Miércoles 6 de julio de 2022
TURISMO | 28-05-2022 15:00

Relatos a cielo abierto: Cabro de Los Cobres

Otro entrañable relato que refleja las desventuras del viajero durante los trayectos entre el punto de partida y el de destino. El camino siempre depara sorpresas y a veces están muy escondidas. Por Rodolfo Perri.
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“Son 4300”, fue la lacónica respuesta a una pregunta acerca de la altura sobre el nivel del mar en aquel momento. 
Estábamos regresando al país por Huaytiquina, uno de los pasos más al norte desde Chile. Piedra, arena gruesa, volcánica y, dominándolo todo, desde los 300 metros hacia arriba, planchones, laderas, bloques de nieve vieja simulando glaciares. Toda la fisonomía impredecible de las cumbres heladas. Atrás quedaba el estrecho hilito de camino de cornisa, frente al Pacífico: Arica, Iquique, Antofagasta, Calama.
Sobrados de aventuras, tras casi un mes de vagabundeo por Los Andes, la columna de vehículos militares producto de un remate de chatarra en Corrientes, había pagado ya con exceso el gasto original. El grupo heterogéneo regresaba saciado de cumbres y sediento de sol, humedad, Paraná brillante y chamamé pegadizo. 
La meta, ese día, era San Antonio de Los Cobres, en la provincia de Salta. Si se observa el mapa, es muy simple, apenas unos centímetros ocupa en el papel. La realidad fue una sucesión de gruesas mantas blanquísimas, que casi hacían  doler la vista. 
A pie desnudo y sapucai, los correntinos nos sacaron de una encajadura brava.  Es que el camino simplemente se perdía debajo de la nieve, y así fue que tropezamos inesperadamente con una zanja. Pero bastó con la juventud y el entusiasmo de aquellos muchachos para resolverlo; y luego, solo se subieron a las camionetas, y todos, otra vez, en marcha.

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Más  allá del límite internacional, el paisaje de lava, salinas y ventisqueros se fue dulcificando con algunos líquenes y arbustos, que a medida que descendíamos, se transformaron en árboles. La altura era ya bastante menor; y algunas quebradas concedían pasto y sombra a las pocas vacas que se arrimaban al camino, en realidad, un sendero milenario, hecho a suela de ojotas, por generaciones de indígenas provenientes de períodos preincaicos, y luego por chasques y cargueros del Inca.
Por fin distinguí entre la bruma del horizonte, algunos techos rojos: San Antonio, sin ninguna duda. Manadas de guanacos, alguna vicuña escurridiza, bandadas de guaypos, y otros habitantes mansos del desierto, nos acompañaron por varios kilómetros. Luego el camino se ensanchó lo suficiente. Tronaron los motores, y el promedio de marcha fue mejorando. Antes de la noche detuvimos la caravana frente a un caserío, que mostraba al incrédulo viajero un cartel insólito que prometía: “Hotel con baños privados”.
Como pudimos fuimos acomodando nuestros castigados organismos, sin ningún orden previsto, en las sencillas camas. El descanso se interrumpió a la hora de la cena. Todo fue buena voluntad de parte del dueño; y apetito y mucha sed de nuestro lado. Por una de esas habituales contradicciones, el vino chileno de la última etapa había sido llamativamente caro y de objetable calidad. Una esperanza nos animó: estábamos a escasa distancia de Cafayate, lugar de justificada peregrinación báquica. Nuestra actitud fue simple, pero terminante: “Carne asada y vino”. Y aquí sobrevino la musa trágica: 
   -El vino se acabó; solo quedaron un par de botellas, -dijo, compungido, el hotelero.

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Caímos entonces en la cuenta de que era sábado por la noche, y que el fin de semana llevaba ya 24 horas.  Los parroquianos habían ejercido el derecho de haber llegado en la mañana y satisfecho una necesidad  muy parecida a la nuestra.
   -Canta, oh musa, la cólera de Aquiles, -respondí, homéricamente, a semejante anuncio.
Pero no estábamos para ironías clásicas en ese lejano reducto de civilización; y además, la situación produjo un coro de protestas y algunas imprecaciones que desafiaron la amable disciplina sostenida durante todo el viaje.
Y entonces, como de acuerdo con el sesgo de ilíada que había tomado la aventura, como de la mano de algún dios invisible, apareció junto a nosotros una figura robusta, cobriza, silenciosa, que nos había auxiliado a nuestra llegada, como un ocasional maletero, sin que siquiera lo notáramos. Un joven fuerte y despierto, todo sonrisas y coplas, que se ofreció solícito a “llevarnos hasta el vino”.
Y ahora canta otra vez, musa, pero en son de risa y de  guitarra. Con nuestro guía y en una de las chatas, llegamos en minutos al galpón de la estación ferroviaria; despertamos al sereno, y, por poco dinero, cargamos no recuerdo el número de damajuanas, pero sí el sabor liviano y picante del vino rojizo. Recuerdo también  la risa inagotable de “Cabro Chico”, como bautizamos a quien acudió en nuestra ayuda.
Pero la noche recién empezaba; los ocasionales amigos, copleros de alma, se multiplicaron en tonadas y bagualas, que nos acompañaron el resto del viaje. Y así no pudo asombrarnos que recién llegáramos a nuestros dormitorios con la claridad del alba, en busca de un sueño largo, sano y profundo. 

Aquí el audio relato completo de Radio Përfil.

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Juan Ferrari

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