El Sahara es un desierto sin nombre: ese vocablo árabe significa “desierto”. Y mide lo que toda China, el más grande del mundo (salvo el ártico y el antártico que son otra cosa). Por eso su nombre propio solo podría ser el sustantivo genérico: es el Desierto de todos los desiertos. Y es la génesis de un género de viaje en sí, que nació con la domesticación del camello. El mundo se recorre entre selvas, mares, cielos, montañas o desiertos. Este será un viaje a fondo por el Gran Desierto del Sahara, surcando Marruecos. Alquilamos un auto común en la milenaria ciudadde Marrakech -capítulo aparte- y nos lanzamos hacia ese paisaje donde “la nada” es “el todo”.

Por una ruta excelente trepamos la cadena del Atlas caracoleando hasta los 2.260 m de altura: el paisaje de sedimentos rojizos me remite a Salta con sus pastores y chivos en la lejanía. Pero la arquitectura es otra: no hay capillas sino mezquitas de recto minarete llamando a los fieles con un canto lánguido. En los pueblos y pequeñas ciudades, todas las casas y edificios -máximo 4 pisos-son de color rojo claro. Ya hay pocas viviendas de adobe -de donde viene el gusto por lo rojizo- pero las de material mantienen el gesto, ese deseo de respetar el color de la tierra sin diferenciarse del otro, en una cultura marcada por la modestia del Islam: no se debe ostentar, en respeto al que tiene menos. Ninguna familia desentona: no vi una sola excepción en una decena de pueblos unánimemente rojos. Y la mayoría de las casas tienen su pequeña muralla, no protectiva -es fácil saltarla- sino contra la mirada, resguardando la intimidad.

Esta parte del viaje por el Atlas y el mundo bereber sigue la Ruta de las Kashbas a la vera del río Dades, unas palaciegas fortalezas levantadas en adobe donde residía un líder local -un pashá- que servía como centro administrativo y de defensa en una región. Aquí paraban las caravanas de camellos del comercio de oro, especias y esclavos. Hoy están casi deshabitadas y algunas en ruinas (unas pocas son hotel de lujo). Alrededor brotaban los kasars, un pueblo laberíntico -también de tierra y paja- cuyo emblema vemos aparecer al fondo de un desvío de tierra a las tres horas de viaje: es el monumental Ait Ben Haddou -Patrimonio de la Humanidad por la Unesco con 1.000 años de existencia-,un rejunte de torres y casas escalonadas de manera superpuesta en una ladera con palmeras al pie. Son una escenografía tan perfecta del pasado norafricano, que decenas de directores de cine tragaron polvo aquí durante días bajo el sol, con tal de ahorrarse el costo del decorado. Un resumen de filmaciones incluye Lawrence de Arabia (1962), La joya del Nilo (1985), Jesús de Nazaret (1977), Marco Polo (1982), La Momia (1999), Gladiador (2000) y TheGame of Thrones (2011).

Estacionamos en un poblado frente a las ruinas para caminar por el lecho de un río que hoy es un hilo de agua y cruzar un puentecito hacia el majestuoso portal de adobe. Atravesamos el palmeral para subir la ladera por un sendero que zigzaguea en el laberinto deAit Ben Haddou, construido con la palma de la mano moldeando el barro. Las edificaciones que llegan hasta hoy son del siglo XVII y la más alta alcanza los 12 metros de alto. Aún viven aquí algunas personas y hay restaurantes con terraza hacia la inmensidad donde tomar un té de menta con baklaba, ese dulce mil hojas con nuez, almíbar y pistacho.
En tres horas llegamos a la ciudad de Ouarzazate: entramos por una ancha avenida con señoriales postes de luz, un eco urbanístico de la colonia francesa. Advertencia: unas pocas rotondas tienen un cartel de STOP. Aunque no haya un auto en kilómetros a la redonda, hay que frenar a cero. Suele haber policías escondidos, listos para la multa.
Pasamos la noche en Oarzazate y al día siguiente seguimos viaje. A 5 km llegamos al Estudio de cine Atlas, creado en pleno desierto en 1983 por una cuestión de comodidad: al terminar de filmar en Ait Ben Haddou, actores y productores se trasladan aquí donde se han reconstruido dos templos egipcios, y aldeas bíblicas y vikingas. En estos sets de filmación bien manteniido donde se rodaron varias películas ya nombradas más Aladino, Asterix y Obelix misiòn Cleopatra y Vikingos. El guía nos filma a todos para un video de souvenir ,actuando en un rito faraónico liderado por una Cleopatra elegida entre el público.

Seguimos viaje por el Valle de las Rosas y las dos noches siguientes dormiremos en la ciudad de Dades: la veo aparecer al fondo de la ruta en la parte baja de un valle arcilloso: rojas las laderas y rojas las casas. Desde allí recorremos las Gargantas del Todra y del río Dades, una espacie de Quebrada de las Conchas salteña con pueblos de adobe y kashbas mordisqueadas por el tiempo.
Aun en la montaña, nos acercamos al Sahara y la arquitectura sigue siendo roja. Me detengo a cargar nafta en el pueblo de M'Semriry el encargado nos invita un té en su hotel La vallée des nómades -en Marruecos la mayoría sabe francés y muchos español- donde recibe motoqueros en travesía. En el patio hay una gran cigüeña, tan cariñosa o arisca como lo puede ser un gato. Hamid Achour cuenta en castellano que la rescató de una tormenta cuando venía río abajo, arrastrada por las aguas: “se lastimó las alas y no puede volar”. Hoy habita como la mascota de la casa. Hamid le abre la canilla para que se acerque a beber y el ave se deja levantar a upa por su cuidador. Me la pasa y la abrazo como a un bebé.

En la jornada siguiente bajamos del Atlas para entrar al legendario Sahara. La arena invade por primera vez el borde de la ruta: ya estamos en el desierto. A los cuatro lados, planicies de arena y piedra casi sin arbustos, donde el escorpión vive un año entre una comida y la siguiente -hidratado con la sangre de su única presa- y se oculta bajo la arena eludiendo el sol. El Sahara tiene 25% de dunas y el resto son hamadas, esta estepa áspera, dura y estéril. Al desierto de dunas lo llaman erg y el más famoso es el Erg Chebbi, hacia el que rumbeamos hoy.
La primera gran duna la divisamos al atardecer, cuando el naranja cenital del mediodía pasa el rojo encendido por los rayos diagonales: acelero para poder arrojarme a una duna antes de que se apague. Ya estamos cerca y nos salimos de la ruta hasta el pie de la montaña de arena, a treparla. Llego agotado a la cima y me derrumbo en éxtasis entre dos abismos. Me daré un postergado gusto: tomo un puñado de arena, lo dejo caer en cascada doblado por la brisa y digo en voz baja -recitando o plagiando a Borges- “estoy modificando el Sahara”.
Llegamos a nuestra base para empaparnos del seco Sahara: el pueblo de Hassi Labied, al pie del Erg Chebbi y su mar de dunas de 350 km². Sus calles son de arena y un millar de personas -ex nómadas o hijos de- viven en casas color desierto levantadas aquí y allá, sin orden ni cuadrícula. A un costado está el oasis de palmeras donde brotan aguas orientadas hacia una acequia en la arena para cultivar verduras: cada tarde los aldeanos vienen aquí a cargar agua potable que sale filtrada desde abajo de las dunas.
Hassi Labied es un oasis, el paraíso de los beduinos. A nosotros, viajeros del asfalto,la armoniosa sonoridad de la palabra “oasis” también nos eriza la piel frente al resplandor áureo de los médanos. En la antípoda oriental de este océano sólido y movedizo, las pirámides de Giza.
La primera noche nos alojamos en el Aiour Luxury Camp sobre la arena del Sahara en sus grandes tiendas como cabañas de paredes flexibles con cama doble, baño, agua caliente y bañera con vista a las dunas por un ventanal. Después de la cena –tajine de cordero- nos citan en una fogata en la arena para una sesión de tambores bereberes que termina en baile colectivo junto al fuego bajo la luna.

Por la mañana salimos a recorrer las dunas en 4x4 y conocer a una señora que vive con su hijo dentro del erg: tomamos un té en su tienda tradicional.La travesía sube y baja por un sector de dunas gigantes hasta un oasis con palmeras y una lagunita en medio de la nada. Luego hacemos sandboard y, al llegar al pie de una duna, hundo las manos en finísimas arenas tibias: no hay nada más puro, límpido y homogéneo que un desierto de dunas cuya aparente infinitud enloquecía a los caravaneros hasta matarlos de sed.
Volvemos a la tienda,a por una siesta: este desierto mudo refleja el 90% de la energía solar que recibe: al caminarlo en horas cenitales, el sol ataca desde abajo entrando por las botamangas.
Al atardecer aparecen dos dromedarios junto a la puerta: los han traído ensillados para sumarnos a una caravana con viajeros de otros campamentos y recorrer el Sahara en su vehículo por excelencia. El mío se llama Shakiro: se posa en la arena condescendiente. Subo y el guía nos ata al resto de la caravana. Comenzamos a trepar una duna en ordenada fila: los dromedarios la recorren por el filo con suprema elegancia. El guía cuenta que un camello macho vale 3.000 euros y una hembra 10.000. Y explica que debajo de las dunas más altas, es donde hay más agua: solo se trata de cavar.
Alcanzamos una cima arenosa de 150 m al atardecer: el horizonte es un mar de olas gigantes con su cresta petrificada. En kilómetros a la redonda, nada difiere con nada. Todo es monotonía milimétrica de piedrita infinitesimal. Y asistimos a un encuentro astral: el sol y la luna tienen pactada una extraña cita. Durante 10 minutos, los dos astrosconviven y se fulminan como cíclopes iracundos, neutralizándose con un rayo mutuo a través de la galaxia.

La segunda noche sahariana la pasaremos en un riad, una casa tradicional marroquí decorada con arabescos y piscina, llamada Villa Amood. La atienden Mustafá -bereber nacido en el pueblo- y su pareja Bárbara, andaluza creadora de la gastronomía de alto vuelo que se cena aquí: ensaladas con atún rojo de Almadraba, jamón ibérico de Huelva, filetes de solomillo y delicias marroquíes como la pastela: una empanada redonda de sabor agridulce con crujiente masa filo en capas, rellena con pollo, frutos secos, cebolla, miel de dátiles, almendras tostadas, canela, azafrán, jengibre y pimienta negra.
Nos quedamos un tercer día a sólo reposar en el desierto y retomamos viaje, siempre por asfalto y hacia el este: adiós Sahara. Hacemos noche en Meknes –antigua capital imperial con un gran palacio real- y luego otras dos en Chefchohuen, el famoso pueblo todo pintado de azul, un laberinto de callejuelas peatonales en una escarpada ladera de una zona de montañas muy verde. Y el destino final -donde devolvemos el auto- es la milenaria Fez con su medina amurallada, que adentro tiene un zoco peatonal con 10.000 tienditas.
Abandono Marruecos con sensaciones superpuestas, una de ellas primigenia: he conocido un oasis, palabra de musicalidad griega y latina: “lugar verde con agua en el desierto”. Es el único rincón habitable en esa invivible inmensidad: en tiempos de las caravanas era la salvación de la muerte más lenta y convulsionante: de sed. Llegar era el bálsamo de no morir, el alivio supremo del beduino en el Sahara. Algo de ese eco remoto vibró en mí al cruzar el fresco umbral de palmeras, ese temblor efímero de placidez que nunca volverá, propio de un oasis.

Datos ùtiles
- Cuándo ir:de marzo a mayo y de septiembre a noviembre
- Dónde dormir en Hass Labied: Hotel Villa Amood(www.riadvillaamood.com)yAiourLuxury Camp (www.riadkasbahaiour.com) ambos desde US$ 220 la doble con media pensión.
- Paquetes:Un tour de 9 días por todo Marruecos en 4x4 con guía en español cuesta U$S 1.500 dólares en base 4 personas (hoteles tradicionales riads 4 estrellas, camps de lujo y algunas cenas), web: www.viajespormarruecos.com, WhatsApp: +54 9 3329 474668
- Más información: www.visitmorocco.com, web oficial del Ministerio de Turismo.
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