Domingo 2 de octubre de 2022
PESCA | 16-11-2017 09:24

El pique estaba en la compuerta

Un hermoso espejo para pescar tarariras en un ambiente natural de agua cristalina con juncos y claros, ideal para lograr capturas desde su largo muelle, pero también embarcados o en kayak. Galería de imágenes.
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Desde el año pasado tenía ganas de darme una vuelta por Kakel Huincul, laguna situada en Maipú, sobre la Autovía 2, en el Km 264. Por eso llamé a Lucio Esteberena, gran pescador de esta zona, para ver la posibilidad de compartir una salida de pesca de taruchas con él. Pasaban los días y el clima no mejoraba: si no era por lluvia, era por fuertes vientos. Así que le propuse un: “De todos modos, vamos”. Fue así como nos pusimos en contacto con Marcelo, quien está a cargo del pesquero desde hace 3 años, y nos comentó que si bien las tarariras se mostraban activas, habría que buscarlas con carnada ya que no estaban tomando firme los señuelos.

Ya en camino, hicimos una parada en el Km 71, en el puesto de Carnadas El Biguá, para llevar por las dudas algunos dientudos y filetes de carpa. La idea era no fallar. El ingreso al espejo es por un camino de tierra muy firme, de unos 2.000 m aproximadamente, en buenas condiciones. De todos modos hay que llamar antes de ir al pesquero, ya que los días de lluvia no abre sus puertas.

Encontramos el camping en excelentes condiciones para acampar. Cuenta con un muelle para embarcar y otro para la pesca, de unos 200 m, que se adentra entre los juncales, lugar ideal para probar con las tarus desde costa. También posee una bajada de cemento en la cual es más que sencillo desembarcar.

Estado del ámbito

Con todos los equipos armados y un arsenal de señuelos para darles una gran batalla nos dirigimos hacia el norte del pesquero, zona conocida como La Boca, donde ingresa agua del Canal 2. El nivel del cauce está unos 50 cm por arriba de lo normal, lo que complica un poco visualizar el arroyo que ahora se encuentra algo desbordado: su profundidad promedio ronda los 3 m. Algo a tener muy en cuenta es que posee muchísima vegetación sumergida en casi toda su extensión, sólo queda apenas libre un metro como para navegar en algunos lugares, y también para utilizar señuelos. Esto hace que el agua sea muy cristalina, lo que nos juega en contra, ya que los peces pueden ver nuestros movimientos.

Ya en la zona comenzamos a lanzar los señuelos de flote, paseantes y Badline, pero no obteníamos ninguna corrida. Probé con cucharas y gomitas que en otra oportunidad habían rendido muy bien, pero en cada tiro había que limpiarlas de gambarrusa. Nos movimos unos cientos de metros cerca de la costa donde tal vez estuvieran reposando, y corrimos la misma suerte. Así estuvimos toda la mañana, probando, lanzando, cambiando los muñecos, variando la velocidad, la profundidad... y seguíamos sin tener suerte.

Recibimos el llamado de Marcelo desde la costa que nos estaba esperando con un excelente asado. Obviamente no podíamos resistirnos, así que rápidamente nos encontramos sentados y recibiendo consejos de Norma y Rodrigo –conocedores del lugar– acerca de dónde probar suerte por la tarde.

Luego de la carga de baterías, decidimos ir para el Sur, hacia la compuerta donde, según Marcelo, podríamos lograr algo. Esta compuerta está siempre abierta, sacando agua (como ocurre en estos días) para llegar al nivel deseado. Navegando con cuidado, y varias veces levantando el motor y poniendo reversa para destrabarlo de la vegetación, íbamos parando en cuanto claro veíamos, renovando la ansiedad por dar con las dientonas, pero la respuesta seguía siendo la misma.

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¡Aparecieron!

Ya eran las 4 de la tarde y no teníamos ninguna escama encima. Nos preocupaba también que el viento había comenzado a soplar más fuerte y teníamos que volver con la brisa en contra. Cerca de la compuerta dimos con el último claro, y decidimos probarlo. Por suerte ¡estaban ahí! Ni bien tiramos los señuelos de superficie, debido a la poca profundidad comenzaron a atacarlos, pero con piques fallidos, como a destiempo. Recogíamos con pequeños golpecitos y tampoco; a bajísima velocidad y seguían fallando, la mayoría de los ataques fueron sin poder clavarlas. Lucio decidió dejar una línea con boya plop y carnada blanca probando con pejerrey coloreado y con dientudo. Entonces sí empezó el ataque certero: un toque, una clavada.

Estuvimos hasta las 6 dándole a ese claro sin querer movernos. Por supuesto que yo seguía provocándolas con los muñecos y Lucio sacando con plop, hasta que me rendí, probé también y dimos con varias de ellas. En los primeros intentos pretendimos molestarlas con los plop, dándoles pequeños golpes de caña, pero no se activaban. Dejamos entonces la línea quieta, que sólo derivara por la pequeña corriente que avanzaba hacia la compuerta y ahí sí teníamos ataques, algunas clavadas y otros fallidos.

Los portes fueron medianos, no pudimos dar con las tarus más grandes que sabemos deben estar reposando en el fondo, lugar inaccesible para llegar a provocarlas. En general, están bien alimentadas, hay muchísimas mojarras pequeñas –su principal alimento–, como también vimos numerosas carpas de portes que realmente sorprendían.

Los equipos que utilizamos fueron livianos, de 7 a 12 libras (1 libra: 453,592 gramos) y de 1,80 m, con reeles frontales y rotativos cargados con multifilamento. Hay que estar muy atentos al ataque, ya que buscan inmediatamente esconderse entre la vegetación, donde podemos perder nuestra pieza, hábitat ideal para ellas porque se encuentran más que protegidas para alimentarse y reproducirse.

Muy cerca de la costa, en ambos márgenes, existen sectores de juncos donde no tienen acceso las embarcaciones con motor, pero navegando suavemente con mínimo ruido nos garantizamos pescar las más grandes.

Nota completa publicada en revista Weekend 542, noviembre 2017.

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Daniel Rodríguez

Daniel Rodríguez

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