"Yo tengo la hipótesis de que La Cumbrecita es un pueblito que parece sacado de los Alpes suizos o austríacos un poco por casualidad. Porque en cierto momento hubo un solo arquitecto llamado Carlos Valenta, quien era austríaco e hizo unas 15 casas con techo a dos aguas consolidando esta impronta actual en las décadas del ‘40 y el ‘50; después el pueblo no creció mucho y quedó así; además somos una burbuja geográfica porque estamos el final del camino; más allá del pueblo, no se puede seguir”, explica Cristian Mayer a Weekend en su Bar Suizo, creado en 1969 por su abuelo -nacido en Suiza-, a la sombra de un gran pino donde almorzamos una raclette: queso fundido en una olla al fuego sobre la mesa donde sumergimos cuadraditos de salame, carne y pan.

A simple vista, las casas que me rodean parecen de juguete: una tiene en la fachada un gran reloj cu-cú del que salen cada hora –en lugar de un pajarito– tres parejas de baile con indumentaria alpina. O todo esto podría ser una escenografía cinematográfica donde sólo falta Heidi. Pero aquí no hay réplicas: en estas casas vive gente, algunos de ellos descendientes de centro-europeos que llevan una vida muy cordobesa –acento incluido– en el entorno de un cuentito en el Valle de Calamuchita.
Al llegar por el día uno debe dejar el auto afuera, antes de cruzar el puente sobre el río: La Cumbrecita es un pueblo peatonal, potenciando la burbuja y el silencio del bosque que lo cubre y rodea todo. Pero como nos alojaremos aquí, podemos pasar para estacionarlo en la cabaña: no usaremos más el auto en cinco días, ni lo extrañaremos. Porque esta aldea en la suave ladera de un cerro tiene caminos espiralados bajo bóvedas vegetales –no hay cuadras ni cuadricula urbana muy clara– y casas desperdigadas en el bosque. Por eso los zorros andan por la calle como perritos y uno se asoma por la ventana al balcón y ve una ardilla correteando en la baranda de madera.

Al salir a caminar entre altísimos pinos y abedules con plantas trepadoras que tapan el sol, se descubren arroyitos de manantial bajando de la montaña. Las casas tienen mucha madera y canteros llenos de verbenas, dalias, margaritas y hortensias. Y las tejas rojas o negras a dos aguas no son mera coquetería: aquí nieva un poco casi todos los años. Salimos a caminar para conocer el Hotel Cumbrecita, la primera obra construida en el pueblo en 1934 por el berlinés Helmut Cabjolsky, quien compró 500 ha para una casa de fin de semana. Porque él y su familia extrañaban Berchtesgaden, su pueblito de veraneo.
Por un camino de tierra –todos los son– veo a un hombre a caballo con paso cansino. Se llama Argentino Ramírez, uno de los puesteros que baja del cerro a proveerse de garrafas y comida para ellos y sus animales. Algunos están a 5 horas a caballo de aquí: cargan sus mulas y parten a su puesto de campo donde cuidan vacas y chivos. Seguimos caminando por el entorno del pueblo y visitamos los dos cementerios, uno el alemán y otro, el criollo.
Viaje al centro de la Tierra
Al día siguiente partimos a media mañana rumbo a una de las excursiones más singulares del país: bajar a las entrañas de la tierra y caminar por un río subterráneo con el agua a la cintura. Nos pasa a buscar el experimentado guía Juan Busaniche, especializado en espeleología. Abandonamos el bosque del pueblo a pie para atravesar pastizales de altura –el paisaje originario de la zona– como barbas invertidas de pelambre lisa y resistente. Llegamos a la cumbre del cerro Wank –1.620 msnm– y luego a un filo, el punto más alto del recorrido: 1.740 m de altura (pero hemos subido 325 m de desnivel). Un cóndor planea a vuelo rasante cortando el viento con indiferente elegancia.

Seguimos a Juan en fila india para subir un cerrito rocoso: a nuestros pies se abre una gran fisura en V cortando el terreno, cubierta por un derrumbe de bloques de piedra gigantes formando una cueva. Bajamos cuidadosamente 3 m por esa grieta usando cuerda fijas –mera prevención al igual que el casco; no es difícil–, a veces arrastrándonos un poco entre las piedras. Aparecemos en una cámara rocosa donde me paro con comodidad. Nos ponemos un juego de zapatillas de repuesto y entramos caminando a las aguas: están frías, bien frías. Pero el cuerpo se acostumbra y resultan agradables. Recorremos 100 m bajo el túnel de rocas encajonadas. Por momentos está un poco oscuro y en otros se cuelan rayos de sol de aberturas en lo alto. Este es el arroyo Ambach que nace en vertientes a 2.000 m de altura en las pampas de Achala. Llegamos al final del túnel y regresamos por el mismo camino de aguas.
Al salir de las entrañas rocosas retomamos el circuito hasta la cascada Escondida –25 m– camuflada entre helechos y rocas con musgo, al fondo de un valle encajonado. Por momentos veo montañas con ladera verde como campo de golf y abedules rodeados de vacas que me remiten a Suiza. En otros, nos rodean una pradera verde como la campiña inglesa y arroyos que caracolean con playitas de arena blanca casi caribeña: allí recargamos cantimploras y nos volvemos a bañar. A mi derecha, una pareja de caranchos sobre una saliente de rocas observa el panorama buscando carroña.
A la aventura
Ahora avanzamos sobre filos con un profundo valle a cada lado y algunas cimas rocosas parecen ahora un paisaje lunar. A veces pisamos planicies de roca muy lisa, un pavimento natural surcado por vetas blancas de mármol. El circuito mide 11 km y lo completamos en 6 horas. La complejidad es media y la diversidad de paisajes atenúa el cansancio. La excursión se hace todo el año pero el ingreso al agua es sólo de noviembre a abril.

Un día completo lo dedicamos a estar colgados de sogas con técnicas creadas en Los Alpes, en la zona de El Tirol, para cruzar los valles de manera muy rápida sin tener que bajarlos. Vamos al complejo de aventuras El Peñón del Águila, donde la estrella es la tirolesa de cinco tramos y 1.200 m de largo en total. Me pongo casco y arnés, subo a una torre para ganar altura y comienzo a sobrevolar la quebrada descomunal con una cascada en la ladera derecha.
El tramo de mayor altura está a 70 m del suelo y el más largo mide 450 m, alcanzando gran velocidad y emoción, El pase multiaventura incluye una lección de escalada en una palestra artificial y rappel. Almorzamos un plato de goulash de jabalí con spatzle y cerveza negra artesanal preparada aquí mismo. Las mesas están en un deck al aire libre con un abismo a mis pies. Más tarde retomamos la actividad haciendo arborismo: caminamos por 12 puentes colgantes de distinto tipo y complejidad, en el estrato superior de un bosque (hay otro circuito para niños). Para completar el día salimos a caminar por el parque y practicamos tiro al blanco con arco y flecha.
Un trekking a Villa Alpina
El último día lo dedicamos a un trekking llamado El Cruce, desde La Cumbrecita a Villa Alpina, un pueblito aún más pequeño. Salimos por un antiguo sendero de arrieros con el guía Juan Busaniche: mientras nos cuenta sus caminatas por el Himalaya interpreta el paisaje cordobés. Entramos a un denso pinar y al fondo vemos el filo de las Sierras Grandes: más atrás, el cerro Champaquí, el más alto de la provincia (2.770 m). También hay dos cerros cónicos llamados Kristallberg porque brillaban mucho con el sol: tenían bloques gigantes de cuarzo blanco que fueron extraídos. “Pero fíjense que aquí a sus pies, el suelo les brilla como un cielo estrellado: es mica”, dice Juan. Un jote levanta vuelo desde una cerca, pero una lechucita se queda inmóvil, clavándonos la mirada.
Seguimos subiendo por pendientes muy leves hasta un suelo de roca agujereado: son morteros cavados por aborígenes comechingones. Atravesamos arroyos transparentes con lechos de piedra. Entramos y salimos de pinares para surcar pampas de altura con pajonales a 2.000 msnm –pampas de Achala es el nombre genérico– y cruzamos la tranquera de la estancia Cerro Negro. Hasta que bajamos a ese idílico caserío desperdigado que es el paraje Villa Alpina (1.340 msnm). Y nos sentamos a la sombra de los árboles a almorzar sándwiches de milanesa junto al río Los Reartes. Después de una minisiesta al natural, comenzamos a desandar los 9,5 km que hicimos hasta aquí.

Luego de una semana alternando relax y aventura, partimos de Los Alpes cordobeses de regreso a la Argentina, como si un sortilegio nos hubiese teletransportado a Suiza a través de la noche: la ruta nos pincha la burbuja y reentramos a la realidad, pero liberados de la mochila de estrés con la que habíamos llegado.
- Cómo llegar: desde Villa Gral. Belgrano hay 38 km pavimentados hasta La Cumbrecita. Desde Capital Federal, 790 km. Actividades: el trekking a Villa Alpina cuesta $ 78.000 por persona y la excursión a Ríos Subterráneos, $ 74.000. Más Info: www.juanbusaniche.com. Parque temático Peñón del Aguila: www.penondelaguila.com. Más info: www.lacumbrecita.gov.ar, Tel.: (03546) 481088 / 481010.
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