Sábado 15 de mayo de 2021
TURISMO | 02-10-2020 16:22

Reabrió en Mercedes la pulpería de Cacho di Catarina, creada en 1830

La semana pasada retomó la atención al público y al aire libre, la pulpería más antigua de la Argentina en funcionamiento continuo, donde ir a comer una picada jugando al truco dentro de un cuadro de Molina Campos.
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Cuando uno se acerca al río Luján en las afueras de la ciudad bonaerense de Mercedes por la polvorienta Av. 29, divisa de lejos un palo de cinco metros clavado en tierra con una bandera argentina, señal de la pulpería de Cacho di Catarina quien fuera “el último pulpero”. Los que llegan a caballo -algunos lo hacen- lo atan al palenque y entran al rústico rancho de ladrillos a la vista asentados en adobe que disimula con cal la falta de revoque.

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En el interior con techo de tirantería de madera y piso de baldozones, un largo mostrador precede a una pared completa llena de estantes hasta el techo, un solo gran mueble que no ha sido tocado -ni limpiado- en un siglo. Allí los productos están cubiertos por una sucesión de capas de telaraña y polvo que ha desdibujado las etiquetas. Pero se vislumbran botellas de caña Montefiori y una de grapa Lagoriu. Las mesas son de antiguo roble rústico con sillas y banquitos “pata abierta”. La decoración acumula la moda popular de cada década del siglo XX: posters de Boca de 1935, viejas latas de galletitas, jabones en una cajita de cartón, caparazones de mulita y antiguas publicidades. Las paredes están descascaradas y cuelgan allí cartones con dichos de campo: “Si de chico no trota, de grande no galopa”; “El tauro y el pijotero van por el mismo camino”.

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Hoy solo se pueden usar las mesas en el amplio parque -de momento para mercedinos- luego de seis meses en que solo hicieron delivery. Afuera hay una galería en alero con piso de tierra y más mesas junto a los palenques y un sulki. La última vez que la pulpería cerró por largo tiempo fue con la inundación de 2015 que la obligó a una restauración “a viejo”. Y durante la cuarentena el cierre absoluto fue de dos semanas: se dedicaron a enviar a domicilio guisos de mondongo, de lentejas y carrero, y locro en fechas patrias. Por el mero hecho de ser antigua, la pulpería no es un museo -ni aspira a serlo- y por eso capacitaron al personal en la manipulación de alimentos, colocaron dispensers de alcohol en gel y reforzaron sus cuentas de Instagram y Facebook. Además se adaptaron a una APP local de servicios gastronómicos para sacar turno. Así siguen ofreciendo sus picadas con salame quintero y galleta de campo, y empanadas fritas en grasa al estilo del ya fallecido Cacho con un leve picor.

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La pulpería fue adquirida en 1910 por el abuelo de Cacho di Catarina. Tanto Cacho como su madre nacieron en este rancho. Al igual que otras tiendas de su tiempo, está dividida en dos partes: la morada del pulpero y la pulpería en sí. Estos negocios surgieron en medio de la soledad pampeana en cruces de camino. Sarmiento los llamó “Club de gauchos” y fueron el primer cobijo de aquellos hombres semierrantes en busca de provisiones. Tenían al frente una caña tacuara con bandera blanca indicando que había alcohol; cuando flameaba una roja, se había carneado una vaca. 

Alguna vez esta pulpería estuvo en medio del campo pero con el crecimiento de Mercedes, ahora está en las afueras por donde pasa gente a caballo vistiendo bombacha de campo, boina y alpargatas. Hoy la tienen a cargo Aída -hermana del legendario Cacho- y su hija Fernanda, pulpera en cuarta generación. El menú no ha cambiado mucho: asado los domingos y picadas. Pronto regresarán los jugadores de truco escuchando zambas y chamamés a todo volumen. 

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Hace 15 años -en una entrevista- Cacho di Catarina me contó que casi cada semana, le explicaba a algún porteño que “el truco se juega con flor”. Y para reafirmarlo me exhibió un reglamento antiquísimo y ajado. Su postura era que “los porteños son los que han cambiado las reglas”. En ese entonces me dijo que “el pulpero es una especie de confesor... Aquí se cuentan las alegrías y penas del pobre, del rico, del trabajador y del malandra. Se habla del romance inocente y del tramposo; llora su pena el asaltado y ríe su aventura el ladrón; trata de tirar la lengua el policía y hace un alto en su huida el que tiene cuentas pendientes con la Justicia”. Aclaró que “al menos, antes era así”.

También me hizo un poco de historia: “Mi abuelo decidió retirarse y dejarle su oficio a los descendientes, luego de una pelea en la que murieron sobre el piso de la pulpería dos policías y dos ladrones. El mismo Juan Moreira pasó alguna vez por este lugar y yo conservo un pedido suyo de captura de 1868 que reclama por un sujeto ‘de 28 años, estatura regular, color blanco colorado, pelo rubio, barba muy rala y ojos pardos que viste chiripá y monta un caballo colorado malacara´. Yo no puedo viajar, pero el mundo viene hacia mí: acá estuvieron la RAI italiana, la BBC de Londres y el canal NHK de Japón. Además trabajé en la película Don Segundo Sombra, dirigida por Manuel Antín, justamente como pulpero de mi propia pulpería. Incluso el Segundo Sombra real se ha tomado grapas en este mostrador”.

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Julián Varsavsky

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