Martes 18 de mayo de 2021
TURISMO | 06-02-2017 09:00

La Costa de Oro canaria

Ubicado entre Montevideo y Punta del Este, el departamento de Canelones ofrece turismo rural, circuito de bodegas y 65 kilómetros de playa de blancas arenas.
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Comencemos aclarando los términos: el gentilicio de quien vive en Canelones es “canario” (debido a la fuerte inmigración que hubo proveniente de las Islas Canarias) y el nombre de este departamento uruguayo no se debe a la comida italiana (aunque la temporada de verano se abre con un canelón gigante de 20 metros que se reparte entre el público) sino a la abundante presencia de un árbol que la ciencia llama Myrsine parvula, pero que se conoce como canelón y que los guaraníes denominan caá pororó, algo así como “hierba pochoclo” debido a que sus ramas chirrian cuando se las pone al fuego. Ahora sí, vamos a realizar nuestro recorrido de campo, playa, gastronomía y naturaleza.

Sol y sombra

“Acá se puede estar todo el día en la playa.” Esto es lo que pensamos mientras pisamos la suave arena de Atlántida, ciudad cabecera de Canelones y ubicada a 45 km de Montevideo. Y lo pensamos porque tiene un particularidad muy práctica: hay árboles donde resguardarse cuando el sol se pone bravo y resultan el lugar ideal para almorzar o dormir una siesta al reparo. Las otras opciones, claro, son hacer un alto en cualquiera de los barcitos y paradores que hay en la playa donde se ofrecen jugos y caipirinhas. Hay muchos.

“Se llama Costa de Oro a la cadena de balnearios que forman los 65 km de costa del departamento de Canelones”, explica Ximena Acosta, directora de Turismo. Algunos de los nombres de las playas son más conocidos, como Los Titanes y Costa Azul, y otros menos, como Las Vegas, San Luis o Araminda. Lo que tienen en común son las grandes extensiones, la tranquilidad y la calidez del agua.

Charly, nuestro guía, mate en mano nos propone ir a comer una tabla de pescados en un restó sobre la playa, y luego de caminar apenas unos minutos (todo está cerca) nos ubicamos en una terraza con piso de madera y techo de paja; ya ese entorno basta para estar distendido y sentirse de vacaciones. “Allá está el Flaco Castro”, nos avisa Charly señalando apenas una mesa donde un hombre muy alto toma algo. “Es el creador de la murga Falta y Resto y su apodo es Tintabrava, por lo creativo e intenso de sus letras; a lo mejor pueden hacer una entrevista más tarde”.

Llega la tabla con las miniaturas de pescados, ensalada y los infaltables buñuelos de algas. “Ahora sí que estamos en la playa”, dice alguien del grupo sirviendo una cerveza sin espuma y todos nos reímos. Después de la comida nos toca una caminata y luego un coctel en un resort de esos donde está todo resuelto: además de las comodidaes imaginables, hay un equipo de maestras y profes de gimnasia que entretienen a los niños de 10 a 20 hs así los padres pueden bajar a la playa, ir al gimnasio, dormir o simplemente charlar en las hamacas paraguayas. Algo que la vida cotidiana no permite demasiado pero que en la Costa de Oro es posible.

Vida campera

Otra de las propuestas fuertes de Canelones es el turismo rural, con establecimientos ubicados muy cerca de la costa, pero donde se ofrece pasar un día en el campo y también alojarse. A la tradicional oferta de comer carne al asador, participar en las tareas rurales (hay animales de granja para los chicos), andar a caballo y meterse en la pileta, se le suma un circuito de bodegas para visitar. Y es lógico que así sea porque en este departamento uruguayo es donde se concentra la mayor producción de jugo de uva y vino del país, cuya variedad destacada es el tannat. La idea del circuito es que el turista recorra bodegas, haga degustaciones y descubra paisajes; las opciones son múltiples y varían según la cantidad de días que se vayan a utilizar y si se quiere hacer en vehículo o en bicicleta. Eso sí: todas las visitas culminan con una cena o almuerzo con platos que fusionan lo casero con lo gourmet y donde la uva siempre está presente de alguna manera.

Nuestra jornada rural termina en Soca, un pueblo a 10 km de Atlántida, probando el fútbol-golf que resulta muy divertido y cuyos partidos para los adultos duran dos horas y solo 45 minutos para los chicos. Una experiencia que demuestra que no es taannnn fácil esto de pegarle a la pelota... pero sí muy entretenido para practicar con amigos, en familia y hasta en pareja.

Comienza el día

Son las 12 de la noche. Estamos en el Country Club de Atlántida donde un cantante de tango accede a los pedidos del público y todos atinamos a sugerirle nuestras preferencias. Luego vienen los boleros y son varias las parejas que salen a la pista, con amplias sonrisas y gesto cómplice. Después llega la salsa y ahí con más audacia que destreza todos salimos a bailar como si fuera la última vez (el calor contribuye a esta actitud). “Ahora todo cambia y empieza la disco”, dice Charly, conocedor del asunto, mientras se van armando las barras y las luces “bien de boliche” y de pronto vemos en toda su extensión el enorme jardín parquizado.

Comienza la fiesta al aire libre, llega mucha gente, se colman los sillones, vuelan los tragos de todos los colores imaginables y la música, que rebota en el estómago, engloba todo el lugar y hace que entremos en una especie de trance rítmico imparable. Visto desde afuera, se parece mucho a las danzas africanas que observamos en documentales donde mucha gente salta con los ojos cerrados y descalza. Así pasan las horas y casi sin darnos cuenta, empieza a clarear. “¡Es hora de la pileta!”, dice alguien que resulta el primero en quedar en traje de baño (vino preparado) y tirarse al agua de cabeza. “¿Vamos?”, nos invitan entre risas. El agua tibia es el final perfecto para comenzar el día.

Nota completa publicada en la edición 533 de revista Weekend, febrero 2017.

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Lorena López

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