Martes 18 de mayo de 2021
TURISMO | 11-12-2016 14:57

Vacaciones al sur de Bahía

Ubicada a 700 km al sur de Salvador, Brasil, la ciudad de Porto Seguro ofrece verano todo el año, playas magníficas y pueblos mágicos como Arraial d’Ajuda y Trancoso.
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Es de noche pero no hay viento y la arena aún guarda restos de su tibieza. Alguien vuelve a llenar los vasos con agua de coco y desde el escenario el saxofonista arremete –suave– contra una nueva canción que combina perfecto con el movimiento de nuestros cuerpos, algo así entre bailar y mecerse, ir hacia un lado y al otro. Estamos en la ciudad de Porto Seguro, al sur de Salvador de Bahía y más precisamente en la playa de Mutá (sobre la cual se ubica el all inlcusive La Torre) perfecta para pasar el día... y parte de la noche también. Aquí comienza nuestro viaje por esta zona llamada la Costa do Descubrimento (Patrimonio Natural de la Humanidad Unesco) y “cuna” del Brasil por ser el lugar donde en el año 1500 llegaron Pedro Alvares Cabral y los demás portugueses que luego fundaron el país.

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Conocer la raíces

La teoría más firme indica que el nombre Brasil proviene del irlandés Hy Brysail, que significa “tierra de los elegidos” y que era la denominación de una isla paradisíaca que aparecía con frecuencia en los mapas medievales. Así, al menos, lo explican en el Museo de Porto Seguro –ubicado en la ciudad histórica–, que exhibe también atuendos originales de nativos bororó y rikbaktsa que aún viven en la zona del Mato Grosso. Caminar por este centro histórico de Porto Seguro, donde de las tres iglesias existentes se destaca la capilla Nossa Senhora da Penna del siglo XVIII, es reencontrarse con el pasado... pero al aire libre y hasta con la posibilidad de ver un espectáculo de capoeira.

Luego de comer un acaraxé (bollo hecho con porotos y cebolla que se acompaña con salsas) partimos hacia la Bodega de los Lores, ubicada en el hotel Solar del Emperador. El contraste ya de por sí es fuerte: dejamos el intenso sol del mediodía para entrar en un mundo subterráneo, oscuro y silencioso, donde las botellas se asemejan a centinelas que observan nuestros movimientos. Además de realizar degustaciones de vinos de distintos orígenes (y especialmente los producidos en el estado de Bahía), también se puede reservar lugar para una cena o un almuerzo majestuoso y especializado en pescados. A nosotros nos toca un abadejo con salsa agridulce y banana salteada, que marida perfecto con un espumante que también se produce en la zona.

La nochecita nos encuentra en la Passarela do Descubrimiento, la avenida de Porto Seguro, para comprar de todo un poco: mallas, sandalias con brillos, chocolates y hasta un grano de arroz al cual se le puede grabar nuestro nombre. Todo bajo un hermoso cielo estrellado. Desde aquí mismo parte el ferry que nos lleva al pueblo de Arraial d´Ajuda. Son solo unos minutos de viaje, pero algo parece cambiar en la dimensión del tiempo. ¿Serán las calles pequeñas y empedradas? ¿Será la playa magnífica? ¿Será la noche que va perfumando el ambiente y todo parece más calmo, más lindo, más fácil?

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Un mundo perfecto

La moza coloca la cervezas sobre la mesa e interrumpe los pensamientos pero en seguida vuelven a hilvanarse porque Arraial es un lugar para quedarse pensando, charlando, tomando. Es como un Palermo Hollywood porteño pero chiquito, con tiendas de diseño, bares preciosos y la bendición del silencio y de que no hay problemas para estacionar. Un mundo perfecto. Nuestro recorrido 100 % de tranquilidad y belleza culmina en la terraza del hotel Saint Tropez, un lugar con mucho charme y donde es posible retroceder unas décadas tomando una piña colada fría con el sabor que el paladar la recuerda de unos años atrás. Más allá, en la zona del restaurante, dos músicos homenajean a la bossa nova y nuestro cerebro recuerda ritmos y letras que habían quedado allá abajo pero que resurgen como nuevos, alentados por los tragos y la cercanía de la playa.

Hay que viajar unas dos horas desde Porto Seguro y una parte del recorrido es por camino de arena y ripio. Quizás por eso, por ser un poco esquiva, es que de la Praia do Espelho (ubicada entre los pueblos de Trancoso y Caraíva) se dice que es la más bella de todas. Llegamos y nos sorprende la vegetación generosa, las palmeras, las flores, la plantas. Algo de lujuria hay en todo esto, como si los acantilados que rodean la playa y su propia lejanía la convirtieran en un espacio exclusivo donde todo está permitido; dan ganas de sacarse la ropa y salir corriendo pero como nadie lo hace, todo queda en elucubraciones.

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A caballo

Alguien propone hacer una cabalgata y así, mientras unos recorren a caballo otros deciden hacerlo de a pie hasta llegar a un rinconcito semiescondido que se llama “De los enamorados”. Luego de esta playa con cierta rusticidad (también hay posadas muy chic para hospedarse), nuestro recorrido nos lleva al Club Med de Trancoso, que se destaca por su complejo de golf y un teatro muy especial llamado L´Occitane, con una llamativa arquitectura, más de 2.000 asientos y la garantía de que se escucha con igual calidad desde cualquier lugar donde uno se ubique. Un espacio para la música clásica, popular y también para la iniciación musical, ya que enseñan a niños de escuelas de la zona.

La noche nos encuentra en el centro de Trancoso: unos doscientos metros de calles de arena cuya única iluminación está dada por las luces de los barcitos, incluidas pequeñas velas ubicadas aquí y allá. Salvo el crujir de los zapatos sobre el pedregullo y algunas botellas que se destapan todo es silencio y de tonos anaranjados. En las mesas ubicadas al aire libre, turistas y parroquianos beben y ríen, repantigados en sillas y sillones. Los imitamos. La noche invita.

“Los antropólogos creían que nuestra lengua estaba muerta pero no era así: estaba guardada en la memoria de los ancianos”, explica nuestra guía, Nitynawã. Nos encontramos en la Reserva Indígena de Jaqueira de la nación Pataxó, la etnia aborigen más numerosa del Brasil y que en su mayoría habita en las cercanías de Porto Seguro.

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Otra forma de ver el mundo

Se trata de un predio de 827 hectáreas donde sus pobladores viven de la pesca, de la artesanía y del cultivo de alimentos. También mantienen sus ritos ancestrales, se pintan el cuerpo, se empluman las cabezas y hombres y mujeres visten una suerte de pollera confeccionada con fibras naturales. ¿Qué le ofrecen al visitante? La posibilidad de pasar un día en la comunidad (también quedarse a dormir) y de asomarse a otra forma de ver el mundo, un mundo donde la naturaleza rige la rutina cotidiana y se la cuida por ser la fuente de la vida misma.

“Prueben”, nos insta Nitynawã mientras nos acerca una hoja de palma con un trozo de pescado. Al placer de comer con la mano se le suma el de la carne fresca y ahumada, rústica, sin falsos aditamentos ni adornos. Un alimento que sentimos como natural y primigenio, el alimento que viene a calmar el hambre de verdad y no las necesidades del aburrimiento, el miedo o la ansiedad. Este pescado no es un snack que uno consumiría mientras espera en la fila del banco o mientras mira una película. Es el bocado nutricio y necesario para después de una jornada de haber estado caminando por el monte, la mata atlántica o lo que nosotros llamamos selva.

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Más información: Embajada de Brasil en Buenos Aires: http://buenosaires.itamaraty.gov.br/ Tel: (011) 5246-7472, [email protected] / www.portosegurotur.com

Nota completa en revista Weekend 531, diciembre 2016.

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Lorena López

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