Lunes 17 de mayo de 2021
BIKE | 29-08-2019 13:34

La Patagonia más salvaje

En la etapa final del recorrido del río Santa Cruz, el trío viajero se guareció en estancias, conoció la hospitalidad local de primera mano y enfrentó con sus bicis vientos de 90 km/h. ¡Inolvidable! Por Marisol López.
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El plan era navegar unos 35 km hasta Lübeck, una estancia abandonada donde podríamos encontrar reparo para dormir y además tendríamos la opción de contar con una salida rápida hacia la ruta 17, ya que si el pronóstico no se equivocaba, íbamos a tener que enfrentar vientos de más de 90 km/h en una zona del río que, por la gran cantidad de curvas que presentaba, se volvía sumamente peligrosa. 
Durante los primeros kilómetros la corriente nos empujó con fuerza haciéndonos disfrutar de la navegación sin demasiado esfuerzo, pero ya habíamos aprendido a mantenernos en alerta a pesar de que la situación no aparentara necesitarlo. Por eso, cuando las primeras ráfagas se hicieron sentir y el agua apacible se transformó en un caos de oleaje que golpeaba el bote hacia todos lados, la situación no nos tomó por sorpresa. Así fue como, luego de remar intensamente en un río completamente distinto al que habíamos entrado por la mañana, logramos llegar hasta las orillas de la estancia con los músculos tensos y los rostros agotados, pero satisfechos de haber podido lograr un nuevo objetivo.  

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Viento en contra… y a favor

A la mañana siguiente, tal cual lo pronosticado, el viento lo gobernaba todo avanzando con potencia y sacudiendo lo que encontrara a su paso, inclusive a nosotros que habíamos cargado el equipo en las bicis e intentábamos continuar empujándolas por una huella que parecía interminable pero que, después de mucho esfuerzo, nos dejó en la intersección con la ruta que nos llevaría con rumbo Este hacia la estancia Cóndor Cliff. Lo que en cualquier otro lugar solo hubiera sido un simple cambio de dirección, en Santa Cruz significa la rotunda diferencia entre disfrutar o padecer. Las ráfagas que hacía solo unos minutos nos habían hecho protestar tambaleantes, ahora nos empujaban con tanta intensidad que pedalear se volvió innecesario. 
Con las últimas luces del atardecer llegamos hasta un pequeño puesto donde una decena de perros salieron a recibirnos alertando a Mario, que apenas nos vio en la entrada nos invitó a pasar, prendió el fuego, puso la carne al horno y nos ofreció un lugar donde dormir. El es el puestero de la estancia y su comportamiento era de lo más habitual, porque en Santa Cruz, donde el clima y las distancias fueron a lo largo de la historia grandes condicionantes para el que las recorre, las costumbres son hospitalarias. Por eso los extraños siempre son bienvenidos. Recién a la mañana siguiente llegamos a Condor Cliff, armamos rápidamente los botes y volvimos felices al agua pero, al hacer unos pocos kilómetros, el fuerte ruido de maquinarias y camiones trabajando nos dio aviso de que estábamos acercándonos al lugar donde se construye la primera represa. La fuerte contraposición entre lo que estábamos viviendo y aquella obra enorme del hombre modificando el entorno, nos hizo tomar conciencia de cuál podía ser en verdad el destino final de aquel gran río. 

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Los tiempos del Santa Cruz

Tras varios días de encierro, el viento se detuvo. Habíamos llegado a La Juana, una estancia ubicada sobre la Ruta 9, tres días atrás, en medio de una noche ventosa y totalmente exhaustos después de que una tormenta nos expulsara literalmente del río y nos obligara a cargar con las bicis a través de largas cuestas esteparias que parecían eternas. Ese día, el número ocho desde que habíamos comenzado la travesía, por fin pudimos volver al agua. Abandonamos la orilla y nos dejamos arrastrar por la corriente, recostados en los botes con los rostros de cara al sol comprendiendo, cada vez con mayor claridad, los ritmos y posibilidades que nos ofrecía. 
Esa tarde nos tocó pasar por La Barrancosa, el lugar donde se construye la segunda gran represa, pero como casi siempre en los viajes, todo llega también con sus propias respuestas. En ese momento aparecieron Javier y Bachi, dos kayakistas nacidos en Puerto Santa Cruz que estaban realizando lo que podría llegar a ser la última bajada del río con el que habían convivido durante toda su vida. Acampamos juntos y, mientras el agua se calentaba en el fuego y una luna llena y brillante se asomaba en el horizonte, nos contaron con la voz cortada y los ojos cristalinos sobre su infancia y todo lo que para ellos significaba ese río. 


Cuando nos despedimos a la mañana siguiente, no sabíamos cuán profundo nos habían marcado sus palabras, que recién cobraron sentido al encontrarnos solos en nuestros botes, rodeados por los sonidos y la fluidez de aquel particular y perfecto ecosistema que atraviesa nuestro país desde la cordillera hasta el mar. 
El día nueve llegamos al puesto abandonado Los Plateados. Esa misma madrugada el viento volvió con la fuerza a la que nos tenía acostumbrados y nuevamente la posibilidad de navegar dejó de ser una opción. Teníamos una salida cercana a la Ruta 17, lo que nos daba la opción de pedalear unos 60 km hasta Piedra Buena, pero estábamos a tan solo dos días de llegar por agua y no nos queríamos resignar. Así que finalmente esperamos a que el viento se detuviera a orillas del río. Pescamos, nos bañamos en sus aguas heladas y convivimos sin pedirle nada más de lo que él nos podía ofrecer. 

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Cambio de planes sobre el final

Y entonces algo empezó a cambiar. Porque a pesar de que el viento nunca paró y tuvimos que armar las bicis para volver a la ruta, comprendimos con profunda satisfacción que aunque no habíamos podido lograr nuestro objetivo de llegar navegando, lo que realmente nos llevábamos era algo mucho más profundo y transformador 
que cualquier meta. Con nosotros se iba para siempre un pedazo de la historia del gran y hermoso río Santa Cruz. 

La travesía: llevó unos 10 días y se realizó a lo largo de 385 km: desde el Puente Charles Fuhr, en El Calafate, hasta Punta Quilla, en Puerto Santa Cruz. Se trata de uno de los últimos ríos vírgenes de origen glaciar que bajan desde la cordillera hasta el mar, y que actualmente está siendo amenazado por la construcción de dos represas que interrumpirán su cauce. Temperatura del río: varía entre los 3 °C de mínima en invierno y los 15 °C de máxima en verano. 
Rutas: las 17 y 9 van continuamente paralelas al río con posibilidad de acceso, excepto en algunos tramos en los que se alejan varios kilómetros. 
Refugio: hay varias estancias o puestos abandonados en las inmediaciones que ayudan a guarecerse de los fuertes vientos. Los puesteros están acostumbrados a recibir visitas inesperadas.

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