Martes 27 de septiembre de 2022
NAUTICA | 17-09-2022 03:00

Relatos a cielo abierto: Barba de gato

Un encantador texto de Toni López rescata las peripecias que se viven cotidianamente cuando se navega. Una pequeña anécdota que nos interpreta como marinos.

Domingo en el puerto deportivo de Colonia. El Norte entra como un cañón y el tamborilear de las drizas contra los mástiles quiebra el sueño de los remolones. No es un temporal que arbole mar adentro de la dársena, pero es más que lo preferido por la flota de principiantes que estrena barcos y brevetes con una aventura en serio.
La primera recalada entre piedras, islas y fuertes corrientes es una tradición en el yachting rioplatense. Las historias de fundaciones, conquistas, piratería y contrabando estimulan la imaginación de los navegantes, que se sienten dentro de la coraza de Magallanes el día que descubrió el paso del Mar del Sur. Y son muchas emociones nuevas… Navegar sin ver la costa; experimentar la incertidumbre de estar haciendo las cosas bien, para ver, después de la nada, la antena de Colonia. Con más inconsciencia que olfato, sortear los pecios de Playa Honda, casi todos sin boyar y los boyados infundiendo bastante respeto. La derrumbada Baliza Sofía advertía por una derrota muy al Norte y la ruta de los alíscafos marca el veril sur. 
En realidad, el cruce no es tan complicado; pero, después de dar el Bajo La Laja, viene la maniobra de amarre, la más difícil de todas en un puerto extraño, y con todo el mundo mirando y opinando; pero con pocas manos tendidas para ayudar.
Esto también lo había pasado Quique Velázquez, con su “Pucará”, y se sintió un descubridor, como todos alguna vez, caminando por las calles empedradas del Bastión del Carmen, con botas de agua y campera, capucha y navaja con rabiza, como una condecoración colgada del cuello, a lo Vito Dumas. 
Pero ahora había que volver. Y algún apresurado aventuraba resultados de lo que les esperaba a los que chapucearan en la maniobra. Se imponía trabajar con los cabos de la rigurosa “barba de gato”, para quedar en condiciones de poner motor sin riesgo de enganches. Por las calles que quedaban formadas entre los dos muelles y las boyas de borneo, con el viento bien de frente, se podría salir del puerto e izar el trapo para el regreso.
Después del festejo, Quique ya había pagado su derecho de piso al quedar varado en la amarra al lado mío. Yo estaba con un microtoner de orza, y su “H-20” calaba un metro. Pero el emperador quería aún más impuestos y el motor del Pucará no arrancó. Las amarras se iban vaciando con el apuro por llegar a Buenos Aires de día, y aproveché para recordarle a Quique que un barco no podía tener nombre de  avión y amarrar en la tierra.
Él me repitió lo de la defensa india, no del Rey, y pensé en darle una mano sin herir su susceptibilidad; pero, sin ningún problema, me lo pidió directamente. Preparamos un plan, aclarando bien las drizas y las escotas. Llegó casi hasta zarpar, pero se detuvo ahí. La tripulación estaba formada por alumnos de la escuela de su Club. Ayer era el hombre barbado que la profecía anunciaba y ahora, en una sola bola, se jugaba toda su fortuna. Hoy que sostiene la balanza y empuña la espada, sería bueno que recuerde que él también tuvo el gesto de condenado al patíbulo, esperando el indulto en los últimos minutos. Entonces me decidí. Abordé el Pucará y repasamos nuevamente la maniobra. Dio instrucciones precisas y se lanzó al combate. Volvía a ser el profeta en su tierra. Había resuelto el modo de salir de allí. Con la cubierta clara empezamos a trabajar con las amarras. Tomados por seno, izamos mayor y foque. La mayor toda, mejor que sobre paño. Alguien caminó con la boya por estribor y el buque agarró estropada. No hizo falta derivar hasta “la segunda calle”, una prestadita y el borde nos dio para salir limpiamente. Así debían esquivar los mástiles de los buques ingleses los otros “Pucará”. El piloto con oficio y alma, y Dios con la providencia. Aunque no era una fantasía: había piratas de verdad y balas que mataban; y héroes, como en los cuentos…
Viré por avante primero y la velocidad del bote era fascinante. Para acercarnos a la cabecera del muelle de madera volví a virar en redondo. Quique tomó el timón. A proa se veía San Gabriel y más allá la amarra en casa. A cincuenta metros de la cabecera del muelle me tiré al agua. ¡Misión cumplida! 
Nadé hasta los pilotes sin detenerme porque la corriente era muy fuerte. Alguien me ayudó a subir. Otro me preguntó curioso qué pasaba. Le dije que el capitán de ese barco gritaba demasiado y yo ya no soportaba más sus malos tratos. Hacía calor y la enérgica nadada no me dejó tener frío. Un poco mareado, me apoyé en el muelle y busqué la vuelta entre el espigón y las islas. 
Seguía agitado, cuando mi amigo se confundió con los otros barcos en el horizonte.

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Juan Ferrari

Juan Ferrari

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