Saturday 29 de August de 2026
PESCA | Hoy 10:00

El Río de la Plata anticipó la apuesta

De embarcado en el partido de Magdalena pudimos dar con las primeras corvinas rubias de la temporada y, en la misma jornada, con bagres de mar que rondaron los 3,5 kilos. Técnicas, equipos y claves para no fallar en una pesca tan cercana a Buenos Aires como exigente en la lectura del río.
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En pleno invierno, cuando el agua baja la temperatura y el Río de la Plata cambia su pulso, algunas especies migratorias comienzan a acercarse a la costa. Pejerreyes, bagres de mar y corvinas rubias aparecen entonces como protagonistas de una temporada que exige paciencia, conocimiento del ambiente y, sobre todo, buenos datos. Esta vez el objetivo era ir en busca de las primeras corvinas rubias por la zona de Atalaya, en el partido de Magdalena y a corta distancia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No es una pesca tan frecuente en pleno invierno, y mucho menos combinada con bagres de mar de buen porte, por eso el desafío resultaba más que interesante.

El anticipo había llegado de la mano de Javier Pity Sancho, guía de la zona y conocedor minucioso de estos fondos. Según nos había contado, había un volumen importante de corvinas de buen tamaño entre los 3.000 y 5.000 m de la costa, en sectores donde la especie se arrima tanto para alimentarse como para cumplir parte de su ciclo reproductivo y desparasitarse en las piedras del fondo.

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La corvina rubia llega desde aguas saladas, ingresa por la bahía de Samborombón y avanza hacia zonas menos salobres del estuario. Allí encuentra alimento abundante, especialmente el mejillón asiático adherido a fondos duros y malecones, un recurso que también aprovechan otras especies como la boga. Durante unos meses permanece en estos ambientes y, luego, vuelve a migrar hacia aguas más saladas de la zona del Partido de la Costa.

Junto a Alberto Frontoni y el guía llegamos al pesquero con la marea baja, una condición que en Atalaya no permite salir de inmediato. En esta zona se necesita al menos un metro de calado para navegar con seguridad hasta la salida del canal. Finalmente pudimos embarcarnos cerca de las 13 y, media hora más tarde, ya estábamos en el punto elegido. El guía ancló la embarcación y enseguida quedó claro que la jornada prometía. Habíamos preparado los equipos pensando en las corvinas de buen porte que suele entregar Magdalena, y bastaron apenas dos horas para obtener el material necesario.

El momento ideal de esta pesca se da durante la parada de agua, cuando el río queda estacionado. En ese instante la corvina se activa sobre el fondo y se alimenta del mejillón asiático, que puede alcanzar unos 3 cm y que, desde hace años, colonizó distintos sectores del Río de la Plata, transportado originalmente por embarcaciones provenientes de Oriente.

Primeras rubias

Tres cañas fueron más que suficientes. En una de ellas no tardó en llegar la primera rubia de la temporada. El encarne elegido fue camarón fresco en cada anzuelo, una carnada fundamental para esta pesca. Como los lances son cortos, no hace falta atarlo con hilo elástico: alcanza con enhebrar el camarón desde la cabeza hacia la cola para que trabaje bien presentado. Apenas los aparejos tocaron el fondo de piedra, las punteras comenzaron a moverse con un frenesí sostenido. En pocos minutos todas las cañas tenían actividad, con ejemplares que iban desde los 800 g hasta el kilo y medio, que es el tamaño promedio de las corvinas que suelen arrimarse a esta zona.

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La elección de la plomada también es importante. Según la correntada, puede variar entre 40 y 70 g. Lo ideal es que el aparejo no derive y permita pescar casi debajo de la embarcación. Las cañas recomendadas son rígidas, de 2,10 a 2,40 m como máximo, con potencias de 15 a 30 lb (1 lb = 0,453 kg). Los reeles pueden ser frontales tamaño 3000 a 3500, de bajo perfil o rotativos chicos, según preferencia del pescador.

En nuestro caso utilizamos multifilamento de 0,25 mm y unas 30 libras de resistencia, aunque para este ámbito conviene considerar el nylon de 0,40 mm, ya que las piedras pueden cortar con facilidad. La corvina exige una pesca de espera: el pique se lee con cabezazos en la puntera, la clavada no debe ser brusca y, una vez arriba, conviene izarla con copo. Sus púas dorsales y laterales pueden provocar accidentes si se la manipula con descuido.

Las rubias marcan el ritmo

En apenas dos horas de pesca ya teníamos medio cajón de ejemplares y aún quedaban varias horas de luz. La idea era aprovechar ese margen para cambiar de sector e ir en busca de bagres de mar en una zona más profunda. El dato fino de la jornada fue que el tamaño de las piezas mejoró cuando encarnamos con langostino fresco de mayor volumen. También es conveniente llevar magrú fresco, una carnada que en salidas anteriores había dado muy buenos resultados. Casi no fue necesario movernos del lugar. Cada cinco minutos, o incluso menos, alguna de las cañas acusaba actividad. El punto que Javier tenía marcado en su GPS resultó determinante: en este tipo de pesca, estar unos metros corridos puede hacer la diferencia entre una jornada entretenida y una inolvidable.

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La pesca de corvina rubia en Atalaya puede ser muy rendidora en cantidad y tamaño, y resulta ideal para quienes quieren iniciarse con esta especie. Pero no conviene subestimarla: se trata de una pesca migratoria, muy atada a los movimientos del río, a los fondos duros y a la experiencia del guía local. El dato del viento es central. Como se pesca anclado y no al garete, como ocurre con el pejerrey, lo ideal es elegir jornadas con brisas que no superen los 15 km/h. También es fundamental llevar anzuelos bien afilados, porque los piques son constantes y muchas veces sutiles. Por último, una recomendación necesaria: devolver los ejemplares menores al kilo. En esta salida hubo varios, y permitirles continuar su ciclo es una forma simple y concreta de cuidar la pesca que todos queremos seguir disfrutando.

Segundo desafío: bagres de mar

Por la tarde, con el objetivo de buscar mimosos, navegamos unos 5 km más río adentro. Quedaban apenas un par de horas de sol, pero el pronóstico se cumplía: cielo despejado, poco viento y un río que ofrecía una navegación cómoda. Para el bagre de mar el escenario cambia. A diferencia de la corvina, que rinde muy bien durante la parada de agua, el mimoso suele activarse con la corriente. Buscamos entonces sectores de 10 a 15 m de profundidad, con agua corriendo y el guía atento a los puntos del canal donde días anteriores habían aparecido los primeros ejemplares.

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Las concentraciones de bagres de mar se dan en lugares específicos del lecho, por eso conviene llegar con información precisa y anclar bien. Con la correntada en su punto, posicionamos la embarcación, bajamos las líneas y en pocos minutos los equipos estaban trabajando. Para esta pesca utilizamos cañas de variada de 6 a 8 pies, de acción media, con reeles frontales o rotativos cargados con nylon de 0,40 a 0,45 mm o multifilamento de 40 a 45 lb. La línea es simple y efectiva: plomo pasante sobre el nylon del reel -o sobre una madre de 0,50 mm-, esmerillón y brazolada de 1 mm, con anzuelos de abertura generosa, idealmente 5/0 o 6/0. La carnada principal fue anchoíta fresca, en ocasiones combinada con cola de calamar. Se coloca la anchoa entera sobre el anzuelo y se asegura con hilo elástico; el calamar, cortado en tiras o flecos, suma movimiento y aroma al conjunto.

Primeros mimosos

A poco de lanzar, la primera corrida firme llegó en la caña de Javier. Con un cañazo certero clavó el pique y nos regaló la primera emoción de la tarde: un mimoso de unos 3,5 kilos. Casi en simultáneo, Alberto afirmó otro pique y subió un ejemplar de tamaño respetable. La pesca de bagre de mar depende de manera directa de una correntada adecuada. Y esa tarde el río nos dio la ventana justa. Los piques se sucedieron con buenos ejemplares, y tanto Alberto como el guía y quien escribe fuimos repitiendo capturas con asiduidad.

Una vez tomado el timing del cañazo, comenzaron a salir bagres de entre 2 y 3,5 kg. Es una pesca de fondo, aunque el mimoso muchas veces navega a media agua y baja al lecho para alimentarse. Si pescamos a favor de la corriente, el pique se lee con cabezazos; si lo hacemos en contra de ella, muchas veces se manifiesta como un aflojón de línea, porque el pez levanta el plomo al ganar la fuerza del agua.

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Consumadas las dos pescas, y con apenas cinco horas efectivas sobre el agua, la jornada cerró con saldo más que positivo: corvinas rubias, bagres de mar y la confirmación de que Atalaya y Magdalena siguen siendo puertas de entrada privilegiadas a una pesca variada, cercana y de gran calidad. El Río de la Plata, tantas veces imprevisible, volvió a mostrar que, cuando se lo lee bien, ofrece alternativas inmejorables. Está cerca de Buenos Aires, no exige grandes desplazamientos y permite combinar especies muy distintas en una misma salida. Pero también deja una enseñanza clara: en estas aguas, la diferencia la hacen el conocimiento del guía, el respeto por las condiciones y la capacidad de adaptarse a lo que marque el río.

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Gustavo Frontoni

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