado empieza una nueva y emocionante película.

La noche amazónica no es cualquier noche. Entraña y encierra el misterio de la noche salvaje, donde se contrastan la grandeza del universo con la inconmensurable pequeñez del ser humano. Esas noches no son cualquier noche, como la pesca amazónica tampoco es cualquier pesca.

 

Nota publicada en la edición 481 de Weekend, octubre de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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