miércoles 19 de diciembre de 2018
22-11-2018 06:08 | SOCIEDAD

A puro 4x4 tras el Camino del Inca

Un viaje lleno de coloridos cerros, cultura puneña y la historia de un mercenario yankee que vale la pena descubrir.

Amanece en la Quebrada de Humahuaca. El sol estira sus luminosos haces como largos dedos de luz que van coloreando los cerros y sacudiendo los rincones de las quebradas, aún envueltos en la oscuridad de su modorra matutina. La caravana avanza por la ruta. Atrás va quedando la cartelería, que es una muestra de los nombres y lugares más populares del norte de nuestro país, como Hornillos, Maimará y Tilcara, que fueron declarados Patrimonio Natural de la Humanidad en 1988.

Nuestro objetivo está más allá de la quebrada, tras los cerros que la limitan al Este. Vamos tras las huellas del imperio Inca, del Qhapaq Ñam o camino del Inca. Un sector de su traza se encuentra intacto entre los cerros jujeños, pese al paso impiadoso de los siglos.

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Un paisaje de película
Humahuaca todavía está despertándose pero las pequeñas tiendas del mercado local ya están en plena actividad. Gastadas pizarras escritas con tiza, típicos y coloridos atuendos norteños, frutas prolijamente acomodadas, panes, especias y hojas de coca. Atravesamos tal diversidad y colorido camino al puente sobre el río Grande, que nos permitirá desandar la RP 73.

La ruta de ripio es ancha, en buen estado, y lo será así en casi todo el recorrido. Nuestro verdadero desafío, el de hombres y máquinas, será vencer la altura. A medida que avanzamos, el color rojizo de la quebrada va tiñendo nuestros espejos retrovisores, salpicándolos de ocres y amarillos. Una larga recta, un serpenteo y a los pocos kilómetros un cartel señala a la derecha el ingreso al Hornocal, un mirador imperdible y espléndido de la falla de Yacoraite, al que se puede acceder prácticamente con cualquier vehículo (hoy muy publicitado por la película de Francella y Brandoni, Mi obra maestra, ya que es el telón de fondo de la última escena).

Frente a nosotros se abren tres caminos, tomamos el del centro y comenzamos a descender vertiginosamente en zig-zag por la ladera del cerro, cortado a pique.

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Hasta la cima

El camino resulta ser muy estrecho. Una curva a la izquierda nos ofrece un mirador natural. La imponencia del paisaje, al Sur el rojo fuego y los matices de Yacoraite; al Norte, el río Cianzo y su quebrada. Nos sentimos obligados a fotografiarlo, una, dos, tres, cientos de veces. Desde este punto, vemos como la huella que seguiremos desciende al fondo de la quebrada, bordea un viejo cementerio y un pequeño paraje de pocas y sencillas casas, para después seguir vadeando el río y más tarde dividirse.

Nuestro camino es el del Este, que trepa tortuosamente las alturas de los picos más altos, perdiéndose entre sus filos. Al llegar al cementerio tomamos más fotos con el fulgurante y colorido fondo.

Las casas quedan atrás. Vadeamos el río y comenzamos a trepar. El GPS muestra cómo ganamos altura rápidamente, mientras el aire se enrarece y los vehículos parecen desganarse. Manchones de nieve por aquí y por allá contrastan con verdes y ocres. Parece cerca pero necesitamos de un buen rato para llegar a la cima.

Al doblar la última curva a la izquierda, transitando la herida abierta en la montaña, nos encontramos con el monolito del Abra de la Zenta, a 4.589 msnm; hemos subido más de 1.500 metros de altura en los últimos 50 kilómetros. Parada y foto obligada con las montañas en primer plano y el verde de los llanos salteños al fondo. El paisaje es verdaderamente inmenso y curioso. Atrás quedan el ocre y la aridez, desde aquí observamos el verde de las yungas.

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Postales al pasar
Otra vez dos caminos: el de la izquierda, casi una huella, desciende a la par del cauce del río, un desafío por venir. Tomamos el de la derecha, camino a Santa Ana, nuestro objetivo. Las quebradas, ascensos y descensos parecen no terminar nunca. Se suceden una tras otra pero lo abrumador del paisaje y las propias características de cada una de ellas lo hacen sumamente entretenido.

Otra abra, una apacheta y más fotos. Pasamos los accesos de algunos poblados dispersos en el fondo de las quebradas, que parecen aferrarse a sus laderas. Una familia arrea sus vacas en el camino, algunas de ellas parecen desafiar la gravedad al caminar por las cornisas.

En un cerro, una cascada de agua se ha congelado y parece una gran y larga lágrima suspendida en el tiempo. De vez en cuando nos detenemos para que el tubo de oxígeno circule de camioneta en camioneta, dando alivio al soroche o mal de altura, que ha atacado a más de uno.

Seguimos camino. Las ruedas, al pasar por la nieve acumulada, salpican el camino de forma llamativa. Una subida casi cubierta de nieve obliga a esforzar los vehículos, acelerar y maniobrar para lograr la tracción necesaria para trepar. Unos kilómetros más, una curva, un cartel y al fondo el pequeño poblado de Santa Ana. Nos acercamos a él. Unos niños corretean por la calle y la cúpula de una pequeña capilla se asoma entre los techos de chapa. En los faldeos de los cerros se lee el nombre del pueblo.

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Restos del pasado
Una larguirucha figura de poncho rojo sale de un pequeño rancho, se acerca al vehículo mientras yo bajo el vidrio para dialogar. Tiene cara alargada y ojos profundos y celestes, que contrastan con su tez cobriza. Se muestra curioso y pregunta el porqué de nuestro paso por aquí. La charla gira en torno a sus ansias de vender sus llamas y bajar a la ciudad. Un dato curioso me sorprende: su abuelo era estadounidense y vino a pelear en la batalla de Humahuaca, luego conoció a una mujer y se afincó en este lejano lugar, donde tuvo a su hijo –el padre de nuestro anfitrión–.Me voy pensando en esta curiosa y singular historia, sobre el descendiente de un mercenario americano, un Jackaroe que habitó en los cerros puneños.

Desandamos la empedrada calle principal del pueblo, apenas una centena y media de metros, hasta que las últimas casas parecen desperdigarse en el entorno. Unas curvas y contracurvas se hilvanan hasta una nueva abra. Desde allí el paisaje es increíblemente verde. La selva de las yungas en todo su esplendor.

Dos lugareños charlan animadamente sentados al borde del camino, balanceando sus piernas en la cornisa de cara al paisaje. Comenzamos a descender, la senda se estrecha y las curvas copian el contorno de la montaña. Lo hacemos por poco menos de una decena de kilómetros.

En una curva a la derecha, un sendero se desprende del camino y paramos los vehículos. Trepamos primero y luego caminamos por él. ¡Lo logramos! Unos pocos metros más allá se aprecia muy bien delineado, con sus piedras prolijamente engarzadas entre sí, el Camino del Inca. Testimonio de la fina arquitectura del Tahuantinsuyo, en el actual territorio argentino que, con sus avanzadas, llegó aproximadamente hasta la altura de la provincia de Mendoza.

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El imperio más grande del sur
A pesar de las inclemencias del clima, del paso de los siglos y dando fe del esmero en su construcción, el camino se halla en muy buenas condiciones. Los miembros de la caravana lo recorren hacia arriba y abajo, todo lo que les permite su tolerancia física a la altura; a algunos ya les falta el aire.

Al mirar hacia la quebrada, podemos ver cómo serpentea por ella. En muchos lados se observa que la huella vehicular ha aprovechado su traza. Dejo de otros tiempos en que estos tesoros y testimonios del pasado no eran todavía apreciados en su real valía. Nos quedamos un rato allí: algunos simplemente embriagados por el paisaje, otros navegando en sus propios pensamientos, hasta las profundidades de la historia del más grande imperio de América del Sur. Descendemos para que todos recuperen el aire. Una pequeña arboleda a la vera del río Cianzo es la excusa para que la caravana reponga fuerzas y brinde por un próximo destino.


Nota completa en Revista Weekend del mes Noviembre de 2018 (edicion 554)

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