jueves 14 de noviembre de 2019
20-03-2019 18:26 | BIKE

Asia a la vista y cerca del final

La hospitalidad turca y persa sorprendieron. Fueron momentos de disfrute y de trámites para conseguir las visas para ingresar a los siguientes países. Ver galería de imágenes

Los últimos kilómetros de Grecia fueron una continua advertencia de que a partir de Estambul empezaba otro itinerario; los griegos me decían que debería tener mucho cuidado. La entrada a Turquía fue muy tranquila hasta las cercanías de la antigua Constantinopla. La entrada a la ciudad es caótica y con un tráfico endiablado. Oficialmente marcaba el inicio de la Ruta de la Seda. Los tres días que pasé allí me sirvieron para sumergirme en un mundo con el que conviviría los próximos meses: bazares, mercados, gente curiosa, una religión distinta, otras costumbres. Al igual que entrar, salir de Estambul fue un acertijo. Al intentar cruzar el gran puente del Bósforo, descubrí que el paso estaba prohibido, aún así intenté pasar por una pasarela que había a un costado y, como resultado, tuve mi primer encuentro con la policía. Al final del puente estaba la ley esperándome y las dos horas que me tuvieron detenido en sus dependencias sirvieron para empezar a vislumbrar lo que me esperaba en este país. 

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Turquía hospitalaria

Salí del destacamento con la panza llena, una bolsa de jugos y la sonrisa cansada de tantas fotos que me saqué. Los oficiales me permitieron continuar, por lo que seguí por una autopista hasta la primera salida, que me depositaría en una carretera paralela a un brazo del mar de Mármara. Crucé el país por el centro, de oeste a este, lejos de las áreas turísticas, a través de la Turquía más genuina, la más rural. Descubrí un país increíble, que ni las tormentas que sufría cada día al caer la tarde pudieron empañar. Pequeños pueblos que giraban alrededor de su mezquita y sus cuatro o cinco comercios que se sucedían kilómetro tras kilómetro. Entrar a abastecerme de comida e intentar adivinar qué porcentaje de ella me regalarían era un juego mental que me sorprendía cada vez. Y las mencionadas tormentas que puntualmente acudían a diario me encontraban siempre a resguardo, en estaciones de servicio abandonadas –que hay en cantidad a lo largo de la ruta– o en casetas típicas que existen en los parques, ya que los turcos son aficionados a cocinar y comer allí y, cómo no, a beber sobre todo raki, un licor típico de la zona de sabor anisado e imposible de rechazar. Lo que sí rechazaba dada la cantidad que recibía al cabo de cada día y al grito de “chai, chai”, eran las invitaciones a tomar té: pedalear por la ruta y escuchar esta llamada era lo más normal. Tuve que rechazar más de las que acepté porque hubiese necesitado demasiado tiempo para agradecer tal cantidad de agasajos.

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A Armenia por Georgia

Al pasar Erzurum, me crucé con una pareja de ciclistas rumanos, Vlad y Sylvia, y con otro holandés, Michael, con los que compartí una noche de anécdotas al calor de la sala de espera de una estación de tren muy poco concurrida. Al día siguiente, y aunque todos teníamos el mismo destino, nuestros caminos se separaron: el mío continuaba hacia Armenia, previo paso por Georgia, país que usaría como puente debido a que las malas relaciones armenio-turcas mantenían todas las fronteras cerradas entre ambos países. El paso por Georgia fue rápido y me dejó una mala impresión en general, que espero poder revertir en un futuro. La entrada a Armenia fue como un déjà vu que me hizo sentir cierta familiaridad con nuestro país; son esas cosas que uno siente y no sabe explicar. En su capital, Ereván, estuve cinco días tramitando la visa iraní e intentando sin éxito la china. Estas jornadas casi en el Ecuador del viaje me vinieron muy bien para reponer fuerzas y estar listo para lo que me esperaba. 
En el camino hacia Irán visité el monasterio de Khor Virap, ubicado en la llanura que se desprende de la base del monte Ararat y desde donde se obtienen las mejores vistas de la montaña que alberga, según los textos sagrados, los restos del Arca de Noé. Pero la llanura se terminaría pronto y las últimas estribaciones del Cáucaso, que marcan el fin de Armenia, son un sinfín de subidas con un desnivel increíble que resultaron lo más duro del viaje, obligándome a poner los pies en el suelo y tirar de la bici más veces de las que estoy dispuesto a reconocer, aunque los últimos 30 km hasta la frontera fueron en bajada. Todavía estoy pensando si una cosa compensa a la otra. 

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Generosidad persa

El borde Agarak-Norduz me dio la bienvenida con un calor propio del desierto y unas montañas rojizas que parecen acentuar la temperatura. Interiormente celebré este pequeño triunfo de haber llegado. La increíble ruta que va desde la frontera hasta Yolfa discurre paralela al río Aras y me permitió empezar a descubrir la famosa hospitalidad persa: los ofrecimientos de los camioneros a subir la bici en sus vehículos fueron frecuentes y cayó más de una botella de agua fría que agradecí enormemente. La primera jornada terminé durmiendo en los jardines de una mezquita, donde llegué a la conclusión de que, dado el calor que había sufrido durante el día, tendría que cambiar mi estrategia: madrugar mucho, pedalear hasta el mediodía, cortar a la siesta y retomar al atardecer. Hay que tener en cuenta que era el mes de julio y que a la tarde la temperatura puede alcanzar los 50 grados. 

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Mi primer objetivo era la ciudad de Tabriz, famosa por el bazar más grande del mundo. Pasé tres días allí durmiendo en un parque frente a la universidad (casi todos los parques son campings gratuitos con seguridad en la puerta, baños y máquinas para sacar agua fría gratis). La estadía me sirvió para conocer la ciudad, ajustar la bici y cambiar mi teléfono-GPS que había sufrido una insolación. Los iraníes, al igual que los turcos, disfrutan mucho de sus parques, de la naturaleza y de la vida en familia. Comenzaba cada día a las 6 AM y paseaba hasta que al mediodía encontraba algún parque para comer y dormir la siesta en mi hamaca, que colgada de dos árboles. A las 17 retomaba la ruta hasta las 20, momento en el que decidía pasar la noche en otro parque o en el desierto, si estaba en mi camino. 
Dormir en un parque implica que la palabra intimidad prácticamente desaparece, armar la carpa y tener mucha gente alrededor intentando comunicarse y ofrecerme comida era una constante. Es tal la bondad de este pueblo que, por momentos, llegaba a agobiarme. Son pocos los que hablan inglés, pero el traductor del celular es la herramienta que me ayudaba a acercarme. Por supuesto que allí, como en todo el mundo, el fútbol es el arma que nos permite ver que no somos tan distintos. Maradona o Messi son palabras mágicas que arrancan sonrisas y es por donde un argentino empieza una conversación en cualquier país, por muy lejano que este sea. 
Teherán era un punto de inflexión en el viaje, ahí intentaría nuevamente obtener la visa china y pediría la siempre complicada visa de Turkmenistán, así que me reservé varios días para estar ahí, además de dedicar todas mis plegarias, porque de esto dependería la suerte de mi viaje para el futuro…

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