Uno de los paraísos pesqueros más cautivantes del país se encuentra en el límite entre Buenos Aires y Río Negro, precisamente en Viedma, una zona con abundante fauna como lobos marinos, orcas, ballenas y un entorno turístico único. Pero, además, es un punto clave para la pesca deportiva gracias a la generosidad del Mar Argentino. Hasta allí viajamos junto a Cristian Martín Idiarte, nuestro referente local, y Miguel Mardones, para relevar Punta Bermeja, un área natural protegida célebre entre pescadores.
En sus costas se pueden capturar róbalos, pejerreyes, sargos, corvinas, pescadillas, gatuzos, rayas y peces elefante. En otras épocas, incluso tiburones bacotas y gatopardos, aunque hoy su pesca está totalmente vedada. Siempre la mejor época para apuntar a una salida robalera se extiende de mayo a fines de agosto, aunque los pejerreyes se pueden pescar todo el año. Sin embargo, en este 2026 la temporada se atrasó un poco, tal vez producto de El Niño, y las zonas más rendidoras fueron Playa Bonita y Pozo Salado.

De ahí que en septiembre también se pueda realizar esta pesca. Es que la temporada alta coincide con aguas más templadas y bien oxigenadas, momento en que la especie sigue las corrientes frías que suben desde el sur y se distribuye a lo largo de la costa atlántica patagónica. La carnada infalible: langostino y camarón teñido de rojo, un detalle clave para tentar a los róbalos. Se trata de un pez de cuerpo alargado y color plateado que se destaca por sus escamas ásperas al tacto y una boca grande y protráctil, con la mandíbula inferior ligeramente sobresaliente. Sin embargo, pescar en estos parajes no es simplemente lanzar una línea y esperar, ya que requiere saber leer el mar muy bien, entender el comportamiento del pez y comprender que los mejores resultados se obtienen durante el inicio de la bajante, cuando el pez se acerca a la rompiente en busca de alimento.

Nos ubicamos en un sector de fondo mixto, con el wader bien ajustado y el agua apenas por debajo de las rodillas. No hizo falta internarnos demasiado: el róbalo suele recorrer la franja intermareal y alimentarse cerca del fondo, entre canaletas, restingas y pequeños manchones de piedra. Con la marea todavía alta, pero comenzando a bajar, encarnamos los dos anzuelos con tiras de langostino y camarón teñidos de rojo, sujetándolos con hilo elástico para que soportaran el golpe del lance.

Cristian nos señaló una canaleta formada detrás de la primera rompiente y lanzamos hacia allí, sin obsesionarnos con alcanzar grandes distancias. En esta pesca, muchas veces resulta más importante colocar la carnada donde circula el alimento que enviarla 100 metros mar adentro.
Después sólo quedó mantener la línea tensa, acompañar el movimiento del agua y aprender a distinguir el roce del plomo contra las piedras de un verdadero pique. El primero llegó con dos golpes cortos sobre la puntera y una presión firme que obligó a levantar la caña y recoger sin aflojar. El róbalo presentó batalla especialmente en los últimos metros, aprovechando la corriente lateral y la rompiente para ganar profundidad, hasta que una ola terminó por depositarlo sobre la playa. Plateado, robusto y con las escamas ásperas cubiertas de arena, confirmó aquello que nos había anticipado Cristian: la espera puede ser larga, pero cuando el pez entra a comer sobre la costa, todo ocurre en unos pocos segundos.
Los equipos
Si bien hay varias posibilidades, la más extendida para esta pesca es una caña de 3,20 m, de 10 a 20 lb (1 lb = 0,453 kg) de potencia. Plomos: tipo palito, gota o perita acanalada de 40 a 50 g, preferentemente sin destrabe. Anzuelos: N° 1 y 2, reel tipo huevito, tamaño 300, con multifilamento del 0,08 (8 hebras). Y líneas conformadas por una madre de 60 mm con dos brazoladas de 40 mm. Apenas Cristian llegó al lugar, bastaron cuatro horas con la marea a favor para obtener más de 15 róbalos de gran porte. En esta época, la especie se acerca a la costa a alimentarse del musgo y mejillón de piedra. Las imágenes hablan por sí solas. Vale el viaje, siempre. Sobre todo si se hace con amigos y un buen guía.

El clima, sin embargo, no acompañó: lluvias constantes y temperaturas por debajo de los 10 ºC. Por eso, él nos compartió una serie de recomendaciones para maximizar resultados y minimizar incomodidades: llevar wader y ropa impermeable con capucha por el viento, revisar tablas de marea (ideal una pleamar, cuando el róbalo se arrima a la costa a comer crustáceos y algas) y llevar más de 10 plomos por jornada. La línea debe incluir brazoladas (mejor dos), colocadas 1 m por encima del plomo, atado directamente al nylon sin mosquetón ni esmerillón. Así, si se pierde el plomo, la pieza capturada aún puede llegar a la costa sin problema.
De qué se alimenta
Como anticipamos, no es una pesca fácil ni por logística ni por exigencia física. Como buen depredador, el róbalo se alimenta de peces más pequeños, crustáceos, moluscos y prácticamente cualquier presa marina que encuentre a su alcance. En el caso particular del róbalo patagónico (Eleginops maclovinus), típico del sur argentino y chileno, la especie ha desarrollado una dieta extremadamente variada y adaptativa, por lo que no sólo consume pequeños animales marinos, sino también el verdín, ese musgo verde que crece sobre las piedras costeras y que, para los pescadores locales, es sinónimo de vida abundante. Sin embargo, para tener éxito lo ideal es contratar un guía conocedor de la zona para dar, además y según la época del año, con excelentes escardones. Es que los fondos mixtos de arena y piedra de este entorno ofrecen un hábitat ideal: refugio, alimento y condiciones estables a lo largo del año para ambas especies.
Conclusión y aprendizaje
En la región de La Lobería, particularmente en Punta Bermeja, los ejemplares suelen presentar tallas que van desde el kilo hasta los 3,5 kg, aunque no son raros los trofeos que alcanzan los 4 kg, verdaderos gigantes que ponen a prueba la pericia y el equipo del pescador. La geografía de Punta Bermeja, con sus fondos mixtos de arena y piedra, genera un hábitat ideal para esta especie, que encuentra aquí refugio y provisiones todo el año. A modo de cierre, digamos que el róbalo, también conocido como lubina en algunas regiones, es uno de los peces más apreciados tanto por pescadores como por cocineros, gracias a su exquisito sabor y a la versatilidad que ofrece en la gastronomía. En la Patagonia es, sin duda, uno de los platos de pesca de mar más preciados, recomendado en varias cartas de reconocidos restaurantes.

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