Domingo 7 de marzo de 2021
4X4 | 18-06-2020 09:30

¿Distanciamiento social? Cómo es Antofalla: la Puna más profunda y desolada

Por exigentes senderos de curvas y contracurvas nos adentramos en lo más inhóspito del norte argentino, donde los paisajes parecen sacados de otro planeta. El distanciamiento social es lo que abunda.
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El sol tímidamente asomaba por las montañas del este, comenzaba a resaltar las blanquesinas piedras que formaban el nombre del pueblo en el faldeo de la montaña: Antofalla. Sin embargo, en puro contraste, el propio cordón en trasluz permanecía sombrío, aún más renegrido en las profundidades de sus quebradas. El silencio reinante de la mañana, todavía con los ecos de las estrofas recién cantadas y la bandera de liviano paño ondeando en el viento frío. La mañana se ve interrumpida, casi al unísono, por los ronroneos calcados de los arranques y las toses de motores, seguidas de un golpe de humo negro. Los motores al fin arrancan, remolones y desparejos por el efecto de estar a 3.380 metros de altura.
Emprendemos el camino de la última etapa de este recorrido por la Puna. La caravana enfila hacia el blanco del salar, pero a unos cien metros se retuerce en su propio cuerpo como un ciempiés y comienza a ascender en una serie de curvas y contracurvas. La empinada ladera nos hace ganar altura rápidamente y podemos observar desde lo alto el pequeño pueblo de Antofalla, que nos dio cobijo; más allá, la angosta y alargada figura del Salar. Los pilotos, aún con la modorra mañanera, deben estar atentos y manejar teniendo cuidado con las filosas piedras del camino. Acechan los flancos e incluso la rodadura de las cubiertas. Muchas de ellas, por filo y tamaño, podrían atravesarlas fácilmente.

Acariciando las cumbres

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Al llegar a lo más alto, la huella mejora su estado y discurre con suaves curvas, por faldeos cercanos a las redondeadas cimas. Una tras otra, diversas cumbres nevadas se asoman cada tanto entre ellas a la distancia. Algunos de los miembros de la caravana, aún con ganas de entretenerse y pese a tantos kilómetros recorridos, se desvían y hacen uso de los rectos cortes marcados por las máquinas: descensos más abruptos e incluso algunos ascensos, que acortan las grandes y largas curvas, que siguen a pie juntillas las figuras de los cerros. Mientras tanto, el macizo y las cumbres del volcán Antofalla se elevan a nuestra izquierda, quebrada de por medio.
Llegamos a los 4.291 msnm. Algunos recurren al tubo de oxígeno para palear el mal de altura. Desde distintas partes de este tramo se puede ver, gracias a lo límpido del día, toda la extensión del delgado salar Antofalla, hacia el oeste, coronado por el bello volcán Peinado. Desde nuestra posición, solo es un pequeño exabrupto entre los altos picos que conforman el horizonte.

Comenzamos a descender por los faldeos inferiores del Tabenquincho, que observa nuestro paso con grandes y estirados ojos blancos de nieves eternas. El rumbo es casi un perfecto norte. El GPS marca rápidamente la altura a medida que avanzamos. Desde la distancia, un corte semeja una gran herida en la planicie cercana al camino. Cuando nos acercamos, nos damos cuenta de que es una explotación de ónix a cielo abierto, la cantera Eliana. Pequeños pedazos de este mineral, con bellos colores del marrón al beige, se encuentran desperdigados a nuestro alrededor.

Un paisaje estelar

Nos adentramos en la grieta hasta que podemos ver cómo los operarios trabajan extrayendo el material. Algunos charlan con ellos sobre la dura vida en el lugar, recorren las instalaciones y recogen pequeños trozos de ónix como recuerdo.

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Nos ponemos nuevamente en marcha. Así, por esta recta entramos en la provincia de Salta y dejamos atrás Catamarca. El camino ahora es ancho, con bastante serrucho, recto y pareciera no tener fin al perderse en un horizonte blanquecino. Tras quince kilómetros llegamos a un paisaje blanco, las orillas del salar de Arizaro. Su superficie parece fruto de un bombardeo, es rígida y con miles de pequeñas agujas que apuntan al cielo. Doblamos al oeste y comenzamos a bordearlo. Unos nueve kilómetros más adelante, todos indefectiblemente fijan su mirada en la ventanilla derecha. Es un paisaje digno del filme 2001: Odisea del Espacio. Como emergiendo de la nada, de la gran planicie del salar, el Cono de Arita se eleva hacia el cielo de la Puna, inmenso y casi perfecto. Los que lo ven por vez primera se asombran, igual nos sucede a quienes ya lo hemos visto antes. El paisaje es tan desconcertante como hermoso; no importa las veces que lo hayas visto, sorprende y se disfruta siempre. Por supuesto que nos detenemos para una foto grupal, y cada uno de los miembros de la caravana aprovecha y saca varias fotos más.

Rumbo a la mina

Luego de este momento mágico seguimos adelante. Nuestro siguiente objetivo está a unos 50 km, la mina abandonada de azufre La Casualidad. Dejamos el llano contiguo al salar y comenzamos a ascender hacia el oeste, atravesando una pequeña explotación minera. Algunos se han retrasado y, desde la distancia, observamos cómo la caravana de vehículos avanza en fila como  pequeñas hormigas. Los esperamos y, una vez todos juntos, retomamos el ritmo.
Cincuenta kilómetros aquí son más de dos horas de marcha. Quebradas y pequeños llanos hasta que llegamos al extremo norte del salar de Río Grande. La huella alcanza el camino principal, construcciones derruidas, esqueletos, restos de galpones, chimeneas y restos de alojamientos se elevan a ambos lados del camino, en la porción que el paso del tiempo les permitió. Nos adentramos en las viejas instalaciones y finalmente llegamos a la capilla. Allí nos detenemos para explorar los alrededores. El lugar permite un tour fotográfico excepcional, sectores inundados, ventanas al cielo, torres, talleres, soledad y viento, óxido y pintura corroída, ecos de golpes metálicos marcando el tiempo, a su modo y ritmo.

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Desperdigados por allí, arrebatados por casualidad a manos del viento, algunos papeles amarillentos de la administración, listado de compras, de empleados… restos de la época en que más de 3.000 personas vivían y trabajaban aquí. El día va pasando y luego de comer algo bajo el resguardo de un viejo edificio que todavía se mantiene en pie, los motores arrancan nuevamente.
Algunos se sorprenden y agradecen, después de días de tierra y traqueteo, la increíble aparición de un camino de asfalto. Entusiasmados aumentamos el ritmo de la marcha, siempre atentos a la aparición de algún bache.  Desde el camino se ve el salar del Río Grande, que en comparación nos ayuda a tomar conciencia del gran tamaño del de Arizaro.
Con las últimas horas de la tarde arribamos a la estación Caipe. Desde lejos, parece detenida en el tiempo y todavía en funcionamiento. Algunos vagones aún están sobre sus rieles, en eterna espera de la locomotora que nunca llegará, para ponerlos nuevamente en movimiento. Más fotos y luego encaramos la huella que cruza el gran salar hasta el poblado de Tolar Grande, que debe su nombre a la existencia natural en la zona de una gran cantidad de tolas, una especie de planta xerófila que debido a la excesiva explotación ya casi no queda.
Luego de la cena, pasamos la noche en el refugio. Lo que hace que debamos dormir separados entre sexos. Noche para el recuerdo con bromas y situaciones idénticas a las de un viaje de egresados, pero con un promedio de edad de más de 40.

Regreso por un mar rojo

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La mañana la ocupamos para llegar a la cueva del Hombre Muerto y recorrer algunos senderos entre cerros rojos y suaves caídas de arena. Al dejar el pueblo, nos detenemos en los Ojos de Mar, tres pequeñas lagunas profundamente celestes al borde del salar, que tienen la particularidad de que en ellas pululan unos de los microorganismos más antiguos del planeta: los estromatolitos, especializados en transformar el dióxido de carbono en oxígeno.
Desde allí seguimos faldeando los cerros por la RP 27, sorteamos un cordón montañoso y en el trayecto nos encontramos con una pequeña estación de tren y coches de pasajeros abandonados; foto grupal para el recuerdo. De a poco el camino se hace más estrecho y el paisaje se torna totalmente rojizo. Transitamos curva a curva entre pequeños cerros sedimentarios. El lugar es conocido como Las Siete Curvas; simplemente alucinante.
La vista se abre luego de una curva cerrada y delante de nosotros el paisaje ha ganado en amplitud, pero su profundo color rojizo sigue tiñendo el entorno; no por nada se lo llama el Salar del Diablo. Es la hora de hacer un alto para comer. Desde allí la caravana asume el último tramo hasta el final del recorrido, para descansar en San Antonio de los Cobres y bajar a los Valles Calchaquíes; lo hacemos por un paisaje maravilloso, enmarcado de grandes montañas como el Quevar o el Inchuasi. Mientras el final se acercaba, el corazón nos aseguraba que aquí no terminaba nada; nos pedía a gritos que debíamos volver. Sin lugar a dudas, así lo haremos. Pronto.

Mina La Casualidad

Fue parte de la mina azufrera Julia, que le dio origen. En 1940 se creó la Compañía Azufrera Argentina S.A. En 1947 la Dirección General de Fabricaciones Militares adquirió el 50 %: allí vivían entonces unas 600 personas. En 1952 el Estado nacional la compró en su totalidad. El material provenía del cerro La Estrella, en el límite con Chile, a unos 25 km de la mina La Julia.

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Llegaba por cablecarril hasta la planta de flotación de La Casualidad y se procesaba hasta que se elevaba el porcentaje de azufre de un 21 % hasta el 84 %. Luego de un segundo proceso de refinamiento se obtenía azufre casi puro (99,98 %).
Albergó un máximo de 3.000 habitantes en su época de esplendor. Contaba con un centro de medicina, escuelas, un pequeño cine y espacio para la práctica de deportes. Los empleados en sus horas libres jugaban fútbol y básquet, solo en horas matutinas, porque por la tarde el viento del lugar supera los 60 km/h.
Al momento del cierre en 1977, debido a que Martínez de Hoz decretó la clausura de la mina Julia, allí vivían alrededor de 2.000 personas.
​ La producción de azufre comenzó el 10 de agosto de 1953 y generaba unas 10.000 toneladas. Al cerrar, el 22 de noviembre de 1979, la producción rondaba las 30.000.

Salar de Arizaro

Tiene una superficie de 1.600 km²​ y se encuentra a 3.460 msnm. Arizaro proviene del kunza, palabra compuesta de haâri, cóndor, y ara o aro, sitio donde abunda algo.
El Cono de Arita. Es una gran geoforma casi perfecta y cónica. Tiene una elevación de aproximadamente 200 metros de altura sobre el nivel del salar y es considerado como el cono natural más perfecto del mundo.. Su cima llega a los hasta los 3.689 msnm. Se estima que fue un posible centro ceremonial incaico.

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           Antofalla                        25°31’1.32”S 67°37’6.48”O
    1    Cantera ónix La Eliana   25°12’52.58”S 67°42’24.64”O
    2    Cono de Arita                  25° 1’17.59”S 67°43’47.74”O
    3    Cruce de rutas                25° 2’34.67”S 67°46’17.93”O
    4    2 Cruce de rutas             24°57’6.47”S 68° 5’42.11”O
    5    Mina La Casualidad        25° 1’58.83”S 68°12’55.38”O
    6    Estación Caipe               24°41’26.61”S 67°59’14.07”O
        Tolar Grande                    24°35’23.49”S 67°23’48.38”O
    7    Ojos de Mar                   24°37’8.93”S 67°22’16.34”O
        S. Antonio de los Cobres 24°13’2.44”S 66°19’14.86”O

 

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Marcelo Lusianzoff

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