La ciudad de San Juan quedó atrás apenas tomamos la Ruta 40 hacia el norte. Era temprano, pero el sol ya empezaba a endurecer el paisaje y a borrar los últimos tonos suaves de la mañana. En estas tierras la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en polvo, en piedras, en horas de marcha lenta y en la cantidad de veces que uno debe bajarse de la camioneta para estudiar por dónde seguir. Nuestro destino era la mina Virginia II, una vieja explotación escondida en algún punto impreciso entre Talacasto, Mogna y el cauce del río La Laja. No hay cartelería turística, centro de interpretación ni folleto de bienvenida. Tampoco un camino convencional. Para llegar hay que leer huellas, seguir un track y aceptar que, en algunos sectores, el recorrido puede desaparecer frente a los ojos.

Después del asfalto apareció la vieja ruta de ripio a Mogna. Más adelante, la tierra. Y finalmente el río. Aunque llamarlo río puede resultar exagerado para quien lo vea por primera vez. El cauce estaba seco, convertido en una ancha avenida de arena, canto rodado y acumulaciones de material arrastrado durante crecientes que allí parecen improbables pero que, cuando ocurren, cambian por completo el terreno. En San Juan, un cauce seco nunca está verdaderamente vacío: conserva las marcas del agua, la violencia de las tormentas y la certeza de que el camino que uno utiliza hoy puede no existir mañana.
Ingresamos al lecho del La Laja y comenzamos a avanzar lentamente. Las camionetas buscaban apoyo entre piedras sueltas mientras el polvo se levantaba detrás de la caravana y quedaba suspendido en el aire. Por momentos, la huella era clara. En otros se multiplicaba en varias direcciones. Nada imposible, pero suficiente para recordar que una travesía de este tipo no consiste simplemente en acelerar. Hay que elegir el track, reconocer dónde apoyarán las ruedas y calcular qué ocurrirá cuando el vehículo pierda inclinación o quede cruzado de ejes sobre una piedra.


Superada la última dificultad, apareció la quebrada donde se encuentra la mina. Allí nos detuvimos a realizar una picada y escuchar lo que Verónica Romaña, líder de la caravana de Mainumby4x4, tenía para decirnos acerca de este sitio. Unos minutos después, dejamos las camionetas estacionadas y comenzamos un trekking hacia el interior del cordón montañoso. Al principio no se ve demasiado, el camino zigzaguea hasta que aparecen restos de construcciones, cascos olvidados, guantes resquebrajados, alguna prenda que supo tener mejor pasado que presente. Se suman chapas oxidadas, hierros doblados, viejos tambores metálicos de 200 litros. Y luego de un giro 90 grados a la izquierda se vislumbra una boca oscura abierta en la montaña: las ruinas de lo que alguna vez fue un pequeño campamento minero.
Referencia imprecisa
Un viejo cartel pegado al paredón había quedado atrás. Estaba oxidado, castigado por el sol y la lluvia, y con buena parte de las letras borradas. Pero parecía decir lo necesario para buscar información: “EXSA S.R.L., Mina El… (¿Cerrito?)” y la referencia a un expediente de servidumbre de camino minero. Más que identificar el nombre histórico del yacimiento, el cartel remite a un trámite administrativo iniciado a comienzos de los años 2000 para mantener derechos de acceso y campamento sobre el área. Y la documentación pública disponible no permite confirmar de manera concluyente de qué mina se trata, pero los lugareños afirman –convencidos– que estamos inmersos en Virginia II.

El dato hubiera sido de color, pero no era relevante. Ya nos encontrábamos ahí y un nombre u otro no iba a modificar la intensidad de la aventura. Así que me acerqué a una de las galerías. Desde afuera, la oscuridad era absoluta. Encendí la linterna y avancé unos metros, procurando no tocar las paredes, no golpearme la cabeza ni perder de vista el ingreso. No hay épica en quedar atrapado debajo de una montaña por conseguir una imagen. Pero es difícil refrenar la adrenalina que despierta.
Sensación de encierro
Entré sólo unos metros. El aire cambió casi inmediatamente. Afuera había calor, viento y polvo. Adentro reinaban el frío, el silencio y ese enrarecido olor a encierro que genera la mezcla añeja de humedad mineral, tierra, oscuridad y tiempo detenido. La luz comenzó a descubrir objetos. Había más prendas tiradas sobre el suelo, endurecidas por los años. Bolsas que habían contenido material explosivo. Trozos de cables utilizados para detonaciones. Pavas y cacerolas viejas, completamente ennegrecidas por el hollín, como si alguien hubiera apagado el fuego y pensado regresar al día siguiente. Más allá aparecieron varios rieles y bateas metálicas para transportar mineral, todos oxidados. No eran piezas acomodadas para un museo. Estaban donde alguien las había dejado antes de no regresar nunca más.

Aquellos objetos modificaban la percepción del lugar. Hasta ese momento era una mina abandonada, la coordenada de un destino off road. Dentro del túnel se convertía en otra cosa. La ropa, las ollas y los cables hablaban de hombres trabajando bajo tierra, de explosiones, de comidas preparadas con lo que hubiera disponible y de jornadas que probablemente comenzaban antes del amanecer. No sabemos cuántos fueron. Tampoco cuándo comenzó exactamente la explotación ni en qué año se detuvo. No existe, al menos en las fuentes públicas consultadas, información seria que permita determinar cuántas toneladas de qué se extrajeron o cuánto personal llegó a trabajar aquí, en lo que –nos aseguran los baqueanos– fue la mina Virginia II.
Lo que sí sabemos es que algunos nombres que aparecen en el padrón público de productores mineros de esta zona de San Juan están vinculado a la producción de caliza, actividad de tercera categoría. Eso no demuestra que Virginia II lo haya sido. Pero sí aporta una pista consistente sobre el tipo de actividad minera de la que podría tratarse. Por el contexto geológico, las coordenadas y esa vinculación, Virginia II pudo haber sido una explotación de alguna roca carbonática. No hay elementos que confirmen que allí se extrajera oro, plata o cobre. Y es preferible admitir un vacío antes que rellenarlo con una leyenda cómoda. La montaña ya tiene suficiente misterio propio; no necesita que le inventemos fantasmas.

Afuera, el sol seguía golpeando las ruinas del campamento. Caminamos de regreso entre paredes derrumbadas, alambres y estructuras que apenas conservaban su forma. En algunos sectores se distinguían piques y labores cubiertas de material. Antes de girar miré nuevamente la entrada de la galería. A plena luz parecía más pequeña, casi inofensiva. Pero bastaba recordar los restos encontrados en su interior para comprender que esa oscuridad había sido, durante un tiempo, el lugar de trabajo de alguien.
La vuelta por el cauce seco en las camionetas llegó hasta la Ramada de Carrascosa, un sitio sencillo, cargado de religiosidad popular y ligado a la devoción por Santa Bárbara. Todos los años los fieles de la zona vuelven a reunirse para rendirle culto a la patrona de los mineros, de quienes trabajan con explosivos, y de aquellos que viven expuestos al fuego y a las detonaciones. En Mogna, las celebraciones en su honor se realizan alrededor del 4 de diciembre, e incluyen misas, procesiones y mantienen viva una tradición profundamente arraigada en el norte sanjuanino. No parecía casual cerrar allí el recorrido.

Mitológico almuerzo
Bajo la ramada los baqueanos encendieron el fuego y prepararon una punta de espalda: corte tradicional sanjuanino que pide pocas vueltas y bastante paciencia. La carne se cocinó sostenida frente a las llamas, lentamente, mientras el humo se mezclaba con el polvo acumulado durante la jornada. Virginia II no es una gran mina convertida en atractivo turístico. No tiene una historia perfectamente documentada ni cifras espectaculares para colocar en un título. Es algo más pequeño y, justamente por eso, más humano: una explotación perdida en la Precordillera, un campamento abandonado y una galería donde todavía permanecen las cosas de quienes trabajaron allí.

Cuando la mesa estuvo lista y dorada la punta de espalda –que resultó una manteca–, alrededor del almuerzo comenzaron las conjeturas y teorías conspirativas. Con la sobremesa llegó el atardecer: el sol comenzó a caer detrás de los cerros. Habíamos salido de San Juan Capital buscando una mina casi borrada de los registros y terminamos encontrando las huellas de una vida minera que nadie se ocupó de recoger. Quizás ese sea el verdadero valor de Virginia II. No lo que produjo, sino todo lo que dejó sin contar.
Más info: la travesía es parte de un recorrido organizado por Mainumby4x4: mainumby4x4.com l @mainumby4x4 l Cel./WhatsApp: +54 9 11 6036 1111.
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