Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

Los platos de cada provincia marcan su identidad. Foto: Weekend.

PARA ELEGIR

24 experiencias gastronómicas con sabor a vacaciones de invierno

A través del paladar recorremos cada una de las provincias y también la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para descubrir sus platos típicos, algunos de nombre casi desconocido por muchos viajeros.

Por Marcelo Ruggieri

Nuestro país ofrece numerosos paisajes en toda su extensión, pero además una variada gama de platos típicos y tradicionales como para engalanar el paladar de todos los visitantes. Cada región encierra sus propios secretos culinarios, donde hay afamadas comidas, y también otras legendarias y de pueblos originarios no tan conocidas que cobran importancia e integran este circuito del buen comer que se disemina por las distintas latitudes. 

Invitamos a un imaginario tour gastronómico por todas las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para conocer cada una de estas exquisiteces. Un plato por provincia, menús bien diversos para tener en cuenta a la hora de emprender el viaje.

El recorrido se inicia por el norte, donde las auténticas recetas provienen de los tiempos prehispánicos y coloniales. Jujuy abre este periplo con su “sopa andina o calapurca” que se cocina introduciendo una piedra volcánica al rojo vivo directamente en la cazuela, lo que brinda un particular sabor ahumado (lleva maíz pelado, carne de llama o charqui –deshidratada– y ají). Salta por su parte, destaca sus famosas “empanadas” que se caracterizan por su tamaño mediano y su cocción al horno de barro. El relleno es a base de carne cortada a cuchillo, papa cocida en cubos pequeños, huevo, cebolla de verdeo y el infaltable toque picante del ají de la zona. Aparece Tucumán, también con sus infaltables “empanadas”, pero donde el secreto está en el uso exclusivo de matambre cortado a cuchillo, mucha cebolla blanca, comino y jugosidad extrema, acompañadas por un gajo de limón.

Cabrito al asador y jigote

La ruta se dirige ahora hacia el noroeste andino, donde Santiago del Estero presenta su “cabrito al asador” y su gran secreto para asarlo: la paciencia y la lenta cocción en estaca con leña de quebracho o algarrobo, lo que logra una carne tierna y una piel crocante inolvidable. Lindera se encuentra Catamarca y su tradicional “jigote”, un plato muy semejante a la lasagna criolla. Se prepara en capas donde se intercala carne picada aliñada, huevo duro, queso fresco, verduras y pan remojado en caldo; todo horneado en cazuela de barro.

Hacia la otra banda, el noreste y el litoral se vincula con los ríos de agua dulce, como el Paraná y el Uruguay, más la mandioca y los quesos. En el caso de Formosa, allí está su sabroso “chupín de surubí o pacú”, verdaderas cazuelas donde los filetes de pescado se cocinan lentamente en capas junto con cebollas, morrones, tomates, papas y un toque de vino blanco. En tanto Chaco ofrece su “chicharrón con gofio” que consiste en trozos de carne de cerdo cocinados en su propia grasa hasta quedar crocantes, rebozados luego en gofio (harina de maíz tostado). 

Por tierras coloradas entramos a Misiones donde se alista el “mbeyú y el reviro”. La primera es una torta frita de almidón de mandioca y mucho queso fresco, crocante por fuera y suave por dentro, mientras que la segunda, llamado “el pan del mensú”, es una masa de harina, agua y sal que se pica en la olla mientras se cocina hasta formar sutiles grumos dorados. 

Mbaipy y dorado a la parrilla

Le sigue Corrientes y su infaltable “mbaipy”, una polenta de origen guaraní, densa, calórica y deliciosa, que se elabora con harina de maíz, queso de campo y se enriquece con pollo, carne de vaca o chorizo. Por último, Entre Ríos que nos deleita con un “dorado a la parrilla”, asado suavemente a las brasas. Se suele condimentar de manera simple con jugo de limón, ajo y perejil, o con una salsa de roquefort.

Avanza nuestro viaje por la región central del país, cargado de inmigraciones europeas y las mejores pasturas para el ganado. La provincia de Buenos Aires exhibe orgullosamente el “asado de tira y el costillar”, especialmente en sus estancias y en los restaurantes de campo que se encuentran por sus pueblos. El costillar entero al asador es toda una ceremonia (si es con leña de piquilín, aún mejor); y en las parrillas más urbanas, la tira de asado es la reina indiscutida, aunque el vacío y las achuras también juegan en primera. Ingresando a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, uno de los mejores escalones de la tabla se reserva para la “milanesa a la napolitana” y la “pizza de molde”. La primera reviste carne de peceto o nalga empanada, con salsa de tomate, jamón y queso muzzarella gratinado; mientras que la segunda ofrece una masa alta y rebosante de queso, obviamente con todas las variedades que propone el mercado.

Yendo para la docta, llegamos a la tierra del cuarteto y del fernet. Córdoba nos recibe para degustar el “cabrito”, famoso por su carne magra alimentada a base de hierbas aromáticas; y a unos pasos, Santa Fe y su “pescado de río” a la parilla (sábalo o surubí) y el “Carlitos”, un tostado rosarino de pan de miga con manteca, jamón, queso y una generosa capa de kétchup. La Pampa completa esta región con su suculenta “carbonada”, un guiso criollo cocinado a fuego lento donde se equilibran sabores dulces y salados. Lleva carne de ternera, zapallo, maíz, papa y un toque distintivo de duraznos o damascos secos.

Tomaticán y punta de espalda

Rumbeando para la zona cuyana, las postales cordilleranas y los excelentes viñedos están a la orden del día en estas tierras donde se destacan los platos contundentes y los dulces artesanales que maridan a la perfección con sus reconocidos vinos. Así aflora Mendoza con su suculento “Tomaticán”, un guiso rápido, fresco y tradicional de la época de cosecha, que combina abundantes tomates maduros, cebollas, huevos revueltos y orégano fresco (se come tibio con pan casero). Por su parte, San Juan invita con sus “pasteles de novio”, una suerte de empanaditas de carne cubiertas con merengue (toda una rareza dulce-salada); y “punta de espalda”, un corte de carne extraído de la costilla y asado a las brasas. 

En el caso de San Luis, el “chivito a la chanfaina” es lo recomendado: un plato de profunda herencia rural que aprovecha los menudos del chivo cocinados con cebolla, pimiento, ají y un toque de vino blanco, logrando un guiso aromático e intenso. Por último La Rioja y su suculento “locro” que se destaca por ser “pulsudo” (espeso), cargado de maíz blanco, porotos, calabaza, patitas de cerdo, falda y chorizo colorado, coronado con la clásica salsa picante de aceite y pimentón (quiquirimichi).

Gastronomía de supervivencia 

El último tramo transcurre por la Patagonia, que se identifica con la cocina de supervivencia, las carnes de caza, los frutos rojos y la influencia de las corrientes inmigratorias europeas. Abre Neuquén con su destacable “chivito del norte”, a base de animales criados bajo el sistema de trashumancia (pastoreo estacional), y asados típicamente “al candil” o a la parrilla, logrando una carne de una ternura excepcional. Por su parte, Río Negro presenta el “curanto”, originario de la cultura mapuche y arraigado en la zona de Bariloche. El método de cocción es bajo tierra, para lo cual se cavan pozos, se colocan piedras calientes, se cubren con hojas de canelo o alpataco, y encima se cocinan carnes, verduras y manzanas, tapado todo con tierra húmeda.

Llegando a Chubut, la “Torta Negra Galesa” es todo un símbolo. Fue creada por los colonos galeses que llegaron a estas tierras y lleva ingredientes no perecederos (pasas, frutos secos, especias, azúcar negra y licor). Es una torta densa, húmeda y de sabor profundo que puede conservarse perfectamente durante meses. Ya en territorio de Santa Cruz, el “cordero patagónico” al asador luce sus mejores galas. Debido a las pasturas duras y el clima de la estepa, este tipo de cordero tiene una carne magra y un sabor suave e inconfundible. Se asa entero en cruz calando el suelo helado, expuesto al viento y al calor de la leña. Cerrando este espléndido viaje, Tierra del Fuego con su “centolla fueguina y la trucha”. La primera es extraída directamente de las aguas frías del Canal Beagle, y se destaca por su carne blanca, firme y delicada, servida al natural o en cazuelas (a veces gratinadas con queso); mientras que la segunda, es un auténtico y sabroso pez que habita los ríos y lagos de la provincia, toda una delicia que se acompaña con diferentes salsas.

Así, entonces, culmina nuestro viaje imaginario que nos llevó de plato en plato por cada rincón del país. Esta rica gastronomía argentina, la que refleja la fusión de culturas y tradiciones que definen nuestra identidad, y actúa como un puente entre generaciones, donde las recetas se transmiten con orgullo, transformando cada comida en un ritual y un espacio para compartir, disfrutar y fortalecer los lazos afectivos, más aún en vacaciones.

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