Martes 4 de octubre de 2022
PESCA | 24-09-2022 15:00

Relatos a cielo abierto: Volver al origen

Un texto de Daniel Vadillo enumera los pasos que sigue un pescador novel, y de corta edad, por los diferentes peces, equipos y carnadas hasta alcanzar la primera presa.

La pesca y ese mágico encanto que cautiva y moviliza a tantos miles de adictos. Oportunidad para vivir la naturaleza, desconectarse fugazmente de un mundo tecnológico y alienante, hasta perder  la noción del tiempo en un éxtasis infinito.
Actividad compartida por abuelos, padres e hijos, sin importar su edad, viviendo experiencias imborrables, cada uno en su nivel de juego, pero todos motivados por el mismo interés. Escuela de vida y fuente de experiencias, generadora de grandes éxitos y rotundos fracasos, laboratorio de ensayo para los estudiosos y campo de batalla para los sedientos de triunfo, paradójicamente, todo en un mismo tiempo y lugar.
Si nos remontamos al origen, no hay dudas de que somos los herederos de una actividad ancestral, desde que nuestros antepasados se asentaron a orillas de los ríos y desarrollaron sus rudimentarias artes de pesca para conseguir con su ingenio el preciado alimento.
Pero el universo evolucionó, la tecnología dijo presente en todas las actividades y la pesca deportiva no fue la excepción. Arrancamos con las cañas de colihue, pasamos por la fibra maciza y avanzamos con el grafito. Del corchito pasamos a las boyas, de pesados reeles con bujes a ultralivianos con rulemanes. La tanza cedió ante el multifilamento, y las primitivas carnadas se convirtieron en artificiales y moscas. Ningún elemento fue ajeno a esta evolución.
Pero… más allá de la historia del mundo, ¿cómo fue nuestro inicio en la pesca?
Aparecen aquí los pequeños grandes protagonistas para nuestras latitudes, el primero de ellos… ¡la mojarrita! Habitante omnipresente de cuanto arroyo, río, charco o laguna, se cruce en nuestro camino. Vivaracha y muy veloz, plateada y brillante, su destino inevitable está ligado a la sartén.
Primer objetivo de los chicos que se inicien en la pesca. Cañita en mano, delgada tanza, boyita y anzuelo. La especie escuela y el aprendizaje a prueba y error. Todo un desafío para el principiante que va adquiriendo destreza en esas lides, procurando interpretar los movimientos de la boyita y relacionarlos con lo que ocurre bajo el agua. Pique, clavada y… ¡afuera!  
Mientras los chicos aprenden a pescar, la boyita sube y baja por la tanza, el anzuelo gana profundidad y aparece así nuestro segundo protagonista… ¡el bagrecito!
Sin valor gastronómico, aunque digno representante del fascinante universo de los siluros, esos bigotudos sin escamas que nadan a su antojo en las profundidades.
Ahora sí, lección dos, ¡cuidado con los pinches!
A esta altura del relato no puedo obviar una mención especial para las lombrices. Esos gusanos resbalosos y huidizos que al principio nos generan repulsión, para luego convertirse en los sacrificados e infaltables compañeros de pesca. Algo así como la carnada universal con la que todos nos iniciamos y nos esforzamos para obtener. ¿Quién no levantó nunca pesadas macetas o transpiró, pala en mano, junto a un zanjón?
El aprendizaje continuó, las cañas se alargaron, ganamos distancia en los tiros, los anzuelos aumentaron su tamaño y apareció entonces… ¡el dientudo!
Uno de los más pequeños cazadores, que merced a sus llamativos y filosos dientes, se ubica un escaloncito por encima en la cadena alimentaria. Más astuto y más veloz, obliga a los chicos a aguzar su ingenio para lograr la captura, subiendo así al nivel siguiente del juego.
A esta altura ya nos sentíamos más grandes, teníamos nuestras primeras experiencias y hasta podíamos hablar de pesca, dando así rienda suelta a la propia fantasía frente a los compañeros de la escuela.
El entusiasmo crecía y el interés también, conocimos otros lugares, probamos nuevas carnadas y hasta nos animamos a armar rudimentarias líneas, con la ayuda de papá.
Descubrimos así que existían otros peces, mucho más gordos y luchadores, nos obsesionamos en su búsqueda y se volvieron los nuevos protagonistas de nuestros sueños.
¡Al fin un día… se produjo el milagro! La cañita se dobló hasta el límite, la tanza se tensó como cuerda de guitarra y emergió a nuestros pies el pescado soñado. Subimos otro nivel en el juego de la vida. ¡Festejo compartido y foto para el recuerdo!

Encontrá acá el relato completo de Radio Perfil

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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