Viernes 27 de enero de 2023
TURISMO | 26-11-2022 15:00

Alto Jagüé: perdido al pie de los Andes riojanos

Con algo de pueblo fantasma pero habitado, por su horadada calle central corre un río tres veces por año, si llueve. Sus casas muertas de adobe encierran una dolorosa belleza y una hermosa posada invita a no seguir de largo al volver desde laguna Brava.
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Vamos en 4x4 desde laguna Brava, el gran paisaje de los Andes riojanos. Y haremos los que muy pocos: quedarnos a dormir en el pueblito de Alto Jagüé. Desembocamos en un llano árido levantando polvareda entre las únicas dos hileras de casas del pueblo. La ruta es el lecho seco de un río intermitente que revive tres veces al año con lluvias de verano: es como un cañón horadado hasta los 4 metros de profundidad. La ruta se hunde y veo las casas muy por encima del techo de la camioneta (alguna vez estuvieron a la altura de la calle). 
Estaciono junto a la pared de tierra y subo 10 peldaños cincelados en el sedimento hasta una casa de adobe con el candado puesto. Me asomo por la ventana sin vidrio: ya no tiene techo. La de al lado también está vacía y en ruinas; y la de enfrente, y otra más allá. Algunas parecen habitadas, pero tienen las ventanas cerradas con cobertura de madera. Al menos el 20 % están abandonadas. 

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Regreso al vehículo y avanzamos por las primeras cuadras sin ver un alma. A lo lejos aparece un baqueano emponchado a caballo seguido por su perro. Justo en la mitad de los 5 kilómetros que mide Alto Jagüé, nos detenemos en un almacén sin nombre con dos cartelitos –Coca Cola y Quilmes– clavados en el frente, tan desteñidos que su óxido se mimetiza con los ladrillos de adobe sin revocar. Subo tres metros por escalones. Me paro al borde de la vereda –una de las pocas reforzadas con cemento para que no se la coma el viento–; si saltara a la ruta, me rompería un hueso.
Entro por una puerta verde doble hoja y don Inocencio Cruz se sorprende al verme junto a la heladera alargada y vidriada que ya no funciona: es vitrina y mostrador de pocos productos no perecederos. Su piel es oscura y viste camisa a cuadros con pantalón crema. Ya se iba, pero tiene ganas de charlar: “Yo viví a una cuadra de aquí por 40 años, pero me he mudado a Vinchina. Mi casa materna acá está abandonada. Vuelvo día por medio a abrir el almacén. Tengo 76 años y vendo garrafas, grapa, galletas, yerba, remedios para la puna y la gripe, champú, pan… vendo de todo pero poco; también tengo fernet y cigarrillos… un kiosquero tiene que tener todos los vicios”. 

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Una balanza cuelga del techo y un cartel advierte “Pan no se fía”. Inocencio cuenta: “Mucha gente se ha ido, algo dejaban en las casas y luego los parientes se llevaban las cositas. Este edificio es muy viejo; tiene techo de caña y barro con tirantes de madera. ¡Pero esto no se cae nunca!”
“Buenas, Don Inocencio”, dice un hombre desde el marco de la puerta. Compra un paquete de galletas y conversamos: se llama Ariel Varas, guía turístico. Ariel tiene un lento y sincopado hablar riojano con el que me pinta su aldea:
- No es que el pueblo esté casi deshabitado: hay 120 casas abandonadas y por eso te parece. Y es hora de la siesta. Jagüé existe desde 1697, creo, pero había pobladores antes. Se dice que llegó a tener 5.000 habitantes. Hoy somos 180. Esto quedaba de paso a Chile, a donde iban los arrieros con ganado. Había talleres de herreros para ponerle herraduras a mulas y toros. Pero las personas fueron emigrando y quedaron barrios enteros vacíos. Dejaron de todo. La gente se fue y no volvió más. El éxodo sigue; los jóvenes se van a estudiar y cada vez hay más casas vacías.

A caminar

Inocencio cierra el almacén y salgo a caminar con Ariel por la calle que se hace río. 
- Cuando llueve somos Venecia. Acá confluyen las aguas de la gran planicie. El río corre una hora con medio metro de alto y profundiza la ruta. Y tenemos el viento Zonda con ráfagas de 100 km/h llegando del Pacífico: cruza los Andes y baja rozando las laderas. Esa fricción lo calienta y levanta nubes de polvo en la llanura. A veces el pueblo desaparece: nos quedamos horas encerrados y hay remolinos de 40 metros de alto. Uno muy grande puede arrancar árboles de raíz que caen sobre un cable y nos deja sin luz. El aire caliente te seca la boca y nariz. Y puede dar dolor de cabeza. Si alguien no saluda, se dice “este está zondeado” (te cambia el humor).

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Avanzamos hacia un barrio abandonado y Ariel me muestra sus lugares de correrías infantiles. Los últimos arreos de vacas a Chile fueron en 1960 y los herreros quedaron sin trabajo. Nos asomamos por una ventana a la casa de uno: su taller quedó intacto con hierros por el suelo, tenazas y el carbón con que dobló el metal la última vez. 

Abandonada belleza

Muy cada tanto pasa un auto por la única calle. Me despido de Ariel y entro a casas abandonadas. Parecen brotar de la tierra en un continuo entre arquitectura y naturaleza: el material es el mismo. En los ladrillos de adobe distingo paja seca que mezclaban con barro. Casi todas las casas son iguales: frente rectangular de una planta con techo plano sin decoración y dos ventanas chicas. Las nuevas tienen cemento. Pero lo que intriga es la dolorosa belleza de las casas volviendo a la tierra. Entre ellas crecen los pocos árboles de este desierto con sus tallos irregulares, nunca rectos. No hay dos iguales: se van curvando en zigzag, estriando y retorciendo como trapo de piso. Sus enramadas no tienen forma definida: son árboles despeinados y duros que no se mueven con el viento. No juegan carreras hacia lo alto por la luz, que aquí sobra. Sin adversarios, crecen como se les antoja. 

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Frente a muchas casas se ha desintegrado la vereda. Pero la fachada resiste, fracturada con su puerta al vacío, en muchos casos cerradas para siempre con candado que no resguardan nada: falta la pared del fondo. Lo primero que pierden es el techo. Algunas son pura fachada en disolución, un lánguido reloj de arena midiendo el tiempo en décadas: caído el último grano, dejará de funcionar. Como los hombres, las casas siempre vuelven a la tierra.
Entro a tomar algo fresco en una casa pintada de amarillo: la posada Los Mudaderos. Me recibe Claudia Barrera y cuenta que algunas personas de Buenos Aires compran una casa en Alto Jagüé para venir a descansar: “Hace poco se vendió una con dos lotes bien amplios por 2.000 dólares; y la podés pagar en pesos”. Un caso similar fue el de este confortable lugar, comprado por el platense Carlos del Piero para abrir un hotel. Nos sentamos a almorzar cordero al horno de barro y decidimos quedarnos a dormir.     
A la mañana siguiente salgo a caminar y charlo con el vecino de enfrente mientras riega el patio contra el polvo. Le dicen Freddy –unos 40 años– y viste jean y gorra de béisbol. Le pregunto por el río que a veces pasa frente a su casa. Responde que “cuando llueve fuerte, el agua viene con tanta fuerza que da miedo”.
- Me acuerdo que de chico, vino un vendedor de ropa desde Córdoba que tenía un colectivo, continúa; era un matrimonio grande que cocinaba y dormía ahí. Se han quedao frente a mi casa esa noche, y usted no sabe cómo ha llovido. Y se vino la creciente. El agua llegaba hasta la mitad del bus y desde acá no podíamos hacer nada, no se podía cruzar. Ellos miraban por la ventanilla y la mujer rezaba. Nosotros también. Decíamos “lo va a escarbar y lo va a voltear”. Gracias a Dios y la virgen, empezó a mermar y a mermar, y no pasó nada (después de eso, no han vuelto más). Nuestras gallinas dormían sobre una chapa. ¡Entró el agua y se he las ha llevao todas!

Mano a mano con la historia 

El sol empuja y Freddy me invita a pasar al patio de su casa. Tiene un lorito enjaulado, nuevas gallinas, un mortero diaguita en el suelo y horno de barro. En una finca cercana pastan sus 40 ovejas, algunas vacas y caballos; siembra maíz, perejil y cebolla.

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El padre de Freddy –Don Nicolás– sale de la casa y se sienta con nosotros: “Tengo 80 años pero estoy fresco como una lechuga; pienso llegar a los 120 años”. Lleva patillas largas y canosas, y una gorra que dice “El caporal del pueblo; Ñico Gaitán”. Esta casa de adobe parece muy vieja y pregunto si siempre vivió aquí:
- No, yo he nacido en Las Planchadas, responde, a 10 minutos en auto desde acá. Ese barrio ha quedao abandonado, ya no vive nadie. ¿Le gustaría conocerlo?
Los invito a almorzar en Los Mudaderos y por la tarde conducimos hasta Las Planchadas, una planicie arenosa casi sin árboles con once casas desperdigadas y derruidas: algunas han casi desaparecido. Don Nicolás camina lento pero erguido; habla fluido y bien riojano. Su perro Nerón lo sigue a cada paso:
  - Yo he nacido en esta casa en 1941. La madre mía era de pocos recursos, me han criao unas tías. Aquí viví hasta que he tenido 30 años y después he comprado donde vivo ahora. En este barrio había mucha gente; en cada casa, 6 o 7 personas. Todo aquello era un potrero para sembrar trigo; hacían una parva y la llevaban a caballo al molino de agua que está en la punta del pueblo y todavía se usa. De por allá traíamos la greda, una tierra colorada para hacer cántaros y cocinar. Casi todos tenían 10 o 20 ovejas para faenar. Muchos se iban a Chile a comerciar. ¡Y las mujeres meeeeta tejer! Nos alumbrábamos con leña y después han conseguio unos farolitos a kerosene, era la lucita. 
-¿Por qué se fueron de acá?
- Acá al lado pasa un río. ¿Lo ve allá? Pero hace más de 40 años ha quedao poquita agua y nos tuvimos que ir. Y a los cinco años ha vuelto a salir; pero aquí ya no quedaba nadie. Los años que hace que este barrio se ha desecho… toda esa gente, la mayoría han muerto. 
Me despido de los Gaitán y concluyo que todo el día parece hora de la siesta: aquí no hay ni un barcito y casi nunca he visto gente en la calle en dos días. Si lo pienso mejor, Alto Jagüé no es tan inusual: casi un tercio de la humanidad aún vive bajo adobes. Lo distinto son las casas muertas.

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Julián Varsavsky

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