lunes 14 de octubre de 2019
16-05-2019 12:45 | BIKE

Medio mundo en bicicleta, con punto final en China

La travesía que comenzó en España llegó a su fin tras recorrer 14.000 km y unir Europa con Asia. Una aventura con muchos contratiempos, pero con final feliz. Ver galería de imágenes

La última noche, a muy pocos kilómetros de la frontera con China y en la soledad de mi carpa, repasé mentalmente la Ruta de la Seda y todos los lugares por donde había pasado desde que salí de España. Pretendía comparar las emociones que sentí al planificar y las que sentía en ese momento. La felicidad mezclada con los nervios de haber llegado hasta allí en mi bicicleta no me dejó dormir, pero me sentía en paz conmigo mismo y eso lo eclipsaba todo. El punto elegido para descansar fue un par de kilómetros antes del último pueblo kirguis, y lo hice acompañado de otros dos ciclistas alemanes, de los cuales a uno había cruzado en Macedonia cinco meses atrás.

El paso hacia China fue de todo menos placentero. Entrar por este lado del mundo significa hacerlo a través de la conflictiva provincia de Xinjiang, y ya en la frontera tuvimos problemas: imposible ingresar en bicicleta por acá, y menos con una perra. Nos obligaron a tomar un taxi hasta Ulugqat, distante unos 150 km, y poner las bicis en un camión que debería haber llegado junto con nosotros. Tal cosa no pasó y, entre idas y vueltas, terminamos en un patrullero a las dos de la mañana buscando el camión en un gran estacionamiento dentro del complejo aduanero para recuperar nuestras cosas.

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Un hotel muy raro

Esa noche finalizó en un hotel a las tres de la madrugada, al cual nos llevó la policía y donde nos recibieron los anfitriones con chalecos antibalas, cascos y demás elementos de seguridad impropios para la recepcion de un hotel. Al siguiente día nos encontraríamos con una ciudad completamente protegida y tomada por la policía y los militares, una situación más propia de un país en guerra que de uno como éste. Hay que recordar que la provincia de Xinjiang, antiguo Turkestán, fue usurpada por China hace más de dos siglos y en los últimos años se recrudecieron los ideales independentistas de su poblacion local, la etnia uigur. Las diferencias religiosas y un combo de situaciones transforman a la región más grande de este país en un lugar en donde el gobierno invierte en seguridad más que, por ejemplo, los Estados Unidos en toda su seguridad interior.

Como consecuencia del maltrato al que nos vimos sometidos por la policía y la negación de poder llamar a nuestras respectivas embajadas, mis amigos decidieron al otro día volver atrás, de vuelta a Kirguistán, y continuar su ruta por otro lado. En cuanto a mí, y conociendo este país por un viaje anterior, decidí seguir adelante a pesar de estar advertido por otros ciclistas de lo que me esperaba.

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Mi primer objetivo era Kashgar, mítica ciudad de la Ruta de la Seda, en la que estaría tres días asimilando y obteniendo información sobre lo que me esperaba en el camino. Vale decir que entre Ulugqat y Kashgar hay 100 km de distancia, y que nunca me sentí tan observado y controlado como allí. Más de ocho puntos de control a lo largo de la ruta, en el que algunos eran casi interrogatorios con revisado y borrado de la cámara de fotos incluida, y seguimiento de un patrullero durante kilómetros para evitar que tuviera contacto con la gente, por no mencionar el sinfín de cámaras de seguridad puestas a discreción kilómetro tras kilómetro.

Ni hablar de intentar acampar allí, ya que era imposible, por lo que hice ese tramo en una sola jornada. Llegar a Kashgar fue casi una bendición. A las puertas del desierto de Tamaklán mi ruta continuó por el norte bordeando este gigantesco mar de arena. La soledad solo la rompían las manadas de camellos, los grandes parques eólicos, y algún que otro pueblo cada muchos kilómetros que me permitían pertrecharme de agua y alimentos, y aunque los controles policiales continuaban, de a poco se fueron relajando y me facilitaron disfrutar más de esta parte de China.

A la policía de acá ya no le interesaba tanto saber en dónde dormía, así que contaba con su beneplácito para acampar cada noche, aunque siempre con la disimulada observación de que me alejase de los núcleos urbanos y evitase tener contacto con la población local.

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Esta parte de China es la más calurosa del país, y así lo atestigua su punto más caliente ubicado acá, en Turfán, concretamente en las afueras de esta ciudad oasis, en donde las montañas flameantes no hace mucho registraron 66 ºC, lo que transforma a este sitio en uno de los más calientes del planeta. Cada tarde al caer el sol mi lugar de pernocte eran los pequeños puentes que hay cada 200 m debajo de la ruta para que corra el agua en época de lluvia. Allí pasaba noches muy tranquilas a pesar del tráfico que corría encima de mi cabeza.

Con los días contados

En la última ciudad de esta provincia, llamada Kumul, y con la satisfacción de haberla cruzado a pesar de las dificultades, no tuve más opción que subirme a un tren para llegar a la siguiente capital: Lanzhou, el lugar más cercano que tenía para intentar extender mi visado, y al cual no me daban los tiempos para llegar en bicicleta. No sin algunos problemas, siete días más tarde volvería nuevamente a la ruta para encarar los 600 km que me separaban de Xian, el otro extremo de la Ruta de la Seda, ciudad amurallada, llena de historia y muy cercana al famoso enclave que alberga el mausoleo de Qin Shi Huang, donde se encuentra el Ejército de Terracota, descubierto por casualidad en la década del ‘70.

A partir de Lanzhou el clima cambió, y de las agradables temperaturas del desierto pasé de a poco al frío otoñal más propio de estas latitudes y de la época. Los primeros días de noviembre son el preludio del invierno, y al frío hubo que sumarle la lluvia, por lo que había días que deseaba una ducha y una cama caliente, que sabía que no estarían al terminar el día. Con el odómetro pasando los 14.000 kilometros, el cuerpo sentía los rigores de la magnitud del viaje, aunque interiormente no quería que esto se terminase.

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Doscientos veintiún días después de salir de Alicante y en una jornada con el cielo nublado y la temperatura cercana a los 0 ºC, Pekín me estaba esperando con su aire de gran ciudad y su indiferencia que me hacía sentir insignificante. La entrada fue tranquila, entretenida y relajada. La satisfación de haber cumplido un objetivo semejante y la sensación de grandeza que inunda en un momento así es incomparable. Me fue imposible entrar a la plaza de Tiananmen o parar frente a ella a sacarme una foto con la bicicleta. La severidad de la policía prohibe tales cosas, por lo que tuve que conformarme con hacerme una foto a la pasada. No importaba, estaba allí junto a ella, mi fiel compañera. Habíamos dejado medio mundo atrás. Imaginé que me escuchaba, así que le susurré: “¡Lo hicimos!”. Nada fue más importante en ese momento.

Por: Gabriel Duarte Errandonea

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Etiquetas: España China Bicicleta Travesia Aventura

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