Lunes 26 de julio de 2021
TURISMO | 29-08-2020 13:03

El Muharram, el mayor rito chiita en Irán en honor a un mártir

El 29 de agosto terminó en todo Irán la celebración del Muharran, un rito popular de 10 días -limitado este año- que vela al nieto de Mahoma con llantos y flagelaciones.
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Aterrizo en el aeropuerto de Teherán a mediados de agosto durante el primero de los diez días del Muharram, la celebración religiosa más sagrada de los musulmanes en la rama chiita, concentrada en Irán. Así como occidente celebra el martirio de Cristo en Semana Santa, los chiitas conmemoran el del Imán Alí Hussein, nieto del profeta Mahoma. Esto sucedió en la batalla de Kerbala -hoy Irak- en el año 680 y fue el origen de un cisma con la rama sunita del islam que sigue -a veces- generando muertes.

Voy cruzando el país en bus y en cada pueblo o ciudad veo procesiones callejeras a la mañana, tarde y noche. No se trata de una fiesta, sino de un luto callejero con música sacra y cantos como lamentos, movilizando a millones. Muchos hombres y mujeres van bañados en lágrimas como si el asesinato hubiese sucedido ayer y el muerto fuese un familiar querido. En las mezquitas los ulemas reviven con la lectura el sangriento episodio.

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El conflicto originario fue una puja de poder sucesorio del fallecido profeta Mahoma. A lo largo de 10 días, Hussein viajó buscando asilo por las ciudades de La Meca, Kufa y Medina, acompañado por 72 soldados y su familia, incluyendo mujeres y niños. Su enfrentamiento fue con el califa Omar Sad. El décimo día de ese viaje -llamado Azura- el perseguidor envió 30.000 soldados a rodear el campamento de Hussein. Aun ante esa diferencia abismal, el nieto de Mahoma se despidió de su familia y optó por el martirio: fue de frente a la batalla. Según el relato que consideran cierto hoy, Hussein recibió treinta y tres heridas de lanza y treinta y cuatro cortes en la espada. Pero seguía peleando. Hasta que una flecha de tres puntas se clavó en su pecho: no pudo sacársela por delante, se inclinó y se la extrajo por detrás, quedando ya sin fuerza para mantenerse en el caballo.

Con el mártir aún vivo, su esposa e hijos entraron al campo de batalla y lo rodearon para llorarlo. Ese llanto sigue hasta hoy. Y dice el relato místico que cuando Hussein murió, la luz del sol empalideció siete días, algunas estrellas chocaron y el horizonte se tiñó de rojo por seis meses. Los compañeros de Hussein fueron masacrados, incluso su bebé a quien una flecha atravesó el cuello.

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En una calle de la ciudad de Yazd veo un camello de plástico muy realista que porta el muñeco de un bebe chorreando sangre. También la muerte de Abbas, hermano de Hussein, se relata en detalle: perdió los dos brazos en batalla pero seguía vivo. Las mujeres y niños observaban a un costado sedientos, luego de tres días en el desierto y sin reservas. En esas condiciones, Abbas fue hasta el Éufrates para llenar su cantimplora y llevarles agua sosteniéndola con la boca. Hoy se considera que las personas que lloran durante el Azura serán mejor recibidas por Dios el Día del Juicio final. La tumba de Hussein existe en Kerbala y un millón de peregrinos la visitan cada año.

Hombres y mujeres visten de negro luctuoso durante los desfiles por todo Irán. Las mezquitas se abarrotan -los géneros se separan por sector con una sábana que impide la visión- y los hombres a veces pasan horas golpeándose el pecho con el puño, todos al unísono en un in crescendo que los lleva a un trance místico con gritos, cantos a coro y más lágrimas. Durante las procesiones muchos hombres caminan a paso lento y acompasado, flagelándose la espalda con manojos de cadenas: algunos sangran.

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El día de Azura me alcanza en la ciudad de Isfahán -estación de la milenaria Ruta de la Seda- y no hay un solo negocio donde comprar algo para comer. Absolutamente todo está cerrado: no hay donde comprar unas galletitas. Termino yendo a la mezquita -como todo el mundo- donde por tradición se regala comida. Las calles son un permanente velorio con gente desfilando con grandes banderas. El Muharram es también un compromiso en una sociedad que no se ha secularizado como en Occidente donde el cristianismo pasa a segundo plano en la vida cotidiana: aquí cada chiita asume su disposición a resistir e incluso dar la vida como mártir, si la circunstancia lo requiere.

El islamismo -especialmente su rama chiita- tiene una relación muy especial con la muerte. Y ese rasgo viene del episodio del Muharram que permanece fresco en la memoria, luego de 1340 años. Esto no significa que los iraníes sean un pueblo violento o poco hospitalario: mi sensación, luego de cruzar el país de punta a punta, es la contraria. A lo largo de 15 días muchos hombres frenaron su auto para bajar la ventanilla y gritarme: “Welcome to Iran!”. Por la calle, decenas de transeúntes me dijeron al paso “Salam, salam” y se llevaron la mano al corazón. En una tienda -hallándome perdido- un señor bajó la persiana y me llevó en su moto.

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En días previos al viaje, muchos me habían preguntado “¿A Irán?”. Y agregaban compasivos: “Cuidate mucho”. Los iraníes llevan un estigma en la frente y ante el extranjero hacen lo posible por borrarse esa marca que les han puesto. En Irán los atentados terroristas han sido muy escasos en las últimas décadas, muchísimos menos que en Europa y EE.UU. Aquí todos son chiitas y no hay conflictos internos. El guía de una mezquita, más explícito que nadie, me lo dijo en perfecto español: “Por favor dígale al mundo que los persas no somos terroristas”.

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Julián Varsavsky

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