La noche del lunes 5 de enero quedará grabada a fuego en la memoria de un aficionado a la pesca deportiva. Bajo una luna llena perfecta y con el agua oscura, esas condiciones que los pescadores de negras saben leer casi como un presagio, Franco Ojeda escribió su propia página épica en la boca de la albufera de Mar Chiquita. Balcarceño, apasionado por la pesca en todas sus formas —desde arroyos y lagunas hasta el mar abierto, el litoral y la Patagonia—, Franco arrancó el 2026 con una sonrisa difícil de borrar. O mejor dicho, con una historia que contará toda la vida: la captura de una corvina negra récord, un ejemplar imponente que detuvo la balanza en 22 kilogramos.

Rayados por la lisa en Mar Chiquita

Su relación con Mar Chiquita no fue casual ni sencilla. Desde hace siete años visita la zona con un objetivo claro: tentar a las negras. Hace cuatro que aprendió realmente a pescarlas, después de incontables intentos fallidos, datos incompletos y muchas noches sin premio. Encontrar los sectores, interpretar las condiciones y elegir la carnada justa llevó tiempo, paciencia y perseverancia. Hoy, ese camino recorrido le valió respeto y reconocimiento entre los pescadores locales cada vez que se planta en la boca. Como todos los 31 de diciembre, Franco llegó a la playa junto a su hijo Danilo. Esta vez, la expectativa era mayor: por cuestiones laborales no habían podido inaugurar antes la temporada de corvinas negras. La última noche del año pasó sin el ansiado pique, pero la revancha estaba a la vuelta de la esquina.

El lunes se presentó ideal. Llegaron justo una hora antes de que el agua comenzara a subir. Mientras Danilo probaba suerte con los chatos, Franco se acomodó entre unas cincuenta cañas que ya poblaban el sector, primero del lado de la reserva. El escenario era prometedor: algunos “pichones” de entre 5 y 6 kilos, una destacada de 13… y esa tensión silenciosa que antecede a lo grande.
A las 22.15, el pique fue apenas perceptible. Una encañada firme y el inicio del drama. La negra salió en una corrida furiosa, llevándose cerca de 300 metros de hilo rumbo al veril que desemboca en el mar. Danilo pidió a los pescadores vecinos que no encañaran para facilitar la maniobra. El equipo, en apenas su tercer uso, respondió a la altura: multifilamento 0,25 mm y chicote del 0,50, bancando una lucha sin concesiones. Cuando el pez asomó en la ola, el impacto fue total. El porte estremeció a todos. El anzuelo estaba firme en el labio, pero la corvina no se entregaba. Pasó más de una hora de combate, con la colaboración de varios aficionados, hasta que finalmente la historia tuvo desenlace.
22 kilos
Un peso que la convierte en una de las piezas más importantes de los últimos años y en récord, según muchos adeptos al lugar, para la boca de la albufera de Mar Chiquita.

La negra se tentó con cangrejo, la carnada predilecta de Franco para este ámbito. “La almeja siempre rinde, pero suele atraer a los ejemplares más chicos. Las capturas grandes todavía no tienen desarrollados los molares para romper cangrejos”, explica con la autoridad de quien aprendió a fuerza de noches y mareas.

Para Franco y Danilo fue, en esencia, otra experiencia compartida. Como tantas vividas en orillas de canales y lagunas, sobre un kayak en el mar o recorriendo el litoral y la Patagonia. Pero esta tuvo un condimento especial: una captura inolvidable, de esas que justifican promesas. La caña y su compañero, un Tica, ambos con apenas tres usos, fue “colgada” tras la hazaña. Porque después de una corvina negra así, coinciden padre e hijo, no hay equipo al que se le pueda pedir más.
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