El Telescopio Espacial Hubble de la NASA ha vuelto a poner sus lentes sobre la Nebulosa Trífida, un emblemático objeto astronómico situado a unos 5.000 años luz en la constelación de Sagitario. Esta nueva visita se produjo, exactamente, 30 años después de las primeras capturas icónicas obtenidas por la agencia espacial norteamericana en la década de los 90.
En esta oportunidad, lo que sorprendió a los científicos fue detectar cambios dinámicos en una región que se creía mucho más estática. La comparación de datos históricos les permitió identificar la evolución de estructuras gaseosas que antes eran apenas visibles para la tecnología anterior.
El descubrimiento principal se centra en un chorro estelar o jet de energía -bautizado técnicamente como HH 399-, que emerge de un denso capullo de polvo estelar. Este flujo de gas está siendo eyectado por una estrella recién nacida que se encuentra oculta en el interior de una columna de material oscuro.

HH399: misterioso chorro estelar
Lo más asombroso es que el chorro ha mostrado un crecimiento medible en estas tres décadas, extendiéndose miles de millones de kilómetros en el espacio profundo. Este fenómeno les ofrece a los astrónomos una oportunidad única para estudiar, en tiempo real, cómo las estrellas jóvenes moldean su entorno.
La Nebulosa Trífida es famosa por su apariencia única, que combina una zona de emisión roja, una de reflexión azul y nubes de absorción oscuras. La radiación ultravioleta de las estrellas masivas cercanas está erosionando lentamente las columnas de gas, dejando al descubierto a las futuras estrellas que allí se forman. Este proceso de fotoevaporación es el responsable de que el chorro de energía detectado sea ahora mucho más nítido y potente que en 1995. La nitidez de la cámara de campo ancho del Hubble ha sido clave para separar el brillo del chorro del fondo nebuloso.

Astrónomos de diversas agencias espaciales coinciden en que este hallazgo desafía algunos modelos sobre la velocidad de formación de sistemas estelares en nubes densas. Los chorros de energía como el detectado actúan como un escape de presión para las estrellas en crecimiento, permitiéndoles acumular masa sin explotar prematuramente. Al observar el crecimiento del chorro durante 30 años, los científicos pueden calcular con mayor precisión la fuerza y la temperatura del motor estelar oculto. Es un recordatorio de que el universo es un lugar vibrante y en constante transformación ante nuestros ojos.
Finalmente, este estudio reafirma la vigencia del Hubble como una herramienta científica fundamental, incluso con la llegada de telescopios más modernos como el James Webb. La capacidad de comparar imágenes tomadas con décadas de diferencia es lo que permite detectar movimientos y cambios de brillo en objetos tan lejanos. Los datos recopilados en esta misión serán fundamentales para futuras investigaciones sobre la dinámica de los fluidos en el vacío del espacio interestelar. La Nebulosa Trífida continúa siendo, después de tres siglos de su descubrimiento, uno de los laboratorios naturales más bellos del cielo.
































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