Miércoles 5 de octubre de 2022
BIKE | 25-04-2022 07:01

Límite entre Argentina y Chile: el difícil paso número 40

A través del pasaje cordillerano Vuriloche, entre cárcavas, barro, lluvia y el amenazante río Traidor. Una experiencia inolvidable para completar un nuevo cruce de la Cordillera de los Andes por lugares desconocidos.
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Caminábamos junto a helechos y árboles gigantes, musgos, líquenes, plantas trepadoras que recubrían todo aquel mundo de verdes que se nos enredaba en los pies, en el cuerpo húmedo y pegajoso, en la vista, que miraba hacia arriba intentando buscar algún hueco por dónde espiar el cielo. Para esas alturas ya habíamos transitado por profundos desiertos de salares y puna, por bosques achaparrados, por lagos, glaciares, volcanes. Pero una vez más la Cordillera de los Andes nos internaba en un hábitat completamente distinto, así como quien quiere moverte las estructuras, obligándonos a utilizar nuevas herramientas y lenguajes para recordarnos las infinitas capacidades y riquezas que nos aporta la diversidad.

Empezar al revés

Iniciamos el cruce del paso Vuriloche en Ensenada Chile, luego de cruzar por Pérez Rosales desde la Argentina hasta Petrohué, por medio de dos embarcaciones y cortos tramos de pedaleo. Las sensaciones eran claras, nuestras energías y objetivo real estaban puestos en el regreso por ese antiguo sendero cordillerano que no se había realizado nunca antes en bici y menos aún desde Chile hacia la Argentina, ya que el desnivel a recorrer era mucho mayor y bastante menos conveniente. Pero la elección de ese recorrido no había sido a la ligera ni por querer complejizar más el trayecto. Al intentar partir desde nuestro país, Parques Nacionales nos había prohibido continuar en bici por ser un sendero exclusivo para trekking, así que rápidamente tuvimos que cambiar los planes y ponernos creativos para llegar a un acuerdo con ellos que nos permitiera completar nuestro cruce número 40 de los Andes en bici. Acordamos que los 10 km de sendero que correspondían a Parques Nacionales de la Argentina los haríamos cargando la bici en la mochila, y para eso necesitábamos que las bicis estuvieran livianas, con el menor peso posible de comida. La cuenta fue simple, teníamos que comenzar desde Chile para poder realizar esos 10 km al final de la travesía y no al inicio.

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Después de chequear el pronóstico y entender que tendríamos que avanzar rápido los primeros días para evitar que una fuerte tormenta nos agarrara en medio del paso, salimos para el lago Cayutué, nuestra primera parada. De Ensenada al lago, el tramo fue por ruta y casi todo pedaleable a excepción de los últimos 3 km, donde ya comienza el sendero. El final del día nos encontró en un atardecer naranja y caluroso acampando frente al lago, con la respiración pausada de aquel presente calmo y los latidos esporádicos e inmanejables de la incertidumbre que nos esperaba pacientemente por algún rincón del bosque. 
Vuriloche tenía mucho en común con el paso El León que habíamos realizado anteriormente, sabíamos que íbamos a encontrarnos con lugares muy incómodos para la bici, mucho barro, cárcavas profundas en subida, bosque achaparrado. Desconocíamos cuánto nos dejaría pedalear, pero estábamos seguros de que en gran parte del recorrido íbamos a tener que cargar con la bicicleta, por eso esta vez llevábamos mochilas de 60 litros que nos permitían pasar todo el peso de las bicis a ellas para dejar nuestros corceles mucho más livianos y maniobrables. 

Cálculo de tiempo

La única referencia que teníamos respecto de los tiempos era que comúnmente la gente tardaba unos seis días caminando en dirección Argentina/Chile (con desnivel a favor), lo que nos daba dos posibilidades: en caso de poder pedalear en algunos tramos con condiciones de buen clima, podíamos tardar lo mismo que ellos o, la otra alternativa, que por la info y los desniveles que manejábamos podíamos tardar uno o dos días más. Así que, sacando un promedio de ocho días y calculando alguno más por cualquier inconveniente, esa mañana salimos del lago Cayutué cargando con comida para 11 jornadas de travesía.

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No fue necesario hacer muchos metros de sendero para entender que la paciencia y la lentitud serían las grandes protagonistas del cruce. Fuertes pendientes compuestas de profundas cárcavas de barro y bosta nos daban la bienvenida, como invitándonos a dejarnos de tonterías y pegarnos la vuelta. Empujábamos las bicicletas con pasos firmes y constantes, pero a medida que avanzábamos, a medida que el sendero se ponía un poco más y más complejo, el susurro interno se volvió más fuerte hasta que uno de nosotros decidió ponerlo en palabras: “¿Qué hacemos acá con las bicis? Esto no tiene ninguna coherencia”. 

Estimación de probabilidades

No queríamos probarle nada a nadie, no queríamos cruzar por Vuriloche a toda costa o forzando situaciones, no queríamos hacer lo que no queríamos ser, dos humanitos obstinados y caprichosos. Pero era nuestro cruce número 40 de 43, eran muchos años de sueños y de dedicar nuestra vida a un proyecto y solo eso ya nos daba un poco de derecho a continuar intentándolo. Decidimos seguir empujando y concluir el objetivo del día, acampar en una pampa antes del vadeo del río Quita Calzones y analizar mejor cómo seguir. El avance estaba resultando más lento de lo que creíamos, y si el recorrido continuaba tan trabado y el pronóstico no se equivocaba, la lluvia nos iba a encontrar en medio del sendero, lo que podía empeorar muchísimo más las cosas. 
Esa noche la charla fue larga y sincera. Aunque la situación no era de lo más favorable aún nos parecía muy pronto para abandonar, habíamos transitado solo los primeros 10 km, necesitábamos avanzar un poco más para tener un panorama claro. Así fue como al segundo día de nuestra salida del lago Cayutué el sendero se volvió mucho más amigable y nos dejó avanzar a buen ritmo, pedaleando en varios tramos. Después de algunas horas, vadeos y kilómetros llegamos muy contentos y entusiasmados hasta la unión entre el río Blanco y el Vuriloche, donde hay una pampa grande en la que vive un poblador que en esos momentos no se encontraba en el lugar. Sin pensarlo demasiado, buscamos un lugar donde acampar, nos dimos un baño en el río y pusimos final al día. Nos acostamos con la alegría evidente en el ánimo y las sonrisas, pero a las pocas horas el sonido de la lluvia golpeando en el techo de la carpa nos hizo recuperar la tensión y las dudas. 

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Era el tercer día y no sabíamos qué hacer, si continuábamos y llovía mucho, el sendero se podría volver intransitable, los ríos crecerían demasiado y nosotros quedaríamos varados en la mitad sin lograr avanzar ni retroceder. Necesitábamos hablar con algún poblador que nos contara sobre lo que nos esperaba más adelante y nos pudiera dar información para decidir: estábamos trabados e indecisos, por eso la mejor opción fue esperar. 
Entrada la tarde finalmente llegó Velazques al puesto y. con la amabilidad que caracteriza a los pobladores de la zona, nos quitó varias dudas. Afortunadamente, adelante no nos íbamos a encontrar con cárcavas con barro, que era una de nuestras preocupaciones, pero nos explicó que la mayor dificultad a superar era el cruce del río Traidor, porque, así como su nombre lo indicaba, crecía de golpe llevando todo a su paso. Si lográbamos cruzar ese río, explicó, lo más complejo estaría superado y solo nos quedaría luchar con unas cuestas muy pronunciadas y 1.300 m de desnivel positivo de bosque achaparrado. 

Cuarto y quinto día

Íbamos a continuar, el próximo objetivo sería el puesto de don Joche. Ese cuarto día fue relativamente tranquilo, con el peso en las mochilas y las bicis livianas, las subidas no se hacían tan pesadas. Nuevamente logramos pedalear varios tramos. La idea era llegar hasta el puesto, acampar y ver cómo continuaba el clima, porque el quinto día sería clave, ya que si el tiempo nos lo permitía, íbamos a hacer la mayor cantidad de kilómetros posibles e intentar cruzar la parte más complicada para asegurarnos de pasar antes de que el clima empeorara. Según don Joche, la cuesta de bosque achaparrado después de cruzar el río Traidor era casi imposible de hacer en bici: “Está muy cerrada y cuesta pasar caminando, con la bici no creo que puedan subir”.
No era la primera vez ni la última que la cordillera nos hacía dudar, avanzar y dudar nuevamente. Como tampoco era la primera ni la última vez que habíamos aprendido a leer sus señales. Esa mañana nos despertamos y no llovía; a pesar de que estaban pronosticados días de intensas lluvias y tormentas, esa mañana no llovía, y lo que en otro momento podría ser un simple cambio de clima, ese día significaba un gran guiño que teníamos que saber aprovechar. 

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Avanzamos rápido, aprovechando cada pampa o tramo pedaleable, empujando con breves y escasos descansos en las largas subidas. Llegamos hasta los campos de Leticia, donde sabíamos que había termas. Como para ese momento veníamos tan bien con el tiempo, hasta nos dimos un breve premio de chapuzón en aguas termales. Después de Leticia, las pendientes se hicieron más fuertes, pero nuestro ritmo no bajó, sin embargo, luego de varios kilómetros y horas de marcha, la ansiedad le ganó al entusiasmo, el cansancio se empezó a sentir y unas cuantas nubes oscuras comenzaron a tapar el cielo. Necesitábamos llegar al río Traidor.  

Se acerca el final

Una nueva subida seguida de una más intensa bajada y finalmente apareció. Lo primero que vimos fue un puente de madera absolutamente destrozado que había dejado de ser puente para volverse el único indicador de alerta frente a un río bajo cargado de rocas y aparentemente inofensivo. 
Cuando logramos llegar del otro lado y miramos para atrás, la alegría de los dos era indisimulable, aún faltaban varios kilómetros, pero por primera vez desde que habíamos salido de Ensenada, el paso Vuriloche se sentía posible. Ahora tocaba una gran cuesta de bosque achaparrado. Subíamos empujando con fuerza rodeados de ramas y vegetación, pero la bici se trababa, volvíamos a empujar un poco más, descansar y empujar de nuevo, entonces por fin lográbamos avanzar algunos pasos. El proceso fue arduo y agotador, después de un largo rato, mucha paciencia y esfuerzo llegamos arriba. El sendero volvió a ser sendero y el Tronador apareció frente a nosotros. 

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Pero lo que continuó tampoco fue fluido ni pedaleable: a los pocos metros el sendero volvió a cerrarse en un nuevo bosque achaparrado difícil de penetrar. Logramos acampar recién cuando la luz y el frío nos obligaron a ponerle fin al día, con el cansancio satisfecho, el placer calentito de una sopa de fideos y la certeza casi indiscutible de que al día siguiente nos esperaba la llegada al hito. 
En el sexto día, un pequeño cartel de madera colgando de un árbol con dos palabras talladas a mano nos avisaba que el paso número 40 de los Andes en bici ya era una realidad: Hito Vuriloche. Un nuevo pedacito de cordillera se quedaba bien guardado en nosotros. 

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Marisol López

Marisol López

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