Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano. Foto: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

AVENTURAS

Gran experiencia en Brasil visitando el reino del Jaguar en el Mato Grosso

Viajamos a las profundidades del Pantanal de Mato Grosso, el gran humedal brasileño, para lograr un encuentro cercano con el mayor felino americano desde lodges en la selva. También realizamos navegaciones para verlo cazar. Fotos: Graciela Ramundo y Tomas Thibaud.

Por Julián Varsavsky

El avión va perdiendo altura rumbo a Cuiabá –capital de Mato Grosso– y, tras la ventanilla, el imán de este viaje: el Pantanal, el mayor sistema de humedales del mundo, una planicie de aguas y vegetación mayor que la isla de Inglaterra. A mis pies, un horizonte semiselvático con espejos acuáticos circulares y una trama ondulante de canales abriendo tajos en la espesura.

Veo un mosaico multicolor con pastizales amarillentos en sectores de sabana con palmeras carandá, intercalados con densos montes de árboles: hay un reino fortificado por fosos de agua cuyo rey es el jaguar, el yaguareté o la onsa pintada, en portugués. Llegar a verlo caminar con la bella indiferencia de las fieras es nuestro sueño. Y el estado de Mato Grosso –en el Parque Estadual Encontro das Águas– es el mejor lugar del mundo para contemplarlo.    

Partimos en combi por la ruta Transpantaneira de tierra roja hacia lo profundo del Pantanal. A cada lado, una vegetación por momentos selvática. Hemos entrado al reino de las aguas, una trama irregular de ríos, canales y lagunas que no se podría atravesar sin puentes: serán 147 km hasta el hotel Santa Rosa Pantanal en Puerto Jofre, cruzando 122 puentes de madera. Cada uno ofrece un pequeño safari: nos detenemos a observar las garzas que caminan las aguas a centímetros de los yacarés: en la orilla hay nueve de ellos, petrificados bajo su coraza gris. Les distingo el parpadeo lateral en sus ojos ámbar con pupila vertical. Alguien se acerca mucho para la foto y salen despavoridos hacia las aguas, que explotan en un bombazo.   

Retomamos viaje y el chofer frena: casi pisamos a una boa curiyú (anaconda amarilla para los locales). Bajamos a verla cruzar la ruta en cámara lenta: mide 3 m y es gruesa como un pierna. Distingo su lengua bífida en forma de horquilla: la saca y guarda cada 4 segundos, moviéndola de manera frenética a derecha e izquierda. 

En el camino visitamos la casa solitaria en pleno Pantanal de la familia Lemes de Oliveira para un desayuno autóctono bajo un gran árbol de mango, y ver a las hermanas Rita y Lucila moldear la cerámica con su manos, haciendo vasijas y capibaras de gran realismo. Más adelante nos detenemos en el Rancho Seu Jorge para un almuerzo pantaneiro con carne de cabeza de vaca, arroz con carne seca y farofa de plátano frito, que termina con canto y guitara en el bosque.

En busca del jaguar

Nos instalamos en el hotel, aislado en pleno Pantanal: tras la ventana, un capibara pasta indiferente. Y en el sendero al restaurante, una víbora: este paisaje rebosa de vida. Antes del alba vamos al muelle del hotel a embarcar en una lancha y navegar el río Cuiabá con su laberinto de vasos comunicantes. En un ambiente a lo “Apocalypse Now” –entre dos muros de selva– el cielo malva deviene dorado y luego azul. A los 10 minutos, el guía descubre movimientos felinos en un pajonal. Apaga el motor y se oye su andar cuadrúpedo, alborotando la vegetación. Pero sólo vemos una familia de monitos alertas sobre un árbol.  

Vamos a la deriva siguiendo al jaguar: es desesperante oírlo sin verlo. Él seguro nos mira. Y en la otra orilla quizá haya otro, controlando su dominio. Una imagen fugaz nos paraliza: un ínfimo claro en el verde revela su lomo con manchas muy nítidas, a metros: desaparece en un parpadeo. Hasta que un éxtasis colectivo irrumpe a bordo: en la espesura, al borde del agua, un macizo jaguar saca medio cuerpo como quien se asoma a un balcón, alumbrado por el sol oblicuo del amanecer que enciende su piel dorada con rosetones negros. Nos clava la vista y hace un lento paneo con la cabeza de derecha a izquierda, escaneando el río en busca de presas. No lo esperábamos tan rápido con su tersura letal que invita a la caricia, ocultando el zarpazo a traición.  

Con nombre propio

Es Patricia, una hembra con un ojo blanco perdido en combate. No hay carne a la vista: da media y se escabulle como quien entra a su castillo verde por un boquete. Para el jaguar, el comer depende del ocultamiento y el acecho. No persigue como el veloz chita de África: caza de un salto. 

Una lancha con viajeros da media vuelta y arranca veloz: los guías desperdigados en el pantanal se avisan cada avistaje. La seguimos. A los 10 minutos, un nuevo jaguar. Es un macho de paso fluido y firme: parece pasear antes que cazar. Avanza con delicadeza suprema por el borde de un pequeño acantilado: se recorta perfecto en el fondo vegetal.

Nos concede una mirada de soslayo y distingo la claridad de sus ojos amarillos con la pupila atroz. Creo que busca provocarnos con su sensualidad felina. O torturarnos con su inalcanzable belleza: uno desea abrazarlo y jugarle como a un gato. Lo acribillamos a clics de la cámara hasta el aburrimiento.

Aún lejos de la hora cenital, la tercera aparición. Una hembra madura brota del matorral y camina relajada por una playita sin nada que cazar, ni siquiera una tortuga, a las que les parte el caparazón de un mordisco. 

Observación privilegiada

El pantanal es un gran campo de batalla: nadie está seguro nunca, salvo el jaguar. La seguimos largo rato desde el agua y decide probar suerte en la otra orilla: se sumerge completamente asomando apenas la nariz, ojos, orejas y la cola enroscada en rulito. Cruza de lado a lado. Pero en lugar de emerger, sigue nadando en paralelo a la orilla.

Herley, el guía, explica: “Va tanteando el fondo con las patas; ahí se ocultan los yacarés dos horas y media sin respirar”. Navegamos en paralelo y avanza con la suavidad de un cisne. Hasta que saca medio cuerpo del agua en un salto y hay un chapaleo feroz que se detiene al instante: había pisado un yacaré. Hubo combate y el reptil huyó.

Esta hembra tiene una habilidad especial: se posa en un árbol sobre el río y espera. Al ver pasar dos ojos en la superficie, salta en clavado al cuello del yacaré y le rompe el espinazo. Más usual es que se sumerja al ver un yacaré a 10 metros: bucea oculta, se le aparece por debajo y lo atrapa. Hay combate submarino y ella emerge con su presa en la boca para escabullirse a comer a escondidas. En medio día de excursión –el plan es salir dos días en doble turno– ya hemos visto a tres ejemplares por un total de 10 encuentros. 

Dejamos Puerto Jofre para ir por la Transpantaneira hacia el Pantanal norte y dormir en las cabañas del Aymara Lodge, no para ver jaguares sino miles de aves y mamíferos como el tapir, ya sea navegando en lanchita, caminando por senderos en la selva y rodando en camioneta para contemplar el amanecer frente a un gran espejo de agua lleno de garzas y jabirúes, donde vimos pisadas frescas de un jaguar. Hay una piscina –a veces se cuelan los yacarés– y guacamayas azules anidan frente a la ventana. 

Desandamos la Transpantaneira para conocer otra geografía de Mato Grosso: el Parque Nacional Chapada dos Guimaraes, un sector de mesetas de 350 m de alto cinceladas por el viento en arenisca roja con sus laderas cubiertas de vegetación, que remite al Gran Cañón del Colorado pero con un verdor intenso que enriquece la paleta de colores. Pasamos la noche en el pueblo Chapada dos Guimaraes y, desde allí, visitamos en 4x4 la Ciudad de Piedra –el sumun de estas mesetas– con su gran Cascada Velo de Novia. Y en el paseo nos bañamos en una gran cascada de aguas cálidas en el complejo balneario Salgadeira.

Partimos de Pantanal en estado de gracia: no vimos una si no 10 veces a la fiera que es la cumbre de la evolución americana. Su cuerpo bajo y macizo de lisura perfecta prescinde de lo superfluo, en pos de una eficiencia letal. Su mordida es la más potente: atraviesa cráneos como si reventara huevos. Su musculatura inconcebible levanta yacarés de 60 kg con la mandíbula, inmune a los coletazos de supervivencia. Su mirada biónica, el olfato sobrenatural, su don de volverse invisible, lo entronizaron como el gran predador del continente, desde Norteamérica a la Patagonia, a lo largo de 2 .000.000 de años de selección natural: se autoperfeccionó para ser imbatible.

No hay animal de belleza tan irresistible y mortal. Por eso los pueblos originarios lo deificaron: le ruegan piedad a un ser mitológico hecho carne que camina, vuela y nada. Hombre y fauna lo reconocen el monarca del Pantanal, pero también de Los Andes, las estepas y la selva tropical: es el ser supremo de nuestra América. Hemos venido a honrarlo en Mato Grosso.

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