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Escalar el Everest sin oxígeno y en solitario

Mariano Galván y Jorge González se dieron a la tarea de subir el monte más alto del mundo, sin aire suplementario ni cargadores de altura. El relato en primera persona . Galeria de imágenes.

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Dos argentinos se pararon frente a una odisea, el Everest. Pero no querían ser parte de una excursión comercial, buscaban escapar a las comodidades que brinda una empresa, y esperaban lograr la cima de la forma “más deportiva posible”. Así fue como Mariano Galván y Jorge González se hicieron al arduo trabajo de encontrar quién financie su expedición. La tarea que se impusieron parecía imposible, si no fuese por un único antecedente. Fue el argentino Heber Orona, quien 13 años atrás escalara la pared norte del Everest, sin la ayuda de porteadores (cargadores) de altura, ni oxígeno suplementario.

El monte Everest, el más alto del mundo, se ubica en los Himalayas (cadena montañosa de Nepal). Conocido en nepalí como “Sagarmarta” (Cabeza del cielo), o en China como Chomolungma (Madre del universo), el monte tiene 8.848 metros de altura. Sobre los 8.000 m existe muy poco oxígeno y los montañistas sufren hipoventilación, fenómeno que suele generar desorientación y razonamiento pobre. A los costos que deben sortear las expediciones, se le suma un permiso de escalada de U$S 10.000.

El pueblo sherpa, habitantes de la zona, es experto en montañismo y guía a los escaladores hacia la cima. Entrevistado tras una trágica excursión, un sherpa confesó que “aunque todo el mundo dice en el campamento base que ayudará a sus compañeros en problemas en la cima, esta montaña obliga a la sinceridad, y demuestra que el verdadero carácter de las personas es, a veces, nefasto”. Esas pocas palabras, describen la dificultad que caracteriza al inexorable hito del montañismo.

Weekend: ¿Cómo surge la expedición? ¿Qué los inspiró a llevar una bandera de Malvinas a la cima del mundo?

Mariano Galván: La expedición nació en mi visita de mayo de 2011 al Lhotse, cuando terminé enamorado por la vista del Everest. Fue desde los 8.000 m, durante el amanecer, que decidí que debería volver para intentar escalarlo un año después. Estaba en pleno vuelo de vuelta, y ya soñaba con el próximo desafío: concretar la cima del imponente monte de la manera más deportiva posible, sin oxígeno.

Jorge González: Sabía que partíamos en abril y la intención era llegar antes de la apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Se trató de aportar un granito de arena a la causa Malvinas.

M.G.: La financiación fue un problema, ya que existe una gran diferencia entre excursión y expedición. En el último caso, los escaladores se hacen cargo de la mayoría del dinero requerido, que incluye el costoso permiso para el Everest. Fue gracias al apoyo de Garmont y el diario hubutense Jornada que logramos concretar esta odisea.

W: ¿Qué tipo de entrenamiento previo llevaron a cabo? ¿Realizaron alguna rutina en particular?

M.G.: El entrenamiento es un tema bastante sencillo desde mi punto de vista: trabajo 90 días a más de 4.300 m, cargando mochilas de hasta 52 kg y guiando personas a la cumbre del Aconcagua. En los días de “descanso” me dedico a escalar en hielo y en roca. A todo eso le sumo dos horas diarias de gimnasio, para fortalecer articulaciones y proteger la espalda.

W: ¿Qué se experimenta en el viaje a Lulka? (aeropuerto cercano al Everest).

M.G.: El vuelo asusta un poco, porque el avión aterriza en una pista muy pequeña y con una pared negra al final. Es como si se aterrizara en un portaaviones inclinado. Luego se carga el equipo pesado en porteadores, que llevan la carga hasta el campo base.

W: Desde ese punto, ¿cómo es el camino a la montaña?

MG: Se transita un valle por bosques y ríos, que pueden cruzarse por puentes colgantes. En el trayecto se encuentran pequeños poblados, todos tan coloridos que no dejan de maravillar.

W: Tenían el coloso al frente, ¿qué sensaciones los invadieron?

M.G.:Llegar al campamento base del Everest es emocionante. Es un lugar que inspira mucho respeto. Se está a los pies de la “diosa madre”, y eso le quita la respiración a cualquiera. Inicialmente aparece el Pumori, luego los glaciares colgantes del Nuptse, de 7.800 m y, finalmente, el Everest, casi siempre coronado por fuertes vientos. La pared sur del Lhotse es la compañera de las mañanas de mate en el campamento Base.

W: ¿Cómo es el día a día en ese campamento?

M.G.: Generalmente, es tranquilo, a diferencia de esta temporada. Fuertes vientos y nevadas azotaron el campamento día tras día. Escuchar el rugir de las avalanchas en las proximidades es estresante. Acampar sobre el hielo vivo del glaciar durante decenas de días es difícil. No contábamos con notebook, libros, ni nada parecido, nunca vi un campamento tan pequeño y austero. Pasamos mucho frío, pero disfrutamos mucho, en base a mate y risas. J.G.: Fue un verdadero orgullocolocar la bandera nacional entre todas las demás que adornan el campamento base.

W: ¿Cómo es el trayecto desde ahí? ¿El clima es muy severo?

M.G.: Atravesar el Icefall (cascada de hielo) requiere mucha concentración. Todo es tan delicado, y para sumarle estrés hay que moverse de noche. Se sale del campo base en plena madrugada, a las 3:00 am, para evitar las avalanchas que pueden atraparte en el ascenso. Luego se llega a un mar de grietas que, gracias a la tarea de los sherpas, se realiza con tranquilidad, pero es algo agotador. Los vientos no son tan fuertes, aunque se produce lo que se llama jetstream (turbulencia de avión), en referencia a los violentos temporales que destrozan los campamentos.

J.G.: Durante los días que estuvimos en el Campo 3, vivimos una tragedia. Uno de los sherpas cayó a una grieta, donde lamentablemente falleció. Participamos del rescate del cuerpo, y verlo tan maltrecho fue un duro golpe para la moral.

W: Jorge, ¿tuviste un percance que te impidió continuar el ascenso?

J.G.: Subíamos al Campo 2 cuando una avalancha desde el Nuptse me arrastró junto a otros montañistas, por lo que quedé tapado y atrapado por la nieve. Por suerte sobreviví, aunque días más tarde me aquejó un dolor de garganta muy intenso, que me obligó a dejar de lado el orgullo y abandonar la expedición. Sin embargo, me negué a bajar la montaña, y me quedé en el campamento base para darle apoyo a Mariano.

W: Quedaste solo en el ascenso Mariano, ¿qué siguió después?

M.G.: Las avalanchas causaron mucho daño, obligando a esos magos de la montaña, los sherpas, a reinstalar el recorrido. Subiendo al Campo 3 sufrí un fuerte golpe en la cara, que me rompió uno de los lentes, por lo que tuve que bajar hasta la carpa del Campo 2, cubriéndome un ojo para evitar la ceguera por la nieve. De ahí bajé al Campo Base, donde tenía un par de anteojos de repuesto. Esa cordada fue cambiada, ya que no fui el único que tuvo un percance. La montaña sería casi imposible de escalar sin el trabajo sin descanso de los sherpas, a ellos quiero hacer llegar mi agradecimiento.

W: Avanzaste por la zona de la muerte, ¿qué experimentaste al llegar a la cumbre bajo esas condiciones el19 de mayo de 2012?

M.G.: Al no usar oxígeno, todo cuesta un poco más. Pero gracias al entrenamiento pude superar los obstáculos y finalmente llegué a la cumbre. Es agotador, pero el pecho se inflama de alegría, el corazón quiere escaparse de la boca y los ojos se llenan de lágrimas. Finalmente, alcanzás ese lugar con el que se suele soñar y querés quedarte ahí. Pero el frío es duro y apura, hay que sacar fotos, filmar, poner las banderas en agradecimiento a los colaboradores y disfrutar brevemente. Querés llenarte la vista de esas imágenes que sólo unos pocos pueden apreciar, en ese mirador ubicado en la cima del mundo. Pude apreciar la majestuosa curvatura del mundo a lo lejos. Lamentablemente Jorge no estuvo a mi lado para compartirlo, así como mucha gente que deseaba estuviese abrazándome en ese momento, pero siempre supe que estuvieron conmigo.

W: ¿Qué te esperaba al descenso?

M.G.: Muchos montañistas pierden la vida en este trayecto, la noche suele alcanzarlos y los temporales amenazan las cordadas continuamente. Para sumar presión, debía hacer el recorrido sin oxígeno. Me sentía bien, sin dolor de cabeza, ni frío intenso en las extremidades. Estaba bastante cansado, pero no más que lo lógico luego de escalar durante 13 horas. Pude pasar el caótico escalón Hillary mezclándome entre los cientos de excursionistas pesados por los tubos de oxígeno. Llegué a la carpa cerca de las 6 de la tarde y me zambullí, completamente agotado. Sólo el zumbido del calentador me acompañó en esa helada noche. A la mañana siguiente el viento y la nieve congelaba todo en el Campo 4 y, para mi mala suerte, olvidé los fósforos en el piso de la carpa y no los pude utilizar. Desarmé la carpa y traté de bajar lo antes posible. La deshidratación se tornó cada vez peor, pero debía llegar a la carpa del Campo 2 donde me esperaba mejor clima. Confié en mi cuerpo, sabía que podía aguantar. El tramo final lo realicé al otro día, juntando las carpas, calentadores y basura. En total 38 kg que tuve que cargar hasta el Base. Fue otra prueba a la determinación quepude sortear con disciplina, ya que mi cuerpo pedía a gritos un porteador, pero mi orgullo no lo permitía. Cruzando el Icefall me topé con algunos sherpas, que llegaron a sorprenderse por el peso que cargaba.

W: ¿Qué les dejó esta hazaña?

J.G.: Desde que las expediciones se confunden con excursiones, miles de personas lograron esa montaña inalcanzable con relativa facilidad. En una excursión la gente paga, se carga algunos tubos de oxígeno, las empresas proveen y los sherpas los suben. Nosotros fuimos una expedición compuesta por dos escaladores, con equipos prestados y bajos recursos, que logramos algo casi imposible. A diferencia de las excursiones de las empresas, nadie se hizo responsable de nosotros, estábamos solos.

Nota publicada en la edición 478 de Weekend, julio de 2012. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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