jueves 19 de septiembre de 2019
22-08-2019 15:58 | SKI

Aprender esquí de fondo desde (bajo) cero

El autor de esta nota, Ezequiel Brahim, vivió la experiencia de tomar clases por primera vez de esquí de fondo. Y aquí relata esa aventura de tres días que terminó con una medalla y todo. Ver galería de imágenes

Si te dicen que hay un deporte que permitió al rey noruego Arald, en el año 1.100, ganar la batalla por la ciudad de Oslo a los daneses, te puede dar curiosidad. Ahora, si te aseguran que tiene todos los beneficios del running (bajar de peso, ponerte en forma, sociabilizar) sin ninguno de sus perjuicios (lesiones, dolor, impacto), ya te dan ganas de probarlo. Y si estás obligado a practicarlo en paisajes de ensueño, sumergido en la montaña, deslizándote sobre un manto de nieve, no te queda otra que practicar, al menos una vez en tu vida, el esquí de fondo.

A pesar de que jamás había estado en la nieve, en tres días intensos tomé clases con un atleta olímpico y de yapa terminé corriendo una carrera. ¿Cómo se aprende desde cero, y bajo cero, un deporte con 5.000 años de historia?

Volamos hasta el fin del mundo, a Ushuaia, el único lugar de este hemisferio que es similar a la cuna del esquí del fondo, los países nórdicos. En la capital de Tierra del Fuego encontramos como en el norte europeo, valles nevados al nivel del mar, ideales para recorrer sobre esquíes y con bastones. Dos clases el viernes, una el sábado y el domingo a largar en la Marchablanca, la carrera más tradicional, con 33 ediciones y cientos de participantes.

Clásica y moderna

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El calzado es más sencillo que el de su hijo menor, el esquí alpino. Nada de botas aparatosas que pueden hacer crujir una rodilla en una caída. La zapatilla de esquí de fondo es más chica que un borceguí, y tiene en la punta un calce para el esquí. Se conecta fácil y los esquíes son livianos. El talón queda suelto para que pueda moverse con libertad. Una vez equipado, empezamos con ejercicios de movilidad en el lugar. Para el que nunca usó esquíes, que su pie ocupe ahora dos metros de largo necesita cierto tiempo de adaptación. Y para eso contamos con Martín Bianchi, representante argentino en los Juegos de Invierno de Turín 2006 y un apasionado por el esquí de fondo. “Nadie aprendió a esquiar sin caerse”, asegura. Así que enseguida me caí para afirmar que iba por el buen rumbo. Cuando se te cruzan los esquíes no tiene sentido ser porfiado: seguro que te vas al piso. Pero tampoco se anda muy rápido; los profesionales llegan a 30 km/h en llano, pero el resto es raro que supere los 20, y si a esto le sumamos que los movimientos son amplios y fluidos, es casi imposible lastimarse. “No recuerdo haberme lesionado nunca”, cuenta Bianchi, y es creíble. Debo haber practicado más de veinte deportes y este parece de los más benignos con el cuerpo.

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La primera clase en Cerro Castor continuó con los pasos básicos pero sin bastones, para practicar el equilibro, y alguna caída más. También aprendimos que las competencias se dividen en dos estilos, dependiendo de la técnica empleada: clásica y skating. La clásica es como se originó, alternando el avance de los pies como si fueras corriendo, o bien dejar los dos pies juntos e impulsarse con ambos bastones al mismo tiempo. Durante milenios éste fue el único estilo. Pero allá por los ’80, a un yanqui se le ocurrió hacer algo parecido a patinar y logró mayor velocidad. Después de bastante controversia, se decidió empezar a diferenciar las carreras, y todos felices. Lo divertido es que, dentro de cada técnica, hay variaciones que dependen del terreno (subida, bajada, plano, tipo de nieve) y eso lo vuelve muy dinámico ya que no solo hay que pensar en avanzar, sino en elegir el movimiento indicado para cada paso. Con todo eso en la cabeza, terminamos la mañana del primer día.

Por la tarde pusimos manos a la obra, en realidad a los bastones. Esta vez fuimos al circuito de Ushuaia Blanca, donde también hay paseos en trineo de perros siberianos, así que mientras esquiás te sentís en la estepa rusa. El desafío fue coordinar piernas con manos, disfrutar de algunas bajadas para tomar velocidad y como todo lo que baja tiene que subir, nos fatigamos en las subidas. Fue un viernes completo, cansado y feliz, con la mente llena de novedades.

Sábado y domingo a pleno

El sábado por la tarde, la última clase. Esta vez en Tierra Mayor, el centro de esquí donde se largaría la carrera al día siguiente. Acá el profe olímpico aumentó bastante la dificultad poniendo conos y marcas para hacer muchos ejercicios. Girar, cambiar de carril, esquivar obstáculos y saltar lleva a una mezcla de diversión, dificultad y desafío que hacen de las tres D, un buen menú para los apasionados del deporte. Para gastar lo que quedaba de energía y ganas, hicimos un reconocimiento del circuito de la carrera del día siguiente. Ahora sí, agotado como un nene, a dormir temprano y soñar deslizándome por la nieve.

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Domingo, sol pleno, sin viento, un manto blanco virgen, extenso y profundo nos recibía sobre un valle a los pies de la cordillera de los Andes. Se estaba por largar la Marchablanca, una carrera de 25 km que recorre todos los rincones del valle e incluso pasa dos veces por debajo de la ruta 3. Sí, esos túneles se llaman eskiductos y son los únicos de Sudamérica: grande caños de unos cuatro metros de diámetro para cruzar una de las rutas más largas del país. En simultáneo se largaba la UshuaiaLoppet, que es una fecha de un circuito mundial (WorldLoppet) con 16 pruebas desparramadas en cuatro continentes. Da dos vueltas al trazado, sumando 50 km. Pero ni 25 ni 50, lo mío fue mucho más humilde y sincero. Largué los 7 km, la distancia participativa de la competencia, que hicieron desde nenes de 7 años hasta setentones con ganas de pasear. Y otros como yo, pichones principiantes.

Fueron casi cincuenta minutos en los que recordé todas las indicaciones del profesor, me cercioré varias veces de que caerse en la nieve no es doloroso (al menos a nivel físico, solo pega un poco en el orgullo), luché de igual a igual contra nenes de primaria y señoras tramitando la jubilación; todos con mejor técnica que yo. Y al final no me fue tan mal porque llegué bastante adelante, calculo entre el 10 o 20 % de punta. Fue a ojo porque, como era participativa, no nos clasificaron. Lo que nunca olvidé en el recorrido fue disfrutar del paisaje, un entorno de cuadro romántico suizo. Y, al final del día, entender la magia del esquí de fondo que combina esfuerzo físico sin riesgo con un contacto íntimo y pleno con la naturaleza.

Ahora ya podemos sumarnos a las huestes del rey Arald para reconquistar Oslo o, al menos, salir a disfrutar del invierno deslizándonos sobre el planeta.

Por Ezequiel Brahim

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Etiquetas: Martín Bianchi Tierra Del Fuego Argentina Cerro Castor Ushuaia Ushuaia Blanca Tierra Mayor Fin Del Mundo Marchablanca Esquí Esquí De Fondo Esquí Alpino
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