Sábado 12 de junio de 2021
TURISMO | 17-11-2017 08:55

Rincones de naturaleza pura

Concepción del Uruguay ofrece playas y verdes que se conjugan con edificios patrimoniales donde el pasado dice presente. Galería de imágenes.
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Huele a tierra mojada, a pasto recién cortado. No es la primera vez que nos pasa al llegar a Entre Ríos. Rodeada de cursos de agua y vegetación todavía salvaje, la provincia corta abruptamente con el cemento tan presente a nuestros ojos, y envuelve física y simbólicamente en su naturaleza. Las lluvias constantes han elevado además el curso del río Uruguay, y la ciudad de Concepción se ve aún más bella desde la costa. A medida que avanza nuestra embarcación, uno toma dimensión de la generosidad de este ecosistema, donde río, selva y playas están siempre a mano. A su vez, en cada rincón, la mixtura con hechos históricos la torna intrigante: el enfrentamiento de Justo José de Urquiza y Pancho Ramírez con los unitarios, las aparentes traiciones a la causa federal, los misterios y acuerdos de masones, emergen como las olas sagaces que embaten ahora el catamarán Lobopé. Gustavo Taverna se ríe: “Tranquilo hermano, que hace un año el agua llegó al techo del restaurante. Esto es cosa de gurises”. Habla de la inundación que en diciembre de 2015 alcanzó casi nueve metros de altura y tapó por completo la isla Cambacuá, la más grande de este río. “Apenas las copas de las árboles se veían”, dice el concesionario de uno de los tesoros uruguayenses que en verano recibe familias y amigos, turistas y parte del tercer parque náutico del país. “Pese a eso no deja de ser un lugar tranquilo, con gazebos, sillas y servicios de playa para pasar un día inolvidable a minutos de la ciudad.”

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Al fin el sol

“Creí que nunca vendrían…”, dice señalando al cielo María Laura Saad, directora de Turismo local. Hace varias semanas que postergamos la visita por las lluvias, pero ahora sí, nada nos detiene. Cambacuá es también un mirador privilegiado de la obra en la Isla del Puerto, un antiguo humedal enfrentado a la ciudad al que ahora puede accederse en auto cruzando el riacho Itapé por un puente. Una avenida de doble circulación iluminada y con veredas amplias recorre los 7 kilómetros de un entorno agreste, lo que la vuelve una meca para runners y ciclistas. Hay algunos senderos de selva en galería para amantes de los avistajes de aves, y puede bajarse por una extensa rambla hacia los 800 metros de playas. Además, algunos restaurantes famosos del centro se instalaron aquí también, y entonces el pescado y los quesos entrerrianos se disfrutan de cara al río. “¿Te animás a volver remando?”, me tienta Gerardo Gay, intérprete naturalista, socorrista y experto en navegación. Cómo no. Nos subimos a los kayaks de travesía y encaramos sin miedo hacia la carpa de Río del Urú. Cada ola nos sacude, pero no es impedimento para disfrutar del sol y esa fuerza bestial que ejerce el lomo marrón sobre nosotros. A la derecha, Santa Cándida vigila el acceso desde lo alto del faro. Sus luces guían no sólo a remeros sino a los enormes buques que llegan al puerto comercial de Concepción del Uruguay, uno de los más importantes de la región. Pero la santa de María Cándida García, madre del general Urquiza, es vigía de esta reserva, de los ciudadanos y navegantes de estos pagos en que campo y puerto, río y tierra, modernidad y tradición, parecen encajar sin grandes contradicciones. La remada viene bien, y alcanzamos la costa donde Marisa Defino nos espera con los cascos en una mano y el mate en otra. “Vamos que hay que pedalear. Esto no termina acá”, dice. La entusiasta esposa de Gerardo es una amante de la aventura: guía de aves, buzo deportivo, instructora de kayak y stand up paddle, socorrista y fotógrafa, lidera la pequeña empresa familiar que también incluye a sus hijos. Además de paseos en bicicletas desde aquí al balneario Banco Pelay, kayak y stand up paddle, senderismo por la ribera y la selva en galería, Río del Urú organiza remadas y caminatas de luna llena en Cambacuá, con un fogón nocturno que incluye las deliciosas empanadas de pescado de factoría propia.

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Siempre Urquiza

El espíritu del primer presidente constitucional argentino habita cada rincón. La ciudad no sólo vio nacer a este hombre complejo de nuestra historia, sino que fue partícipe y escenario de muchas de sus grandes obras y acuerdos políticos. Desde las cabañas Aires de Campo, a metros de la rotonda de entrada donde se erige uno de sus monumentos, hay apenas cinco minutos hasta el centro histórico. En la escalinata de la catedral espera Lorena Kannemann, guía experta. El templo, construido durante la presidencia de Urquiza, alberga hoy sus restos en un imponente mausoleo que no escatima historia. Al parecer, tras su muerte su esposa temió que fuese sacado del cementerio, y decidió traerlo en secreto aquí. Muchos años después se logró ubicar con nombre propio entre otros féretros. Como monumento nacional, la catedral fue restaurada con fondos del Bicentenario, y todos los frescos fueron pintados por un artista de Paraná, quien tomó varias licencias poéticas como la incorporación de paisajes locales, santos americanos y hasta la imagen del Papa Francisco. Otro imperdible es el colegio nacional. “Tres presidentes estudiaron aquí: Roca, que vino de Tucumán; De la Plaza, desde Salta, y Frondizi, desde Corrientes. Y a diferencia del Monserrat (Córdoba) y el Nacional Buenos Aires, sólo un sacerdote fue profesor. Fundado por Urquiza en 1849 con un sistema de becas de alimentación, uniforme y libros para admitir alumnos de clases bajas, fue también el primero en volverse mixto”, señala Kannemann. Pero no sólo el centro histórico está plagado de hitos en relación a Urquiza. Antes de llegar al Palacio San José hacemos una parada en Villa Udine. “Aquí todos lo conocen como Caseros, por el nombre de su antigua estación de tren”, dice Cora, del hospedaje Tierra Linda. Muy cerca de ahí, en San Justo, su madre también maneja una hostería en una antigua casona, y su tía un museo que habla del prócer local, vigente en ambos parajes con recorridos en torno a distintos edificios.

Bien próximo, el Palacio San José no sólo es Monumento Histórico Nacional, sino una referencia histórica que desde 1848 se constituyó en centro político a manos de Urquiza. Además de sus patios y habitaciones, las 120 hectáreas que abarca el entorno permiten conservar el monte típico entrerriano donde el espinal es rey. Allí mismo, y desde hace poco, se realiza un avistaje y acercamiento a la enorme riqueza y diversidad biológica imprescindible para la vida de la flora y fauna nativa, llamada, desde luego, “Las aves del general”.

Nota completa publicada en revista Weekend 542, noviembre 2017.

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