Cortar la semana laboral con una salida de pesca sigue siendo uno de los planes más buscados por los cañófilos. Y si a eso se le suma cercanía, bajo costo y buen pique, el combo es difícil de superar. En ese contexto, el Río Salado vuelve a posicionarse como una alternativa ideal. El destino elegido fue el pesquero El Picurú, ubicado sobre la Autovía 2, a la altura de la localidad de Guerrero. Un punto estratégico que combina comodidad, servicios y buen acceso a la costa.

Un ámbito estable y rendidor
En ese sector, el río presenta un nivel de agua relativamente estable, producto de su dragado y del aporte constante de las mareas provenientes de la Bahía de Samborombón, sumado a las precipitaciones del oeste bonaerense. La jornada comenzó temprano, con una parada obligada para abastecerse de carnada en Carnada El 110, donde las mojarras —clave para esta pesca— siguen siendo la mejor opción.

La Pandorga, donde los sueños se pueden cumplir
A las 8 de la mañana, ya instalados en la costa, el panorama era alentador: poco viento, agua movida y condiciones ideales para intentar con la pesca desde la orilla.

La clave estuvo cerca de la costa
Una de las sorpresas del día fue descubrir que el pique se concentraba en sectores muy próximos a la orilla. Lo notamos al encontrarnos con los amigos de Lumo Pesca, quienes filmaban contenido para sus redes y ya tenían claro como buscar al peje: líneas de tres boyas tipo yo-yo, con brazoladas cortas de apenas 10 cm. El dato no tardó en confirmarse. Al adaptar el equipo y pescar a no más de tres metros de distancia, comenzaron los piques casi de inmediato.

Las capturas incluyeron pejerreyes de entre 25 y 32 cm, junto a la presencia constante de dientudos, que obligaban a diferenciar bien las llevadas.
La mojarra mediana, encarnada de cola a cabeza, funcionó bien en el arranque. Sin embargo, cuando la actividad decayó, el cambio a filet de dientudo permitió reactivar el pique. La profundidad también fue determinante: los mejores resultados se dieron a apenas 10 cm, confirmando que el peje estaba comiendo muy arriba.

Como suele ocurrir en el Río Salado, las condiciones climáticas marcaron el pulso de la jornada. Con la caída del viento y el freno de la marea cerca del mediodía, el agua quedó “planchada” y el pique desapareció casi por completo. Los intentos por buscar mayor profundidad —extendiendo brazoladas a 40 cm— no dieron resultado, dejando en claro que la actividad estaba atada al movimiento del agua.

Más allá de los altibajos, el balance fue positivo. El Río Salado ofrece hoy una opción accesible, cercana y entretenida, ideal para escapadas cortas. Con costos bajos, buena infraestructura y pejerreyes presentes, este clásico bonaerense vuelve a meterse en la agenda del pescador. Además, tiene alternativas, como la carpa, especie que vimos pescar pero pocas y de baja talla, entre otros actores que forman parte de la vida del curso.
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