El miércoles que nos disponíamos a salir a cazar amaneció con pronóstico de lluvias sobre gran parte de la provincia de Buenos Aires. Muchos seguramente salieron a trabajar o eligieron quedarse en sus casas, pero Laurent Sansot, cazador francés, y quien escribe decidimos emprender viaje rumbo a Carmen de Areco. Allí nos esperaba Emanuel Casal, criador de perros pointer, para guiarnos por uno de esos tambos tradicionales donde todavía sobrevive intacta la esencia de la caza menor bonaerense. Era mi segunda salida de temporada y estaba muy entusiasmado tras el resultado de la primera.

Mientras en Capital Federal la lluvia castigaba durante buena parte del día y en Mar del Plata el mar se agitaba bajo el temporal, Carmen de Areco parecía haberse aislado del planeta. Cerca del mediodía el cielo comenzó a despejarse lentamente y el sol elevó la temperatura hasta unos inesperados 27 ºC. El aire tenía ese perfume a tierra húmeda y pasto mojado que sólo aparece después de la tormenta, regalándonos una jornada casi primaveral en pleno mayo.
Elección de los cartuchos
Antes de salir al campo le facilité a Laurent dos escopetas especialmente aptas para esta modalidad: una Franchi Sporting 2000 y una Beretta Silver Pigeon Sporting, ambas calibre 12/70. En cuanto a los cartuchos, eligió los cargados con munición Nº 7 de 32 g, mientras que yo opté por unos italianos con perdigones Nº 7,5 de 28 g, suaves al disparo y muy efectivos detrás de las perdices.
La salida terminó siendo especialmente interesante porque, aunque ya habíamos compartido varios almuerzos y encuentros de camaradería, nunca habíamos cazado juntos durante toda una jornada. Así que, apenas comenzaron los primeros lances, Laurent dejó en evidencia su enorme oficio. Las primeras cuatro piezas cayeron con un solo disparo cada una, mediante tiros rápidos, precisos y muy seguros. Esa contundencia inicial le permitió moverse con absoluta confianza durante toda la mañana.
Pese a ser zurdo, disparó con una escopeta configurada para diestros. Sin embargo, lejos de incomodarlo, el arma se adaptó perfectamente desde el comienzo. Lo más llamativo apareció en los tiros largos y cruzados, esos que suelen desnudar incluso a los mejores cazadores. Allí mostró toda su capacidad, resolviendo situaciones complejas con naturalidad y alcanzando una efectividad superior al 80 %.
Perros en acción
Pero la verdadera postal del día la regalaron los perros. Chiqui del Tacial, una pointer de nueve años, trabajó con la serenidad que sólo dan los años de experiencia, manejando las emanaciones con inteligencia y firmeza. A pocos metros la seguía Hosi del Tacial, su hija de apenas cinco meses, que sorprendió por su entusiasmo y por algunas muestras tempranas capaces de anticipar un enorme futuro perdicero. Verlas avanzar juntas entre los rastrojos tuvo algo difícil de explicar. La experiencia y la juventud compartiendo el mismo instinto detrás de las aves, como si una le fuera enseñando a la otra en silencio. Siempre me gustaron los bretones, pero los pointer poseen una elegancia distinta: el laceo amplio, la tensión de la muestra y esa forma de cortar el viento que convierte cada desplazamiento en una escena casi artística.
En cuanto a la caza en sí misma, las perdices estaban muy bien afirmadas en los rastrojos y sobre los bordes de las pasturas del tambo, por lo que el cupo se completó rápidamente. La abundancia de aves y una mañana generosa en oportunidades hicieron que los lances se sucedieran de manera constante.

Sin embargo, con el correr de las horas el calor comenzó a sentirse con fuerza. Ninguno de nosotros estaba preparado para una temperatura semejante en esta época del año, y las perras terminaron visiblemente agotadas. La situación se complicó aún más porque, a diferencia de otros campos de la zona, en este establecimiento había muy poca agua disponible. Bajo un sol casi veraniego, el esfuerzo de los animales se hacía cada vez más evidente. Por respeto a ellas decidimos finalizar la jornada al mediodía, evitando exigirlas innecesariamente.

Caza mayor y menor: La Pampa picó en punta
Comparativo de terrenos
A diferencia de los grandes campos agrícolas dominados por extensiones interminables de soja o maíz, donde el paisaje suele volverse uniforme y silencioso para la fauna, los tambos tradicionales de la zona de Carmen de Areco conservan una estructura mucho más diversa y favorable para la caza menor. Son establecimientos ganaderos atravesados por pequeños potreros, pasturas naturales, rastrojos, bajos húmedos, alambrados antiguos y sectores con hacienda en rotación permanente. Esa combinación genera reparo, alimento y tranquilidad para las perdices, que encuentran refugio en los bordes de las alfalfas, los manchones de gramilla y los rincones menos transitados por la maquinaria. El movimiento diario del tambo, además, mantiene un equilibrio particular: hay actividad humana constante, pero también una convivencia histórica con las aves, que terminan afirmándose en lugares donde el campo todavía conserva textura, relieve y vida.
Conclusiones camperas
Más allá del cupo cumplido y de los buenos tiros, la sensación que quedó fue otra. Porque hay salidas que se recuerdan no sólo por las piezas cobradas, sino por pequeños momentos que terminan grabados para siempre: una muestra firme recortada contra el horizonte, el ruido seco de una perdiz rompiendo el silencio o una conversación tranquila entre amigos mientras el campo empieza lentamente a quedarse quieto otra vez. El cierre tuvo además un gran momento de camaradería. Laurent había llevado el almuerzo y desplegó una tabla de quesos espectacular, con variedades de cabra y de vaca de enorme calidad, acompañadas por pan francés y distintas bebidas. Bajo el sol tibio de Carmen de Areco, con los perros descansando finalmente a la sombra y las escopetas apoyadas sobre la camioneta, compartimos ese almuerzo de campo que terminó coronando una jornada inolvidable de caza menor bonaerense.
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