Tuesday 23 de July de 2024
TREKKING | 23-12-2023 19:00

De Iruya a Nazareno: donde se hace camino al andar

Travesía de 80 km durante cuatro días para unir estas dos localidades a través de senderos y huellas prehispánicas. Un lugar para descubrir historias y paisajes majestuosos. Por Dardo Gobbi
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Patricia Daniele
Patricia Daniele

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Editora Ejecutiva de revista Weekend y su web, Editora General de Vivo.Perfil.com y de Luna teen.perfil.com. Columnista de espectáculos en Perfil.com y Reperfilar. Especializada en turismo y servicios al turista, gastronomía y lifestyle, series y TV paga, teatro y recitales, tendencias del mundo joven. TW e IG. @pato_daniele

Recorrer el norte argentino es una experiencia que nunca termina. En esta oportunidad decidí formar parte de una travesía que tiene inicio en el poblado de Iruya y, luego de cinco días de un trekking exigente, culmina en Nazareno. El lugar de encuentro fue la ciudad de Humahuaca, en la provincia de Jujuy. La recomendación es estar uno o dos días antes para aclimatarse a la altura, conocer la ciudad y realizar las compras necesarias para que nada nos falte durante el largo recorrido.

 Primer encuentro

Tras alojarnos en un hostel muy acogedor, la tarde anterior a partir hacia Iruya Mariana, nuestra guía, nos controló las mochilas para que no faltara ni sobrara nada. Ambas cosas son importantes. La travesía es larga y llevar peso adicional durante cinco días en las espaldas puede complicar el viaje. en la siguiente mañana subimos al colectivo de línea que nos llevaría al sorprendente poblado de Iruya, al que se llega luego de 26 km de asfalto por la RN 9, tras tomar a la derecha hacia la RP 13, donde un cartel indica que Iruya se encuentra a 54 km. Allí termina el asfalto y comienza otro viaje. 

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Todo es un continuo ascenso por camino de ripio, hasta llegar al paraje Abra del Cóndor, el punto más alto, a 4.000 msnm. También cambiamos de provincia: ingresamos en Salta. El recorrido es toda una experiencia, no muy apta para los que tienen pánico a los caminos angostos, sinuosos o de cornisa, que de acuerdo al estado se puede demorar unas dos horas en atravesar. Por momentos la trocha es de una sola mano y el continuo zigzagueo hace que las curvas sean realmente atractivas. Los experimentados choferes parecen disfrutar de nuestras caras de sorpresa y emoción en cada maniobra. Realmente se regocijan.
Conocer Iruya es retroceder en el tiempo. Se siente estar presente en un lugar que por su historia y lo dificultoso del acceso ha conservado su original forma de vida, sus costumbres, su forma de comercializar y su arquitectura. Calles empedradas, casas de adobe, subidas agotadoras y una icónica iglesia con la que se identifica al pueblo enclavado en una quebrada entre montañas. En ambas laderas se estableció la población, que está separada por el río Iruya y comunicada por un pintoresco puente.
Al llegar, nos pusimos nuestras mochilas al hombro, pasamos delante de la iglesia y comenzamos a subir por una larga y angosta calle empedrada, hasta arribar al hostel. Nos instalamos y salimos a recorrer las callecitas hasta a un mirador. Cerramos la jornada con una cena y nos acostamos. Al día siguiente, muy temprano, comenzaría nuestro verdadero trekking.

Saliendo de Iruya

Cinco de la mañana era nuestro horario de partida. Luego de un buen desayuno, dejamos el hostel y salimos durante la noche en busca del sendero que nos llevaría a nuestro primer objetivo de la jornada: llegar al paraje Chiyayoc (3.100 msnm). Bajamos por un camino hasta el río Colanzulí (Iruya), lo cruzamos y del otro lado comenzamos a subir. Levantando la vista vimos desde abajo un serpenteante sendero muy empinado. Así comenzaría la experiencia. Con mucho esfuerzo, a primera hora de la mañana empezó el ascenso. Luego de una hora subiendo, llegamos al Abra del Colorado: un punto muy alto desde donde aún se puede ver el pueblo. Desde allí podíamos apreciar el caserío inserto en la quebrada.  Descansamos en la cima y retomamos el sendero. Una zona de planicies nos permitió por un momento tener un treeking tranquilo. Pero solo fue un respiro momentáneo.

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Una inmensidad de montañas aparecieron delante nuestro. Una detrás de otra. En ellas se veían los senderos por donde transitaríamos. No podíamos creer todo lo que nos esperaba recorrer. Subir y bajar. Bajar y subir. Eso fue lo que hicimos en todos los tramos de este trekking inolvidable. Durante el recorrido los atractivos son diversos. Formaciones montañosas, colores que se destacan, poblados abandonados, senderos de cornisa, un cementerio rural, pobladores solitarios y la infaltable presencia de cóndor a cada paso.
Luego de varias horas de caminata, el sol y la sed eran abrumadores. Llegamos a una vertiente de agua dulce, en la que nos refrescamos y cargamos agua para continuar. La jornada fue larga y dura. Caminamos 8 horas y, finalmente, luego de cruzar el río San Juan, visualizamos el paraje de Chiyayoc. Solo un ascenso más y llegaríamos a nuestro lugar de descanso.

Alojamiento en casa de familia

A media tarde pasamos delante de una escuela, la 4.345, y luego encontramos la casa de Ramona y su familia, quien nos alojaría esa primera noche. Cenamos, algunos se acostaron enseguida y yo aproveché para hacer algunas fotos nocturnas. Los cielos en estos lugares parecen más claros y amplios de lo normal. Un manto de estrellas en una noche despejada fue el cuadro ideal. Por la mañana, luego del desayuno, nos despedimos de Ramona y cuando salimos por el sendero vi unos niños que bajaban corriendo de la montaña, miré hacia otro sendero y también venían dos niños más. ¡Corrían a la escuela! Logré retratar el inicio de la jornada escolar. Fue muy emotivo estar junto a la maestra y sus cuatro alumnos en el momento de izar la bandera.  
Retomé el sendero, alcancé al grupo y en unos minutos estábamos nuevamente subiendo en solitario a una nueva montaña. Pasado un rato nos acercamos a una vivienda en lo alto de la ladera. Sus habitantes, al vernos, nos gritaron: “No queremos fotos, no queremos fotos”. Ante esta negativa decidimos continuar en silencio por el sendero, sin siquiera animarnos a saludar. Debemos entender que en esta zona, tan aislada y con creencias muy arraigadas sobre la fotografía, no siempre es bien recibido quien lleva una cámara. 

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Luego de varios ascensos y descensos llegamos a un pequeño poblado, donde observamos terrazas de cultivo en las laderas y planicies de las montañas. Estábamos en el valle del río Trancas. Almorzamos, descansamos unos minutos y continuamos con un ascenso importante. Una hora después llegamos a la cima y allí pasamos a través de una construcción antigua a manera de portal. Era el punto más alto, desde donde divisamos nuestro próximo lugar de descanso: Rodeo Colorado, pero para llegar primero debíamos descender hasta un río y por un nuevo sendero volver a trepar.

Rodeo Colorado

Tras 8 horas de trekking, unas tortas fritas recién elaboradas nos esperaban en la casa donde nos hospedaríamos. Dejamos las mochilas, merendamos y salimos a recorrer el pequeño pueblo. Una cancha de futbol oficia de plaza central y lugar de encuentro. A su alrededor se hallan algunos comercios, la escuela y una pintoresca iglesia. Nos atrapó el atardecer. Luego de cenar nos acostamos temprano para recuperarnos de la segunda jornada.

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Por la mañana, temprano nuevamente, nos cruzamos con alumnos que asistían a la escuela, los saludamos y, atravesando el pueblo, retomamos la huella del trekking. Subimos hasta el Abra Del Sauce, un punto panorámico excepcional, y luego llegamos al poblado de Molino. Este es un pueblo más activo, ya que se puede acceder en vehículo hasta allí y eso determina mejores construcciones, acceso al gas en garrafas y otros beneficios.
Continuamos y el sol de la mañana comenzó a ser cada vez mas fuerte. Bajamos hasta el cauce del río Nazareno, dentro de una gran quebrada. Llegó el momento de dejar las montañas por varias horas y transitar por el lecho del río, que es serpenteante, así que trazamos una línea recta imaginaria y comenzamos nuestro recorrido, atravesando su lecho a cada rato. Nos colocamos calzado de vadeo y colgamos las botas por unas horas. La sombra era inexistente, el sol no daba tregua, pero el agua nos refrescaba a cada paso. Como diversión, contamos las veces que cruzamos el Nazareno: fueron 96 durante casi cuatro horas. Agotador, pero al menos ese día no tuvimos subidas. La caminata fue sobre piedras, arena y mojándonos los pies a cada momento. Antes del oscurecer llegamos adonde armaríamos nuestro campamento, ya que pasaríamos la noche en carpas, a orillas del agua. Así que aprovechamos el momento para lavar ropa, bañarnos, matear, hacer pochoclos, charlar y disfrutar. Por la noche, un gran fogón, comida caliente, vino, fotos y a descansar nuevamente.

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Ultimo día

Por la mañana, luego de desayunar y desarmar el campamento, iniciamos nuestro último recorrido para llegar a Nazareno. Nos esperaba una caminata de cuatro horas: las primeras dos por el río, ahora más caudaloso, y luego por un sendero en ascenso para encontrarnos nuevamente con las montañas. Pasamos por una caída de agua, descansamos y comimos algo antes de retomar el recorrido. Cuando nos quisimos acordar, ya estábamos en Nazareno. Habíamos llegado luego de casi 80 km de caminata con mochilas. Buscamos nuestro alojamiento, 
dejamos las cosas y salimos al encuentro de un lugar donde poder festejar la inolvidable travesía. Habíamos transcurrido cuatro días recorriendo montañas y valles de altura salteños, transitando por las fantásticas sendas incas que actualmente recorren los pobladores de la región. Realmente, ¡inolvidable!

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Patricia Daniele

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Editora Ejecutiva de revista Weekend y su web, Editora General de Vivo.Perfil.com y de Luna teen.perfil.com. Columnista de espectáculos en Perfil.com y Reperfilar. Especializada en turismo y servicios al turista, gastronomía y lifestyle, series y TV paga, teatro y recitales, tendencias del mundo joven. TW e IG. @pato_daniele

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