Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

Trekking con geniales panorámicas en los alrededores del dique Los Sauces, donde la aventura riojana tiene múltiples variantes para descubrir. Foto: Pablo Donadío.

AVENTURA

Trekking en La Rioja: una fértil costa sin mar y sin playas

Los misterios de Anillaco, el castillo surrealista, un yacimiento con nidos y huevos fosilizados de dinosaurios, y el dique donde se da cita la multiaventura. Atractivos de los 150 km desde la capital de la provincia hasta las relajantes aguas de Aimogasta.

Por Pablo Donadío

"Arriba compadre, vamo´a costear nomás”, dice Francisco con un mate en la mano. Aún no ha amanecido, y ni el frío invernal parece detener a este joven guía que porta el brío de los caudillos de estos pagos. Cargadas las provisiones, salimos en la camioneta por la RP 75 y, al rato, estamos ya sobre el entramado de pueblos que se extiende al pie de la sierra de Velasco. Los riojanos hablan de ellos como “la costa”, por el hecho de ubicarse al pie del cordón montañoso cuya mayor singular es la fertilidad, y la belleza. No es de extrañar: ríos y arroyos, diques y lagunas, dan vida a olivares, viñedos, árboles frutales y plantaciones de nogales, pero también realzan barrios enteros de jardines perfectos, con arbustos y flores en cada esquina. Todo ello contrasta con cerros rojos y ocres de una provincia que nunca defrauda. 

Al dique

Francisco prometió aventura y parece ser hombre de palabra. Pese al crudo amanecer, el dique Los Sauces regala las primeras imágenes reconfortantes. Ni bien cruzamos por un túnel que atraviesa la montaña, el propio espejo de agua se ve flanqueado por cerros con varias nubes a sus pies. Desde muy temprano, varios kite vuelan entre ellas, apareciendo y desapareciendo cada tanto. Cerca, un grupo se prepara para las líneas de tirolesa que estas paredes, también buenas para la escalada, ofrecen para volar, de otra manera, sobre su lago. Y estas quebradas no se agotan allí, ya que varios prestadores ofrecen cabalgatas y diversas salidas náuticas. Lo nuestro, a esta altura -por suerte- con el sol riojano pegando de lleno, será el trekking. “Iremos hasta la Pollera de la Gitana, y de allí al Pucará”, propone el guía. 

Nos alejamos un poco entonces para retomar el sendero a pie, ladeando un angosto callejón donde una amplia pared muestra pliegues coloridos bañados de monte serrano. Pocos minutos después estamos bordeando el embalse del otro lado de la ruta, pisando la arena y las piedras del lecho del río, para encarar en breve un morro bastante empinado. No es un desafío complejo, pero hay que pisar firme entre rocas sueltas y una vegetación achaparrada, atentos a la resbalada. 

El tramo final implica sortear muros perimetrales y cimientos de piedra que conformaban el antiguo asentamiento de observación y defensa diaguita, y así alcanzar una panorámica amplia del espejo de agua y los imponentes paredones, ya sin nubes bajas. Francisco saca su cámara, tomamos unos mates nuevamente y disfrutamos del paisaje antes del regreso. Aún queda un largo camino.

Sabores y dinos

A ambos lados, la compañía es cada vez más agreste, y se suceden las producciones de vides y olivares. Rápidamente, llegamos a la Villa de Sanagasta, una suerte de portal con una calle central que muestra con cierto orgullo la iglesia consagrada a la Virgen Morenita, popularizada por Jorge Cafrune en uno de sus temas, y que metros arriba muestra varios bustos de personajes relevantes de la provincia, obra del escultor José Omar González. Cerquita, el balneario natural de Huaco y su cascada pequeña, son parte de las salidas de día completo en la zona, junto al tour que visita Las Peñas, Agua Blanca y Anjullón, para destacar sus iglesias centenarias, verdaderos tesoros locales. 

Estos parajes contienen, asimismo, muy buenas bodegas que alternan también la producción de vinos pateros en casas particulares, donde las viñas son parte de cada familia y han hecho de la región de Sanagasta un sitio de referencia, a tal punto que hoy es finalista de un importante certamen vitivinícola. 

Comemos unas empanadas al paso y nos encaminamos a la gran cita de estos pagos. Conocido oficialmente como Parque de los Dinosaurios (IG: @parquedinosauriossanagasta), el yacimiento arqueológico y paleontológico ubicado en las afueras de Sanagasta atesora más de 80 nidos y unos 30 huevos fosilizados de dinosaurios herbívoros (saurópodos titanosáuridos) con una antigüedad de entre 65 y 95.000.000 de años. El lugar ofrece asimismo trabajo científico y difusión turística, lo que permite caminar entre réplicas de varios dinos a tamaño real en el propio sitio donde solían vivir. 

Entre la fama y los mitos

La villa de Chuquis y su museo, y la cabecera del partido, Aminga, quedarán pendientes para una próxima visita, dando paso a Anillaco, donde haremos noche. Hoy el lugar está muy tranquilo, ya sin el furor de los años ’90, cuando le llegó repentinamente la fama. “Teníamos lista de espera. La gente nos dejaba el teléfono para que le avisemos si se liberaba una habitación”, añoran desde uno de los alojamientos cercanos a los viñedos de la zona y a la estancia del ex presidente. Rendidos en el lobby, vemos el hogar chispear y el humo del café ascender por la escalera. 

Es el mejor momento para los chismes. “¿Es verdad que La Rosadita tiene túneles?”, pregunto. La cara del conserje es sugestiva. “Yo creo que hay muchos secretos en esas paredes”, dice sin confirmar ni desmentir. “¿Y la pista?”, insisto. “Bueno, eso ya no es secreto. Tiene unos 1.700 metros y fue construida en 1997, supuestamente para exportar productos agrícolas, aunque nunca fue utilizada para eso y más bien servía para vuelos oficiales y privados. Está habilitada y en buenas condiciones aún”, cuenta. Un largo silencio retoma el protagonismo del quebracho colorado ardiendo, hasta que, solito, el hombre agrega: “Lo más curioso, para mí, ha sido lo de los esturiones. Yo no lo vi, pero dicen que se mandó a construir un enorme lago artificial donde se introdujeron esos bichos de un metro y medio. Gustos son gustos…”. 

Amor al arte

Al amanecer estamos nuevamente en ruta, frente a un cordón montañoso que se ve más azulado que nunca. Ese camino rutero indica la llegada a Pinchas, los pagos que supieron hacer famosa a doña Frescura, la campesina experta en tejidos que, pese al Parkinson, nunca abandonó su maestría. Sus trabajos son una verdadera obra de arte y de amor. “Me di un gustito, y fui a Cosquín las nueve noches hasta que se hizo de madrugada”, supo contar a esta revista la artesana, a quien el folklore atraía tanto como la lana. Con más de 2.500 telares realizados, su fineza y perfección supo alcanzar tierras lejanas como la mismísima Rusia

Y no es lo único que remite al arte por aquí. Cerquita, en Santa Vera Cruz, el más verde y alejado de los pueblos costeros, hay que llegara al Castillo de Dionisio (www.castillodedionisio.com.ar). El camino se mete de lleno en el monte y, de pronto, algo llama la atención. 

Hombre ligado a la naturaleza de manera singular, Dionisio llegó desde Santa Fe buscando su lugar en el mundo, y parece que lo halló aquí, donde levantó con sus propias manos y durante 30 años una edificación excéntrica, cargada de símbolos hindúes, cristianos y criollos. El artista fue un admirador de Vincent Van Gogh, a quien dedicó el singular portal de entrada, que hoy atraviesan visitantes de todo el planeta. Vivió muchos años en soledad y, tras su muerte, Pedro Armando Fernández compró el lugar con la idea de hacer crecer el turismo místico en la región, cosa que logró a medias. 

Regreso y relax

El Barreal de Arauco es conocido en la zona como la gran posta de aventura, incluso por encima del dique Los Sauces. La remodelación de su trazado y la puesta en valor de la zona no nos permitieron ver los intrépidos kitebuggers en una de las mejores pistas de carrovelismo. Pero el regreso tendrá igual una última parada. A unos 20 km de Aimogasta, al límite con Catamarca, las termas de Santa Teresita (www.termasdesanta.com.ar) ofrecen una mirada distinta y algo más glamorosa de estos pueblitos. 

El lugar cuenta con hospedajes, tanto en su hostería como en sus cabañas, aunque si se busca cierto confort extra, puede recurrirse a los recientes ocho domos, que le dieron el título de “primer glamping termal de la Argentina”. En todos los casos, está garantizado el acceso a las aguas mesotermales de entre 38 y 43 °C, ideales en esta época del año para cerrar el recorrido realmente relajados, y coronar la visita en un buen restaurante, disfrutando alguno de los platos emblemáticos de la gastronomía regional. 

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