La menor presencia de perdices y, especialmente, de liebres, fue una constante en buena parte de los campos recorridos durante la temporada. Cambios ambientales, depredadores, agroquímicos, y transformaciones económicas y sociales conforman un escenario que merece ser estudiado antes de que la disminución se vuelva irreversible. La temporada de caza menor de 2026 dejó mucho más que jornadas de campo, buenos momentos entre amigos y el trabajo de los perros. Dejó, sobre todo, una preocupación que se repitió en casi todos los destinos recorridos: la sensible disminución de las poblaciones de perdices y liebres. En distintas zonas de la provincia de Buenos Aires, especialmente en partidos como Rauch, donde durante décadas las perdices fueron abundantes, la realidad encontrada esta vez fue muy diferente. Campo tras campo, la presencia de estas aves resultó considerablemente menor.
Algunos establecimientos todavía conservaron poblaciones aceptables, pero el panorama general mostró una baja evidente y una distribución muy irregular. Hubo sectores en los que se levantaron varias perdices y otros, aparentemente similares, donde su ausencia fue llamativa. Con la liebre, la situación resultó todavía más marcada. Fue, sin dudas, la gran ausente de la temporada. En lugares donde años atrás era habitual observar o capturar varios ejemplares durante una jornada, esta vez muchas salidas terminaron sin siquiera ver uno.
Un equilibrio que cambió
Las causas seguramente sean múltiples y ninguna, por sí sola, alcanza para explicar el fenómeno. El equilibrio natural de los ambientes rurales se ha modificado y hoy existen distintos factores que ejercen presión sobre estas especies durante todo el año. El zorro ya no es el único depredador con una presencia significativa. En numerosas regiones se observa un incremento de gatos monteses y aves de rapiña, como aguiluchos y otras rapaces, que encuentran condiciones favorables para alimentarse y reproducirse. A esto deben sumarse las transformaciones del paisaje rural, la desaparición de montes, pastizales y refugios naturales, y el uso de agroquímicos. Todos estos elementos pueden afectar directa o indirectamente a la fauna silvestre, ya sea por la modificación del hábitat, la reducción del alimento disponible o la alteración de los ciclos reproductivos.
Frente a este panorama, resulta difícil sostener que el cazador deportivo sea el principal responsable de la disminución de las poblaciones. Su incidencia parece considerablemente menor que la de otros factores que actúan de manera permanente, incluso fuera de la temporada habilitada. Esto no significa que la actividad cinegética deba quedar al margen de controles, cupos y evaluaciones. Por el contrario, la ausencia de información actualizada obliga a extremar la prudencia y a tomar decisiones basadas en relevamientos serios, no en percepciones aisladas.

Caza menor y las dos caras de la perdiz
La meteorología
El clima también tuvo una influencia importante. La temporada comenzó con numerosos campos anegados y pastos muy altos. Recién durante los primeros días de julio llegaron los fríos intensos característicos de la caza menor, que ayudaron a reducir la altura de la vegetación. Estas condiciones alteraron la distribución y los movimientos de la fauna, además de dificultar el trabajo de los perros y la observación de los animales. Las recorridas realizadas por campos de Buenos Aires y Entre Ríos mostraron realidades muy diferentes. Sin embargo, hubo un comportamiento que se repitió con cierta frecuencia: muchas perdices parecieron concentrarse cerca de pueblos, casas y zonas habitadas.

Una posible explicación es que en esos sectores encuentren mayor protección frente a los depredadores naturales que en el campo abierto. Se trata, por ahora, de una observación surgida de la experiencia en el terreno y que requeriría estudios específicos para ser confirmada.
Galgos y liebres
A los factores ambientales se suma otro fenómeno señalado cada vez con mayor frecuencia por productores, cazadores y vecinos de distintas zonas rurales: la presencia de criadores de galgos que utilizan caminos y campos cercanos a los pueblos para entrenar a sus perros. Desde la prohibición de las carreras de galgos en la Argentina, parte de esa actividad se habría trasladado al entrenamiento en áreas rurales. Según distintos testimonios, estas prácticas suelen realizarse durante la tarde y, en algunas ocasiones, las liebres son perseguidas y utilizadas como presa.
No existen estudios que permitan medir con precisión el impacto de esta actividad sobre las poblaciones. Sin embargo, se trata de un aspecto que merece ser considerado dentro del conjunto de presiones que actualmente soporta la especie. Al igual que ocurre con los depredadores naturales, las modificaciones del ambiente y el uso de agroquímicos, no sería responsable atribuirle toda la disminución a una sola causa. Pero tampoco corresponde ignorar una práctica cuya frecuencia parece haber aumentado en diferentes regiones bonaerenses.
Comercio en retroceso
A diferencia de lo que podría suponerse, la menor presencia de liebres no generó un mayor interés comercial por su captura. Ocurrió, en buena medida, lo contrario. Años atrás, la Argentina llegó a contar con alrededor de 22 frigoríficos dedicados al procesamiento y la exportación de liebres. Actualmente, según los datos recogidos dentro del sector, apenas tres permanecerían en actividad. La pérdida de mercados, los cambios económicos y el aumento de los costos redujeron progresivamente una actividad que durante décadas tuvo una presencia importante en el ámbito rural.
Como consecuencia, también disminuyó el número de cazadores profesionales dedicados a la captura comercial. La mayor parte de quienes todavía continúan trabajando se concentra en el sur de la provincia de Buenos Aires, donde subsiste cierto nivel de demanda. En la actualidad, una liebre puede pagarse, dependiendo de la zona y de las necesidades de los compradores, entre $ 6.000 y $ 7.000 por ejemplar, además del costo de la munición. Sin embargo, esos valores difícilmente alcanzan para cubrir los gastos de una salida. Una jornada nocturna puede demandar una inversión mínima cercana a los $ 400.000. Se necesita una camioneta, combustible, dos reflectoristas, dos cazadores y todos los recursos propios de varias horas de trabajo. A ello se agrega el riesgo permanente de sufrir roturas mecánicas o desperfectos en los vehículos. Una sola reparación puede consumir la rentabilidad de varias jornadas.
Algo similar ocurre con el cazador deportivo. El combustible, los permisos, los traslados, el alojamiento, las comidas, las municiones y el mantenimiento de los equipos y los perros volvieron cada vez más costosa una actividad que, para muchos, dejó de ser accesible con la frecuencia de otros tiempos.
Falta de herencia
El deterioro económico se combina con otra realidad evidente: la falta de renovación generacional. Cada temporada resulta más difícil encontrar jóvenes que se incorporen a la caza deportiva. No se trata solamente de una cuestión de costos. También intervienen profundos cambios sociales y culturales, una menor vinculación con el campo y nuevas formas de entender la relación entre las personas y la fauna silvestre.
Este contexto resulta importante porque demuestra que la problemática de la perdiz y la liebre no está vinculada únicamente con cuestiones biológicas o ambientales. También existen transformaciones económicas, productivas y sociales que modificaron profundamente la actividad cinegética en la Argentina. Ojalá lo observado durante esta temporada no sea el anticipo de lo que vendrá. La perdiz y la liebre forman parte del paisaje rural argentino desde hace generaciones.
Conservar sus poblaciones significa cuidar mucho más que una actividad deportiva. Significa preservar un patrimonio natural que necesita ser observado, estudiado y protegido mediante información confiable, controles adecuados y una gestión responsable. Antes de buscar culpables, será necesario producir datos. Sin relevamientos periódicos, estadísticas de población y estudios sobre el impacto de cada uno de los factores mencionados, cualquier conclusión seguirá apoyándose más en impresiones que en certezas. Y en materia de conservación, actuar solamente cuando la ausencia de animales ya resulta evidente suele ser actuar demasiado tarde.
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